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TODO ES RELATIVO. By Silvia Salafranca

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Me veo escuchando la clase del profesor, apuntes y más apuntes; muchos datos anotados,  la mano anestesiada y la clase de ciencias se me está haciendo eterna salvo por la curiosidad después de tanto dato de cómo habría sido verdaderamente la vida de Einstein.

̶  Rober, ¡Rober! Tío te has quedado pillado en plena clase, no ves al resto anda vamos. No le iba a contar a Sergio la bobada con la que me había quedado realmente pillado.

̶  Venga echamos unas canchas y de ahí me piro que tengo que ponerme las pilas con el examen.

Sergio lo vio como un buen plan y así estuvimos un rato hasta que le acerqué a su casa con mi coche y me fui. Mis compañeros de piso no se encontraban me preparé una tortilla francesa la metí en media barra de pan y me fui directo a mi habitación. A las 4 horas con los ojos enrojecidos de clavar los codos los párpados caían por su propio peso.

Estaba en esa fase Ram, esa donde el cuerpo necesita inevitablemente descansar, y yo me sentía en el sueño como un gran científico. Pasaba la vida de él como una película donde me convertía en personaje principal.

 

Cantan los gallos y mis ojos se despiertan sin ánimo de nada más que de mis confusos pensamientos, que me tienen abstraído en intereses que a otros ni se les pasa por la cabeza. Me lavo la cara en la palangana con prisa por ponerme mi ropa  y una elegante gabardina que mi madre Pauline Koch me ha anticipado por mi cumpleaños que justamente hoy el almanaque lo marca como tal, veintitrés años de aquel 14 de marzo de 1879 donde mi madre y padre Hermann Einsten me trajeron al mundo.

Me miro mi abrigo en un pequeño y sobrio espejo antes de salir por la puerta de mi pisito en Berna, la abotono completamente y sonrió. Bajo las escaleras entusiasmado a la oficina confederal de la propiedad intelectual donde recientemente he comenzado a prestar mis servicios.

Al bajar abro mi buzón y he recibido una carta de Mileva Maric una antigua compañera de mis estudios en Zúrich, que era importante candidata para abandonar mi soltería.

Los días se están convirtiendo en un bucle, supongo que me inquieto por problemas que no tiene un adulto normal en cuanto al espacio o tiempo y ahora con los años me está llenando de expectaciones. Suavizo mis preocupaciones tocando el violín, como afición favorita es de las pocas cosas que me apartan de esta realidad en mis días. Pido a la operadora hablar con Mileva y después de hablar con ella, durante un maravilloso rato, sé que voy a pedirle la mano a su padre.

 

Cantan los gallos y mis ojos se despiertan, le acompaña el llanto de mi segundo hijo Eduard que hace tres meses que nació mientras que Hans Albert duerme sin afectarle, ya está enorme con seis años. Miro el almanaque 1910, mis ojos denotan unas bolsas que muestran lo poco que logro dormir.

Con treinta y uno me observo en el espejo con mi cabeza alborotada por unos rizos que poco a poco se cubren en canas, observo a Mileva me siento aun así calmado. Mis investigaciones han dado frutos, mis trabajos presentados sobre la relatividad fueron un éxito y mis matemáticas y ecuaciones me tienen trabajando como docente en una universidad de Zúrich.

A medida que los años se escapan y mis teorías mejoran, me veo con las manos consumidas y resecas por la tiza.

Tengo claro que la gravedad no es una fuerza sino un campo creado por la presencia de una masa en el espacio-tiempo. Pero todo está cambiando tanto… Me veo en Berlín trabajando como miembro de la Academia de ciencias Prusianas y hoy las radios dan la peor de las noticias iniciándose la primera guerra mundial me veo de manera forzada separado de mi familia trato cada vez que puedo hablar con Mileva y mis hijos alguna vez por la distancia y más de una vez sus sollozos me hacen entender que no pude con la situación. Yo que me considero un hombre pacifista escucho los estruendos y sucesos y me siento también conmovido, en la última llamada comprendí que nuestro matrimonio no tenía más que un final.

Desgraciadamente ha llegado ahora a mis cuarenta años, donde la soledad se esconde tras una fama internacional, que tras el eclipse  solar del 29 de mayo de 1919 que ha confirmado mis previsiones, me tienen divulgando por el mundo mis conocimientos.

De manera humilde cojo billete en tercera de ferrocarril y con mi violín bajo el brazo como mejor acompañante extiendo mis teorías en diversas conferencias. La soledad me acecha, la familia es lo único que ha podido en algún momento sostenerme por tantos años, mi prima Elsa muestra una admiración por mi poco usual y el caso es que yo también tengo un sentimiento fuera del alcance de lo familiar.

 

He recibido el premio nobel de la física por mis trabajos del movimiento browniano y mi interpretación del efecto fotoeléctrico.

Hoy después de recibirlo escucho la radio, la guerra continua, prendo en mi pipa el tabaco dejando el aroma en mi bigote. Hitler parece tener acceso al poder, siendo judío por más que sea ciudadano alemán me tendría que ver buscando un lugar mejor para poder trasladarme aunque esto tan solo son conjeturas que aún así no puedo dejar de lado.

Elsa me llama cada día que puede y ya hemos concretado el casarnos, después de todo no seré ni el primero ni el último que se case con su prima.

Supongo que partiendo de mi teoría de la relatividad todo es muy circunstancial, tanto como el modo en el que enfoquemos las cosas, el espacio, el tiempo. Al final, no disfrutar de cada momento es perder minutos que son oro. No hace mucho conocía que se había muerto en la guerra un amigo mío. No sabemos para que hemos venido, pero que nos llamen locos si con ello cambiamos el mundo.

̶  Roberto, ¡despierta leches!

̶  Ostras ¿qué pasa?

̶ Macho nos vamos a una fiesta y a la vuelta estás róque con media casa encendida.

Me decía Manolo con cara de mosqueo.

̶ Pufff estaba muerto no me he dado ni cuenta.

Anda tira, ya las apago yo, pero para la siguiente pagas un plus en la factura común.

Miré la hora eran las mil. La verdad es que había cogido el sueño de una vida entera o casi entera porque me había quedado en lo mejor, ordené como pude todo y, tal y como había caído en un leve sueño, me metí en la cama para continuar durmiendo.

Vueltas como una croqueta en ambos lados de la cama no me regresaron a mis sueños y el despertador me levantó descansado para poder volver a repasarme todo. Aún así recordaba el sueño a la perfección como si hubiera sido real y es cierto que habíamos dado fechas importantes sobre Einsten pero… una amplia bibliografía no, sentía como si yaciera de mis venas, como de un familiar lejano del que conoces todo.

El profesor hizo la mitad del examen escrito y luego nos fue sacando a cada uno para resolver diferentes teoremas fue mi turno, la tiza cobró vida en mí mano y por algún motivo mi cabeza comprendía absolutamente todo, el profesor me llevó directamente al director ahora quieren que desarrolle todo lo que sin saber porqué puse en la pizarra. ¿Será que algo me unía a Albert?

 

 

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