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La vida tiene más caminos que la muerte by Frank Spoiler

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Celeste caminaba despacio, no parecía tener un destino previo conocido pero, no era verdad. Parecía caminar a ciegas pero no,  andaba muy segura. Tenía los ojos húmedos y, quien se fijara en sus pupilas, vería que tenían un brillo triste, gris, deslucido.

Ni parpadeaba, aunque su mirada era inquieta y parecía tener los ánimos desbordados.

Caminaba con los hombros hundidos, humillada, parecía cargar sobre ellos una carga muy pesada. Pensaba en Jorge y el corazón se le encogía. Si de verdad lo supo amar de verdad, tal y como él se merecía.  Se sintió inútil, desasosegada y vacía.  No estaba en ese momento para detenerse a pensar «que la vida  daba muchas opciones y, que él también las tuvo para decidir con quien quería compartir su vida».
Los llorosos ojos de Celeste contemplaron aquel altísimo puente donde se encontraba, estaba justo en el medio y apoyaba sin fuerzas su cuerpo, al mural de hormigón de metro veinte de altura y, miraba, sin ver, hacia abajo. Eran las 11:53 pm y apenas veía un fondo oscuro donde se intuía su final.

Allí mismo se habían conocido. Ese día hubo tormenta y la lluvia caía sin cesar, aunque a ella eso no le importaba. En realidad le daba todo igual. Ese día para ella iba a ser el último.

Celeste levantó su pierna derecha apoyándola en la base del muro y se izó ejerciendo una presión sobre sus suaves manos, brazos y hombros, subiendo con dificultad a lo alto y alzándose seguidamente sobre sus dos  pies quedando erguida. Se la notaba nerviosa, como queriendo acabar pronto.

En su mente estaba segura que esta vez nadie lo evitaría. Estaba sola, nadie la veía. El puente permanecía pobremente iluminado, con apenas dos o tres farolas de baja intensidad por cada cinco o seis metros, muchas de esas bombillas no funcionaban porque fueron  destrozadas, rotas a pedradas por la chiquillería.

Esa noche no llovía.

Celeste miró su reloj en la mano izquierda; las 11:57 pm. “estaba a solo tres minutos de la vida o la muerte” ―pensaba en esos instantes.

Miró hacia abajo, el fondo permanecía oscuro e inalterable. En ese instante sintió un frío glacial: ¿y si no ocurría? ¿Y si no lo lograba? ¿Pasaría “al otro lado”? Mejor dicho… ¿la dejarían pasar?. Las preguntas que se hacía eran del todo inútil, allí no había nadie que se las pudiera contestar. Su celular comenzó a sonar pero, Celeste no hizo caso. Su reloj marcaba ya las 11:59 pm, a apenas unos segundos para las cero horas de la madrugada,  no podía fallar. Justo a esa hora lo conoció a él. Él fue quien le salvó vida la primera vez. Surgió de la nada, así de repente,  y se hizo con ella una milésima de segundo antes de saltar al vacío.

Se llamaba Jorge y nunca olvidaría el modo en como la miró con sus ojos verdes, entre asustados  a la vez que enfadados. Recordó sus palabras: «Nadie merece que le pagues con tu muerte, por mucho mal que te hiciera. Créeme, nadie se lo merece. Suicidarte por venganza es odio y egoísmo».

Por esa razón ella se enamoró, de su bondad, de sus ojos, de sus labios, de su voz. Y lo amó desde entonces con toda el alma…

Fueron cinco años, cinco hermosos años de felicidad. Un tiempo de felicidad que no olvidaría jamás… ―Suspiró.  Pasó fugazmente la última noche que estuvo con él, una noche inolvidable de amor, goce y pasión.

Recordó su voz, sus susurrantes palabras mientras la amaba…

En ese momento se hurgó en el bolsillo del abrigo y sacó un papel arrugado de su interior. Era de Jorge, él se lo dejó escrito la última noche en su mesita, decía así:

«Perdóname Celeste. Sé que te hago daño despidiéndome así, pero, no debo hacerlo de otra manera, te amo demasiado, has sido y serás lo mejor que me ha pasado en la vida, no lo dudes nunca por favor. Porque yo nunca olvidaré nuestra última noche,  mi amor, la tengo grabada a fuego en mi corazón, aquí te lo dejo escrito para que nunca olvides que mi amor fue sincero.

Te miro con deseo, tú, me devuelves la mirada, vibrante, como enaltecida, siento que ya no habrá sosiego para mí en el mismo instante en que veo cómo me miras… Te me aproximas y riegas con tu ternura la simiente de esta tierra, ya seca y enajenada. Cubierta de fracasos y senderos difuminados. Veo como mi sosiego se convierte en un mar embravecido y a mi cuerpo que navega sin dirección, calma o guía, rendido a ti.

Te recreas en mi abrazo y enalteces mis venas, siendo la soberana diosa de mis sentidos más perversos hasta lograr fundirnos los dos en uno solo. En este mismo lecho me haré dueño de tu cuerpo, mis manos te recorrerán entera y beberé de tus suspiros, esperando al amanecer de tus gemidos, para sostenerlos con mis besos

Eres el deseo puro buscando  una dicha sin fin. Eres la llama ardiente de una encendida pasión que, en tu cuerpo, arde y a la vez nos consume.

Ven, mi amor, aproxímate y fúndete a mi deseo, a mis ansias por poseerte y quémate  en mis llamas, al igual que arde éste corazón latente que te busca y que morirá. Siente como afloran mis deseos y cómo se estremece cada fibra de mi sexo cuando sobre tu cuerpo exclama. Ven, te deseo, te quiero hacer mía y que seas la fuente eterna de mis ansias.

Me quemo, con cada sílaba que pronuncias, aunque no las escucho en tu voz, las escribes sobre mi cuerpo y son como flechas aceradas que se clavan, aunque es mi cuerpo, vencido por mis ansias, el que las sufre, danzando en silencio, sordo ante el arrullo de tu mirada… ven, deja que me consuma en tu hoguera y me convierta en primavera. Después, cuando esté consumido y convertido en cenizas, cógeme, sopla y lánzame de nuevo a tu hoguera.

Te muerdo, chupo y lamo cada esencia, cada pliegue o poro de tu piel. Mi sexo no se corrige, se lanza sin freno buscando con desesperada pasión tus profundidades, no lo dejo, sujeto su ímpetu latente, su desenfreno y lo aíslo, lo aprieto entre mis muslos, lo ato, lo apreso y no consiento que se hunda en tu interior, húmedo, caliente y deseoso por devorarlo, quiero deleitarme y comerte a besos.

Mmm… me abraso, me quemo, estoy tan encendido que sería capaz de derretir el hielo. Me pides, me sobrestimas, me acaricias y mimas.

No llores, siempre me tendrás contigo, en tus recuerdos».

Eso fue lo último que recibió de él. Jamás lo volvió a ver, desapareció, sin un adiós, se esfumó tal y como había surgido, de la nada…

Celeste apretó la cuartilla arrugada contra su pecho y  sin pensarlo saltó al vacío.

El celular seguía sonando ¿Quién le llamaba? Nunca lo sabremos, ella jamás contestó.

Nota:

La receta que acompaña es Fridiños

 

 

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