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Occidente descubría Oriente, los Beatles visitaban Nepal by Diana González

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XV Delicia de perderse en la imagen presentida.
Yo me levanté de mi cadáver, yo fui en busca de quien soy.
Peregrina de mí, he ido hacia la que duerme en un país al viento.
Alejandra Pizarnik/Caminos del Espejo

A las cuatro cincuenta y tres de la mañana de aquel viernes, desistió de insistir en el intento de dormir. Todo lo que había despertado en su interior a consecuencia de aquellos encuentros en la red le abría los ojos y los dejaban fijos bien en el techo, bien en el recuadro de la ventana. Sentía las palabras brotar de entre las sienes. Escribiría, escribiría lo que fuera que tuviera que salir. Se incorporó, encendió el portátil y escribió: —

Todo pasa por elegir. Si lo elijes lo proyectas. Elegir todo, hasta los caminos errados. Sin duda mi primera elección fue ser feliz. Ser feliz sin formas, mi felicidad nunca ha tenido forma, ni de auto, ni de casa, ni de posesiones. Mi felicidad ha sido siempre por ver salir el agua de las canillas. El viento, el sol, el frío. La piel de los que amo. Los mundos que sueño y transmito.

No recordaba cómo llegó a aquella escuela, ni qué día fue, ni se lo preguntó nunca. Pero entre otras muchas cosas allí adquirió la conciencia que cuando algo va a cambiarnos la vida, nada más sucede. Mantuvo su inscripción en el más absoluto hermetismo. Felizmente trabajaba en una aerolínea y sus ingresos le permitían pagar la escuela de teatro sin tener que ningún tipo de ayuda y/o  consultarlo con nadie. Se ahorraba así los disgustos de su madre, las advertencias de su padre y el agotamiento de su propia paciencia.

Crecer en los sesenta significaba tener ideales de libertad. Un don para el que no todos estábamos preparados. Los hippies, la música, presidian la escena. La guerra de turno transcurría en Vietnam.

La escuela era una casa antigua, Las habitaciones estaban vacías, apenas unas sillas apiladas. Las única estancias  austeramente amuebladas eran  la cocina y un par de habitaciones de daban al patio lateral que acompañaba a todo lo largo de la casa y que era en realidad como una gran galería. Lo que seguramente había sido el comedor una sala de estar y una de las habitaciones  que daban a la calle y eran parte de la entrada se intercomunican por amplias aberturas y hacían las veces de escenario y butacas según se abriera o cerrara sus diferentes puertas y se dispusieran las sillas apiladas.

El director era un hombre todavía no llegado a los cuarenta años, de mediana altura, voz potente y nasal. Y una personalidad que sin estridencia, se imponía.  Era el típico bicho de teatro, sabía moverse, mirar. Su voz acaparaba todas las atenciones y llegaba a todos los confines. Su cara estaba impregnada de drama.

El primer día, sin más trámite, estuvo entre los elegidos para la improvisación. Después comprendería que todos trabajaban todos los días. Las improvisaciones se transformarían en una de sus maneras de respirar y aprender, buscar dentro de uno mismo, y observar en una manera de vivir.

Occidente descubría Oriente, los Beatles visitaban Nepal. Hombres rapados, vestidos de color naranja y con un círculo blanco dibujado en la frente entregaban flores amarillas a los pasajeros en los aeropuertos al son de Hare, hare, hare, hare, hare Krishna. Era imposible no escuchar a Jimmy Hendrix, leer Los Caminos a Katmandú y Trópico de Capricornio. Era imposible no desear la paz.  Y a pesar de la absoluta desaprobación de mis progenitores que me miraban desencantados, elegí ser hippie.

Y lo hizo, y participó de aquella improvisación poniendo todo lo que pudo de sí y sintió algo que solo podría explicar con el tiempo.

En cualquier grupo los métodos sociales de incorporación son más o menos parecidos, uno es presentado, coincide más con este o con aquel, habla con todos, se muestra un poco y al poco tiempo deja de ser el nuevo.

En un grupo de teatro, o mejor dicho, en aquel  grupo de teatro no fue así. En su primer día calculó que habrían en aquella sala una veintena de personas, con edades que iban desde los dieciocho a los sesenta y pico,  y que todos la trataban como si hiciera tiempo que la conocían, sin ningún tipo de atención especial, ni curiosidad, ni presión. No interrumpían ninguna charla cuando llegaba nadie. Salvo cuando hablaba Daniel, el director. Allí todo el mundo escuchaba y luego participaba o discutía o acordaba o disentía. Todo se hacía de manera sencilla y fluida.

Con el tiempo pudo saber que los actores son seres especiales, que trabajan desde adentro hacia afuera y elaboran con ellos mismos y desde ellos mismos, por eso la gente y el mundo no les son ajenos. Son eternos buceadores de pielagos, son detallistas observadores de actos y movimientos, son eficaces esgrimistas de la palabra, son espíritus sensibles que saben alterar los diapasones de las demás almas. Con el tiempo distinguiría la actuación por encima de todo, sin confundirla con la cantidad de butacas vendidas.

Estar en medio de la revolución del Flower Power, la liberación sexual y por el otro lado tener una familia que entiende por felicidad la seguridad de un techo, un trabajo fijo, la decencia y la moral enaltecidas por aquella frase poco feliz, “no solo es ser decente, sino parecerlo” y no pensar igual,  provoca fricciones. Por eso, también elegí hacer silencio.

En el silencio amparaba mi opinión, forjaba mi libertad y alzaba las banderas contra lo retrógrado y lo convencional.  

Y lo mejor, eran encontrarme con otros que pensaban parecido.

Bajo ningún concepto estaba dispuesta a ser una mujer valiosa por conservar inmaculado el capital entre mis piernas. Por un lado asentía con la cabeza y en silencio y por el otro vivía, probaba, aprendía.

Entonces tomé otra decisión. No sabía si alguna vez compartiría mi vida con un hombre, pero de lo que sí estaba plenamente segura era que tendría hijos.

Comenzó a dividir su atención, lo más equitativamente que pudo, entre los tickets de vuelo emitidos one way o round trip y: “Un tranvía llamado deseo”. Por la mañana atendía la  revisión de la disponibilidad en el BUE ROM, y por la tarde a los lamentos de  Tío Vania. Dejaba de preocuparse tanto por los vuelos cancelados por mal tiempo y comenzaba a preocuparse en leer a Stanislavski.

Alegremente, disfrutando y dándose cuenta, cambió aquella actitud de trabajar y tener un hobby, la de trabajar para poder hacer teatro. Sus compañeros tenían la misma locura, Trabajaban en oficinas, en los tribunales, en farmacias donde eran respetados para poder ser quienes eran cuando estaban encima del escenario y contar solo con el respeto de sí mismos.

Allí, en esos cuartos desangelados para cualquier otro tipo de ojos ellos inventaban mundos, resolvían los traumas de sus personajes, hablaban de Cocteau, Chejov, Ibsen.

Daban voz y cuerpo a Blanche Dubois, Garcín, Estelle, Inés, Vladimir, Estragón. Creaban a desconocidos que enfrentaban un drama supuesto y buscaban, indagaban en sí mismos, reconociendo sus propios cinismos, sus propios traumas, su propio tedio y su propia fe o falta de ella. Entonces las paredes se habitaban y todos veían el cuarto de  hotel, el infierno, la estación vacía.  Porque en aquellos cuartos, de aquella casa, en aquella ciudad, la gente que buscaba, se encontraba.

Breve Resumen de la Ficha que acompaña a esta Actividad aplicando el Metodo Lakin, Como escribir una novela en 10 escenas:

#1 Protagonista, una escritora. Está enfrascada en el desarrollo de su novela. Pero el reencuentro por medio de un portal con sus compañeros en su juventud, de su grupo de teatro  le revoluciona y le provoca insomnio, hasta entonces por ella desconocido, comienza a escribir. En tanto el omnisciente narra cómo llego ella misma en su juventud a aquella escuela, los prejuicios y los hechos se mezclan de a  poco, hasta que cada situación logra su propio capítulo.

 

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