El día catorce, entre las endechas que atronaban los muros del palacio, llamé al salón de los secretos al médico y al astrólogo. Ambos vestían las túnicas grises de los ancianos y el aspecto era de absoluta dignidad. Se arrodillaron junto a mí y el astrólogo, agitó levemente el carámbano azul, logrando que las cuentas se alineen una junto a la otra.
―Mis herramientas de augur me dijeron que nos llamas para conjurar — dijo — sabes que estamos preocupados por nuestro futuro: si Kuru vive más allá de los quince días, nosotros moriremos de la forma más terrible.
Su predicción era cierta. Lo que no aclaró fue que aquella sería la primera vez que intrigaba con alguien. Era algo que siempre me había resistido a hacer: implicaba compartir mi voluntad con otros y de algún modo, perder el carácter absoluto de mi poder. Sin embargo, faltaban unas horas para que se cumpliera el plazo que se iniciaba en la hora tercia, cuando el sol arrastrara su carro hacia el declive del cielo.
Frente al médico y al astrólogo leí el párrafo anexo al códice: …cuando el tiempo de la profecía se cumpla y el moribundo siga viviendo, hay que desencadenarlo, vestirlo con el boato real, llamar al pueblo al palacio donde se matarán cien alces y se invitará a todos a la comida ritual. Se presentará al supérstite con los atributos de un nuevo soberano, mientras se prepara el castigo para quienes equivocaron el pronóstico…
Aquella mañana cuando el sol entraba por las ventanas del palacio y los vidrios vibraban con los poemas enloquecidos de Kuru, el médico habló de un veneno formado por el extracto de cien plantas, que podía ser volcado en los platos del alce ritual que se sirviera a Kuru. La sustancia no alteraría el sabor ni el olor de los alimentos. Acepté la sugerencia, con la condición de que murieran Kuru y su novia de la muerte.
— Es fácil de realizar — dijo el médico — pero ¿por qué matar a ambos? Se sospecharía
— Es la única condición que pongo — insistí — ambos deben morir.
Fue inútil que intentaran persuadirme. Alegaban que sólo Kuru debía morir y que si quería matar a la muchacha podía hacerlo más tarde, de modo que nadie los vinculara
— Sabes que las novias de la muerte dejan de existir cuando aquel a quien estaban destinadas fallece. Si hay algo personal en tu deseo de terminar con ella, puedes hacerlo luego…
— Es mi voluntad verlos morir juntos— insistí— No es una venganza personal, sino que al actuar así lo hago por el bien de la corona, por toda la dinastía y por evitar que costumbres perversas puedan llegar al pueblo.
Amaneció el día quince. Una multitud silenciosa de hombres y mujeres del pueblo, se había juntado a las puertas del palacio. Ellos sabían que la victoria de un hombre sobre la muerte podía llevarlo por encima del propio rey. Era como tener de pronto un nuevo monarca, y en los labios temblorosos de la multitud se anticipaba la súplica; las rodillas estaban listas para postrarse frente al nuevo soberano, en quien la alegría podría desatar la dádiva.
Esa dualidad del mandato, rompía el acceso al cielo que mi imagen debía inspirar. Un nuevo rey haría que el goce se aparte de los senderos celestes y retorne a los horizontes grises de la mezquindad.
Faltaba un cuarto de vuelta del reloj de sol para que se cumpliera el tiempo fijado. Me asomé a la ventana sur y vi a todo el pueblo . Cubrían el prado que quedaba al otro lado del puente y llegaban hasta el bosque del sur. Allí estaban también los conjurados de la taberna del puerto, quienes filtraban la noticia de que un rey poeta me reemplazaría, que la dinastía estaba por terminar debido al amor de un hombre por su novia de la muerte. Sus voces se escuchaban remotas en la distancia, pero el resto de campesinos, pescadores y cazadores y miserables que vivían de la misericordia, guardaban un terrible silencio. Todo cambio en el firmamento se refleja en la tierra y por lo tanto en sus vidas Algo cambiaba en el remoto cielo. Frente a las luminarias que se desplazaban, las que morían y las que resurgían, sólo cabía ese silencio total; la súplica muda de no convertirse en los muñecos de paja de los soberanos.
El astrólogo llegó con la ampolla y me la alcanzó con una reverencia. Era yo el indicado para volcarla en la comida lustral, así llamada por el códice. La sombra en el plato brillante, seguía acercándose a la hora tercia y la voz de Kuru continuaba resonando por el palacio.
Me dirigí al gabinete de la muerte donde estaba reunido el Consejo Mayor. El códice establecía que sólo ellos podían ser testigos de la resurrección. Kuru me miró con desprecio mientras terminaba los versos de su improvisada copla. La alegría se derramaba desde su rostro rojo como si hubiera recogido en sí mismo las aguas de todo un amanecer de verano. Su expresión al verme, me recordó una anécdota de la infancia, cuando salvara a un pájaro de las fauces de un gato y a partir de ese momento, la furia y la maldad del ave la llevaron a romper todas las jaulas que lo contenían hasta que finalmente picoteó en los ojos a una de mis ayas. Con los años, los mentores del palacio me explicaron que hay un límite para todas las vidas, y que sobrepasarlo, desata la maldad.
En el reloj que colgaba de la cámara mortuoria, faltaban leves movimientos del sol para que la sombra cubriera todo el círculo.
— Amada soy un ciervo pequeño entre tus brazos
Duele y alegra el amor en tu vientre, en tu espalda, en tus pies
Son el dolor y la alegría los que hacen eterno el amor…
Se estaba por iniciar una época oscura en el reino, quizá el fin de mi larga dinastía, al menos una seria interrupción si mi conjura tenía éxito y lograba la muerte de Kuru. Pero el equilibrio sutil entre la vida y la muerte estaría roto. No era el fracaso de una profecía aislada. Cuando los astrólogos se asoman al futuro, tienen en sus manos las entrañas del tiempo y ahora, con la sobrevida de Kuru, los antiguos dioses anteriores al inicio de todos los ciclos, asomaban sus rostros olvidados y sonreían con muecas siniestras en la serenidad de la tarde.
— Atardece amada en el silencio de los bosques Donde te fui a buscar cuando el cielo se derrumbaba Y el sol caía en fiestas pequeñas sobre la tierra….
Kuru volvió a interrumpirse. Sabía que los silencios eran peores que los furiosos versos. Seguí mirando por la ventana. De volverme hacia él, vería las protestas de amor a la joven, sus caricias. Tres destellos de sol se fueron apagando uno tras otro en el reloj. Cuando terminaran, la sombra no sólo cubriría el círculo de piedra lleno de antiguos símbolos, sino la totalidad del reino.
A mis espaldas el silencio era total y a lo lejos, en el horizonte del sur, a la altura del lejano océano, vi el potente brillo de la muerte, aquel que tantas veces divisara en los días de la guerra.
Sólo me volví cuando llegó a mí el olor ácido de las heces; cuando rompió el pesado silencio de la cámara el llanto súbito de la novia de la muerte. Los consejeros y el general seguían en silencio. El médico se había precipitado sobre Kuru y con manos temblorosas medía el pulso en su carótida. El muerto seguía mirándome con desprecio, los ojos brillosos y la lengua negra asomando entre los labios
En ese momento la sombra cubrió el sol y marcó la hora tercia en el reloj.

GOCHO VERSOLARI
LAS NOVIAS DE LA MUERTE – Kuru y Berhane
11/03/2025
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SAFE CREATIVE
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