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La vampiresa del Ponent by Diana González

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True Crime/ Serie negra / Barcelona

En el Raval, la calle de Joaquín Costa 9,  es angosta, con edificios y balcones de  siglos pasados. Muchos negocios, distintas etnias y una  truculenta historia de una Vampiresa cuando su nombre era Ponent  y daba tono al barrio de la Rambla,

Marc Martinez llegó a la puerta del edificio que lucía un gris desprolijo con puerta de hierro negro, con cinco minutos de antelación a la hora, que su cliente le había citado. No le sorprendió verlo esperando, el señor Pau Turrull impecablemente vestido con traje y  paletó negro lo esperaba jugando con su llavero al que hacía rebotar contra su palma izquierda. Después de los saludos de cortesía el hombre le invitó a seguirlo, con la llave en su poder abrió la puerta del edificio sin ascensor, subieron hasta el segundo piso e ingresaron al apartamento 3B. Era un piso sencillo, de una sola habitación, con muebles de pino y un par de cuadros en el comedor, salvo la habitación que tenía un toque personal y femenino, con dos camas de hierro blanco y almohadones decorados, el resto era solo funcional y ecléctico, desde la biblioteca al fregadero. Marc miraba todo con detenimiento y sin hacer comentarios.  El señor Turrull de espaldas a él, mirando por la ventana, le dijo lacónico

— He requerido sus servicios porque no me conformo con la forma en que han empantanado el caso de mi hija, aún no se ha encontrado al culpable. En este piso vivían ella y su amiga hace dos años. Está tal cual lo dejaron, si necesita cualquier otra cosa, tengo todos los efectos personales que encontraron junto a su cadáver. Además he conseguido por mis abogados, parte de su expediente.

— ¿Dijo usted que vivía aquí con su amiga?

— Si, una compañera de estudios que actualmente vive en Valencia.

— Tiene su dirección.

— Si, puede pedirla a mi secretaria.

— Bien, empezaré por leer el expediente y tratar de juntar todo el material del que dispone. Quizá deba volver a este piso un par de veces, me gustaría registrarlo todo, le avisaré cuando así lo necesite.

— Le dejaré una copia de la llave, podrá retirarlo todo mañana en mi despacho, lo tendrá mi secretaria. Siempre consulte conmigo,  luego le dejaré todo para que le sea entregado por Matilde.

Al día siguiente Marc recogió todo en el estudio y lo llevó al piso en cuestión. Ocupó la mesa del comedor y puso cada cosa en hilera en un orden minucioso, expediente, cartera, libretas, teléfono móvil, un rouge, caja de tampones, dos condones, billetera, manojo de llaves, ocupando una tercera parte de la mesa. Luego pegó una tabla de corcho a la pared al costado del televisor y puso una caja de chinches sin abrir, sobre el mueble.

Solo después de acomodarlo todo se quitó su bufanda, la dobló y la colocó sobre el respaldo de una de las sillas, tomo un pequeño frasco del bolsillo interior que apoyo sobre la esquina de la mesa, se quitó su “jaqueta” de cuero marrón y la acomodó en el mismo respaldo sobre la bufanda.

Fue hasta la cocina con el frasco en la mano, tomó una de las tazas grandes y redondas que colgaban de la repisa, puso su carga sobre ella, enjugó la taza, la llenó de agua y la puso a calentar en el microondas.

Ya con el café amargo y humeante en sus manos volvió al comedor, abrió el expediente sobre la mesa, y se dispuso a leer

El caso se había abierto en 2015.

Gemma Turrul Trías y Antonia Maura Martinez, compañeras de piso en la Carrer de Joaquín Costa 9, 08002 Barcelona acuden a las cero cuarenta y cinco horas del  veinticinco de julio de dos mil quince al establecimiento Moog, sito en Carrer de l’Arc del Teatre, 3, 08002 Barcelona. Sin motivo aparente dentro del establecimiento se distancian. Aproximadamente a las dos de la mañana.  AMM ve a GTT bebiendo con un desconocido, luego se dirige a los aseos.  Sobre las tres abandona el establecimiento sin haber localizado a GTT. Llega a su piso sobre las tres y treinta. Hay un mensaje de AMM en el Facebook de GTT a las cinco de la mañana —¿Dónde andas? Te espero en casa.

Otro similar a las seis cuarenta y cinco — Chica, me tienes preocupada, ¿Dónde estás?

Hay mensajes similares enviados por AMM hasta las diecinueve horas  del mismo día veinticinco de julio de dos mil quince.

Antes de continuar leyendo miró las fotos, y las anotaciones al dorso, Fecha: cinco de agosto dos mil quince. Localización: desvío a C-245 / Carretera D’Esplugues. Hallado  el cuerpo sin vida de Gemma Turrul Trías en un campo al costado de la inhabilitada vía comarcal, muerte por estrangulación. Elemento utilizado en el homicidio: cinturón, encontrado al lado del cadáver…

En los siguientes tres días se dedicó a revisar cada centímetro cuadrado de aquella vivienda. Encontró libros, cuadernos de estudio, otros con escritos, fotos donde estaban las dos ocupantes. Algunas donde estaba Gemma con mucha gente,  y otras donde estaba Antonia sola, nueve en total. Fue tan exhaustivo  su análisis e investigación que distinguía sus letras en los cuadernos y creía identificar quien había tomado las cuatro  fotos de paisajes, Gemma era alta, rubia, de ojos color miel, esbelta y distinguida.  Antonia era un poco más baja y con mayores redondeces, el cabello negro igual que los ojos, a su juicio la más bella.

Salvo elucubraciones, a la semana estaba casi igual que el primer día.  Ese desconcierto y la certeza de que a aquel caso le faltaba una pata, un punto de apoyo más firme decidió que iría a Valencia a ver a Antonia.

Cuando Antonia atendió el portero de su piso en el barrio Ruzafa de Valencia,  ya sabía quién llamaba a su puerta, aquel detective le había adelantado su visita.  Esperaba a un fisgón cincuentón y mal entrazado, quizá por eso no pudo disimular su sorpresa. Marc, si bien era bastante mayor que ella,  no solo era impecable y educado, lo que más le impactó fue su aspecto juvenil, su manera de mirar.

Durante la entrevista los dos se estudiaron, sin sobrepasar ninguna línea.  Él, muy profesional limitó la charla al tema que lo había movilizado hasta allí.  Ella analizó cada uno de sus movimientos, respondio a sus preguntas de manera amable. Después de unos cincuenta minutos y haberle ofrecido varias veces algo de tomar se levantó de la silla, miró su móvil y dijo en tono correcto

— ¿Podríamos continuar mañana? Lo siento inspector, pero luego que acordamos nuestra cita mi jefe me comprometió para una cena con unos clientes, y la verdad, no he podido negarme. Él y su esposa son muy buenos conmigo, me tratan como a una hija y cuando cerramos algunos tratos u otras cosas, suelo ir con ellos.

Marc asintió, antes de explicar, aceptó la mano tendida de Antonia, una sensación cálida lo invadió al tener aquella mano suave y blanca que retuvo en la suya mientras le comentó.   — No, no será mañana,  Ya que otros temas me obligan a estar en Barcelona,  Si le parece a usted bien, vendré en la mañana del martes próximo. Y no soy inspector, solo detective.

A lo  que Antonia contestó que sí. Tras cerrar la puerta su aparente seguridad se desplomó, su cara adquirió un rictus de incertidumbre, debía reconocer que aquel hombre y su visita le repelían.  Otra vez Gemma.

 

En la siguiente semana Marc volvió dos veces por aquel piso del Raval. Las nueve fotos estaban pinchadas en la placa de corcho y una anotación en un posit blanco en letra de imprenta: PAISAJES.

Pasó el fin de semana cortando el cesped.

El martes llegó a Ruzafa sobre las nueve, dejó el auto en el aparcamiento el día completo y decidió que tomaría un café en la esquina de la casa de Antonia.  Estaba indeciso entre acompañar el café con algo dulce o salado cuando una voz a su espalda casi le susurró

— Muy buenos días Detective Marc.

Se giró con cierta sorpresa.  Allí estaba Antonia y su blanca palidez, abrigada y envuelta en una gran bufanda.

— Muy buenos días. —  Contestó él, entre complacido y sorprendido.

— Parece que hemos coincidido en el desayuno.

Hicieron sus pedidos por separado, tomaron sus bandejas y ocuparon la misma mesa.

Al encontrarse de manera casual se había roto el hielo de la formalidad en que había estado envuelto el encuentro anterior.  Hablaron bastante más libremente. Ella aportó datos sobre la salida de aquel día. El objetivo había sido ver a sus Djs preferidos. Que la amistad que las unía era muy fuerte a pesar de solo llevar tres años juntas, que nunca la olvidaría.

Con absoluta normalidad terminaron el desayuno y fueron al apartamento, en la calle hacía mucho frío, constantemente Antonia se arrebujaba, frotaba sus manos y tiritaba cosa que provocó que Marc en un acto casi protector le solicitara las llaves y abriera él, ya que ella no acertaba la abertura con sus frágiles, helados y temblorosos dedos. Su mirada fue de agradecimiento. Subieron enfrentados en el ascensor muy estrecho del edificio sin poder evitar que sus cuerpos se rozaran. Marc dudaba entre si no lo habían podido evitar,  o si lo habían provocado. Lo cierto que se había desatado entre ellos un juego de seducción que resistieron estoicos durante toda la mañana. La culpa fué del café que sobre el medio día propuso Antonia. La camaradería conseguida y mantenida desde el encuentro en el bar de la esquina dió como resultado que Marc se ofreciera a ayudar en su preparación. Para su suerte o desgracia el estrecho espacio de la cocina los obligaba a estar muy juntos y otra vez Marc dudaba si esa proximidad era necesaria. Sus pensamientos tuvieron que ceder por fuerza, a sus instintos, cuando sin ningun pudor Antonia acarició su entrepierna. Luego el deseo dirigió sus caricias sobre el cuerpo de ella, sus manos hábiles recorrieron cada centímetro acompasando ritmos y placer.

Ya eran las tantas cuando finalmente Marc abandonó aquel apartamento. Viajar de madrugada le permitió disponer de una autovía vacía y poco más de tres horas y media para pensar.

Antonia por su parte un poco más segura de sí misma, al igual que había hecho en su visita anterior, se dió una ducha de agua bien caliente y se metió en su cama. Se justificó a si misma pensando que había hecho lo que había que hacer.

En la semana siguiente se llamaron un par de veces, se comunicaron por las redes. Marc le dió uno de sus perfiles falsos y pudo acceder al de ella en Facebook.

Pasadas dos semanas, Marc sin aviso previo se presentó en su casa. Aprovechó el ingreso de un vecino para no llamar al portero y pulsó directamente al timbre del apartamento que ocupaba Antonia.

Al abrir la puerta se miraron directamente a los ojos, ella solo los cerró después de ver como Marc, sin pestañear, sin decir ni una palabra enfrentó a su cara la foto de PAISAJES que respondía al la ruta donde había aparecido el cuerpo de Gemma y el selfi que ella había publicado dos meses antes de aquel suceso, en el que tenía puesto el cinturón con el que habían estrangulado a su amiga. Continuo apretando sus ojos sin poder contener las lágrimas, sin poder justificarse y confesar que se había cansado de darle su amor y de ver a diario como Gemma le despreciaba.

 

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