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Teresa -by Conchi Ruiz

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True Crime / Serie Negra / Barcelona

Mientras el avión da un rodeo para el aterrizaje en el aeropuerto del Prat, pienso en la llamada urgente de Enric Coll a mi despacho en Madrid a las seis de la mañana: ” te necesito, ven rápido”. También pienso que no estoy seguro de si he puesto o no lo necesario en un pequeño maletín de viaje, hecho a toda prisa como equipaje. Me pregunto cuál puede ser el motivo para esa urgencia. Descendemos y  siento el sobresalto de las ruedas al aterrizar en la pista mojada por  una lluvia que no deja ver el exterior por la ventanilla. Tampoco hago el intento de hacerlo, conozco bien el recorrido. El avión se para y una música invade el espacio. Camino con cierta rapidez por el túnel hasta el edificio del aeropuerto y directamente me dirijo a la salida. Enric me estaría esperando, me decía en un mensaje en el móvil. Llovía con intensidad y la visibilidad muy mala a pesar de ser mediodía. Un coche azul muy oscuro se paró y la voz ronca de Enric traspasó la lluvia hasta mis oídos.

— ¡Sube, rápido!

— ¿Qué ha ocurrido?

— Ya hablaremos. ¿A dónde vamos?

— Al hotel Mar.

— ¿A la Rambla del Raval?

— Sí, me gusta y siempre que vengo a Barcelona voy allí. Me trae suerte cada vez que tengo que investigar un caso. Entiendo que me has llamado para eso: ¿me equivoco?

— No, han asesinado a Teresa.

— ¿A Teresa? Le oí decir y las palabras se congelaron en mi garganta. Un pesado silencio ocupó la totalidad de nuestro espacio. Algo me atenazaba el pecho y dificultaba mi respiración. Teresa, la bella y dulce Teresa, siempre metida en temas humanitarios y luchadora contra las injusticias políticas, sus artículos eran a veces muy críticos contra ellos y un día la llamé para decirle que llevara cuidado, que no fuera tan lejos. “Hay que hacer justicia”, me decía indignada. Intenté recuperar la voz.

— Enric, vamos a ver a Teresa ahora, quiero verla donde esté.

En el tanatorio dos policías de paisano custodiaban la cabecera del ataúd y en la puerta dos con uniforme, un inspector los esperaba avisado por Enric.

— Inspector Mayoral, el detective Albert Castell, amigo de la víctima.

Dos escalones los separaba de Teresa, Albert notó que algo fallaba en su caminar y las manos frías, levantó la sábana, le habían cerrado los ojos con algo para forzar los párpados, una gasa ancha rodeaba su cuello y el rostro aparecía macilento, estrangulada, no hacía falta preguntar por la autopsia. Tapé su cara y traté de disimular algo que resbalaba por mis mejillas.

 

La casa estaba a oscuras. Por respeto a Teresa y a los periodistas, el servicio había corrido las cortinas, todos tenían los rostros contraídos y lloraban en silencio. Llegué al centro del salón y me detuve. Aquí, donde inmovilizado por la fuerza de los recuerdos, donde la sermoneé, a ella, donde traté de persuadirla para que no se implicara con temas políticos que podrían darle una desagradable sorpresa. No hizo caso, sus ideas eran claras. Me puse unos guantes y abrí los cajones de la mesa de caoba de su despacho. Cartas, fotografías, pequeños recuerdos, un cúmulo de cosas colocadas en un orden estricto. Fotos de África, de niños en chabolas, de caras hambrientas que sonreían y Teresa con ellos, detrás su letra “Kenia, 1989”. El borrador de una carta dirigida al Consulado haciendo saber su preocupación por la situación y el desvío de la ayuda humanitaria que nunca llegaba ¿A dónde iba a parar? Una carta del Consulado como respuesta advirtiéndola que dejara de preocuparse que se hacía lo correcto. Percibí un tono de amenaza en aquellas letras con la firma de alguien que se encargaba del tema de las ayudas. Más fotografías. Me acerqué al ventanal da la casa y contemplé el mar, gris y alborotado, la lluvia caía incesante en la Avenida del Paralelo y la hacía triste e intransitable. Enric me esperaba en el salón con el inspector Mayoral.

—     ¿Has encontrado algo?

—     No estoy seguro, pero creo que he encontrado el camino. Después del funeral me vuelvo a casa.

Enric me miró con preocupación y el inspector torció el gesto algo contrariado.

—     ¿Serás capaz de actuar con resignación?

—     Lo dudo.

—     Yo también, todo esto me produce náuseas

—     Enric, no estoy muy seguro de tener la moral alta, la verdad, no estoy ni mucho menos seguro, pero voy a llegar hasta el final.

—     ¿Qué te propones?

—     Me voy a Kenia, estaremos en contacto, haré lo que esté en mis manos, lo que sea. Lo prometo.

Continuará…

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