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El asesinato de la legalidad, by Antonio Caro

Comenzamos una Serie sobre: True Crime / Serie negra / Barcelona. Muchos de estos relatos serán publicados en Mundiario (con 7 millones de lectores) -j re crivello

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Juan trabajaba en una cerrajería, no había puerta que se le resistiera, tanto era así que pronto se granjeo el apreció de los señoritos y ricachones, que en sus noches de juerga tenían tendencia a perder las llaves de sus domicilios, no conyugales por supuesto, sino aquellos donde llevaban a sus “amigas” y mantenidas.

Estamos en los años sesenta. Barcelona esta despertando después de la post guerra. A la estación de Sants llega Dolores, una chica de pueblo, con ganas de hacer dinero y un nombre.

Cuando Dolores alquilo un pisito donde hospedarse, el casero llamo a Juan el cerrajero para que le pusiera una cerradura nueva. Juan llegó con su caja de herramientas su peto marrón de trabajo y su camisa a cuadros. Entró en el edificio y vio a Dolores. Una mujer joven de unos veintipocos años rubia alta y muy guapa, al verla se quedo prendado y enseguida entro en conversación.

  • Buenos días señorita —dijo Juan muy educadamente.
  • Buenos días tenga usted —le contesto ella.
  • Soy Juan el cerrajero, me ha llamado Lorenzo el casero para cambiar la cerradura de uno de los pisos —le comento Juan.
  • Si, lo estaba esperando, ha de cambiar la del segundo izquierda, por favor — dijo Dolores.
  • ¿Es su casa? —le pregunto él.
  • Lo será cuando usted cambia la cerradura y se deja de tanto palique —le contesto ella muy seca.
  • No se me enfade usted señorita, que es muy guapa y muy temprano para tener el ceño fruncido —le dijo a modo de respuesta— No se preocupe que en un santiamén le pongo la nueva.
  • Veremos, si es verdad, ya esta tardando —contesto Dolores.
  • Puedo preguntarle algo —dijo el cerrajero con una sonrisa en la cara.
  • Puedo impedírselo — le atajo ella.
  • ¿Va ha trabajar usted por aquí?
  • Eso quiero. —contesto ella— ¿Y usted se va a poner a trabajar ya?

Juan la miró y sonrió como pensando —esta chica es de armas tomar.

  • Claro que si, señorita, en un santiamén tiene su cerradura nueva —dijo el sonriendo.
  • Eso me dijo hace ya media hora y todavía no ha sacado ni las herramientas —le replico ella un poco malhumorada.

En aquel momento se presento Genaro el casero.

  • Hombre Juan, ya estas aquí —le saludo— pon rápido ese bombín que esta señorita quiere instalarse cuanto antes.
  • Ahora mismo me iba a liar con ella, señor Genaro —contesto el cerrajero— con la cerradura —dijo sonriendo mientras miraba a Dolores.
  • ¡Jajaja! Tú siempre tan gracioso Juan —le dijo el casero.
  • La vida hay que tomársela con un poco de sentido del humor señor Genaro, que son cuatro días los que vamos a estar aquí, como para amargarse por poca cosa. —le dijo el chico.
  • Tienes razón Juan ¿Verdad, señorita Dolores? —le pregunto el casero al verla tan sería.
  • Si usted lo dice, será —dijo sin énfasis ninguno.

Juan había empezado a cambiar el bombín de la cerradura mientras hablaban y al cabo de unos minutos había terminado.

  • ¡Bueno! Esto ya esta listo señor Genaro —dijo recogiendo la caja con las herramientas.
  • Gracias Juan. Ya sabes apuntalo y a final de mes me pasas la factura de lo que haya pendiente.
  • No se preocupe por eso, así lo haré —le contesto el cerrajero— Señorita a sido un placer conocerla, espero verla más a menudo —le dijo a Dolores.
  • Vete tu a saber, si volvemos a vernos —contesto ella— con Dios —dijo entrando en el piso y cerrando la puerta tras de si.

Dolores, comenzó a trabajar en casa de unos señoritos, en el servicio domestico, pero aquello no era algo que le gustara. El señorito le tiro los tejos y le ofreció una cantidad bastante aceptable por acostarse con él. Aquello le molestó al principio, pero acabo aceptando.

Se dio cuenta que así se ganaba más y mas rápido que limpiando suelos, por lo que no tardo en cambiar de oficio y dedicarse a buscar a hombres con dinero que pudieran pagarle lo que ella sabía que valía, tan solo por su compañía y por su cuerpo claro esta.

Juan no se pudo apartar de la cabeza a aquella muchacha que había conocido e intento en más de una ocasión acercarse a ella, pero ella le daba largas y le mandaba a casa con viento fresco. Eso lo reconcomía por dentro, máxime cuando se entero que se dedicaba a ir con uno y con otros por dinero.

Los celos y la envidia podían con él, tanto era así que quiso darle una lección, decidió entrar en su casa y quitarle todo lo que tuviera de valor, sabía que se lo habían proporcionado otros hombres y no estaba dispuesto a consentirlo.

Una noche espero en la esquina de la calle a que ella saliera, cuando la vio montar en un coche, él se dirigió a su casa y entró sin ningún problema, empezó a recorrer el piso con la mirada sin tocar nada. Abrió la puerta de la habitación de Dolores y se dirigió a la cama, se sentó en el borde y paso la mano por encima de la colcha, vio el aparador en la pared del fondo y se acerco, no pudo evitar la tentación de abrir los cajones y averiguar que guardaba una mujer como Dolores. Saco el primero y había ropa de lencería que él jamás había visto ni en las revistas en las que las chicas salían casi desnudas y en poses sensuales.

Agarro una prenda y la olio, olía a frescor ¿Así olería ella? —Pensó— La estiro y vio que era un body de encaje rojo, se transparentaba todo, aquello lo puso de muy mala leche, pensando en quien la vería con aquella prenda. Los celos eran mayores a cada momento, tanto fue así que no se dio cuenta que Dolores había vuelto a casa, se había dejado algo.

Lo encontró en su cuarto con la prenda en la mano.

  • ¿Qué haces aquí? —le pregunto furiosa— Como te atreves a entrar en mi casa, sucio bastardo —le bramó.
  • Zorra, eses una golfa —le contesto ciego de ira y celos.
  • Voy a llamar a la policía, ahora mismo. —dijo ella— maldito cabrón, te vas a enterar.
  • Eres una puta. —dijo él mirándola con los ojos inyectados en sangre— los prefieres a ellos, a esos señoritingos de cuatro perras y te abres de piernas para ellos por dos reales.
  • Hijo de puta, te voy a sacar los ojos —dijo ella furiosa al escuchar aquellas acusaciones.

Él se dirigió a ella y le dio un bofetón que la tiro de espaldas contra la puerta.

  • Cabrón, ¡no me pongas la mano encima! ¿Quién te crees que eres?
  • ¿Soy poco para ti verdad zorra? ¿Te crees más que nadie? Solo por que tienes una bonita cara —le dijo a la vez que iba hacía ella dispuesto a pegarle de nuevo.

Dolores no se achico y le hizo frente.

  • Tú, tu no eres nadie, un mierda que se cree con derecho sobre mi. Jamás seré tuya.
  • ¡Llevas dos días aquí y te crees la reina de Saba! —exclamó él— Y no eres mas que una cualquiera que llego hace dos días del pueblo creyendo que se iba a comer el mundo.
  • Que sabrás tú, pobre desgraciado. Qué crees que yo vine a Barcelona a buscar a un pordiosero como tú —le escupió a la cara

Juan la agarro por los pelos y la volvió a golpear, tirándola sobre la cama, sin saber cuando había cogido un frasco de cristal gordo, de colonia y se puso a golpearle en la cabeza. Ella se deshizo como pudo de él y salió corriendo hacía la puerta de la calle, pero Juan más rápido que ella, la agarro por detrás y la volvió a golpear con aquel objeto.

Dolores sangraba profusamente por la cabeza y la boca, dejaba un rastro tras de sí mientras corría para intentar escapar de aquel loco iracundo. Pero fue en vano, él la alcanzo antes de llegar a la puerta y le volvió a pegar con el frasco de colonia, ese tan caro que le habían regalado hacía unos días y no lo había llegado a abrir aún. Todo se le volvió negro cuando golpeo con la cara en el suelo.

Juan se agacho a su lado y la golpeo en la nuca, con tanta fuerza que escucho como crujía su cráneo. Se incorporo mirándola, mientras un charco de sangre se formaba alrededor se su cabeza, la cara la tenía desfiguraba. Ya no parecía la chica que el había visto meses atrás cuando le cambió la cerradura de la puerta.

Se dirigió al baño y al verse en el espejo completamente lleno de sangre se asusto y comprendió que había hecho, se lavó lo mejor que pudo, fue al cuarto de ella, donde comenzó a revolverlo todo para que pareciera un robo, luego hizo lo mismo en el salón y abandono la casa amparándose en la oscuridad de la noche.

Al cabo de dos días unos policías llamaron a la puerta de su casa, al abrir el padre, preguntaron por su hijo, este salió como si nada, más de una vez iban a buscarlo para que fuera a forzar o cambiar la cerradura de alguna casa.

Cuando salió le detuvieron por el asesinato de Dolores Sanz, ocurrido en la calle Legalidad numero 5. Él se defendió diciendo que no había sido, que ese día había estado fuera de Barcelona. Pero lo que no supo hasta el día de juicio era que el chofer del señorito que había ido a buscar a Dolores aquella noche, estaba esperándola todavía cuando el salio a hurtadillas y lleno de sangre.

El chofer subió a casa de Dolores y la encontró tirada en el suelo en un charco de sangre, al ver lo que había ocurrido aviso a su jefe y este dio parte a la policía. Así fue como Juan el cerrajero lo encerraron tras unas rejas de las que no podría abrir.

 

5 replies »

  1. ¡Hola, Juan!

    No conocía este precioso rinconcito, pero las casualidades de la vida me han llevado hoy a descubrirlo y la verdad es que, siendo sincera, ha sido un gran descubrimiento. Me encanta el título, el diseño y los fragmentos compartidos. La verdad es que no es nada fácil, en los tiempos que corren, llegar al lector de esa manera y estos fragmentos de libros lo consiguen

    En cuanto al post, debo decir que me ha gustado mucho el texto. A pesar de que no suelo leer serie negra, esto me ha gustado mucho. Gracias por compartir…

    Solamente me queda decirte, de nuevo, que ha sido un placer dejarme caer por aquí. Espero pasar más a menudo por este lugar tan mágico. Dejo el enlace a mi blog por si quieres echarle un vistazo, pero vamos, que ninguna obligación: misspoessia.com. Yo, con haber pasado por aquí, ya estoy más que satisfecha.

    ¡Un abrazo enorme! 🙂

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