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Le nacía de dentro “El arropiero” by Frank Spoiler

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True Crime / Serie Negra / Barcelona

Había perdido la cuenta de a cuántas personas había matado ya, muchas, él era consciente de ello y también que le daba igual si eran mujeres u hombres ¿A  él qué más le daba? Cualquier cosa que se moviera o respirara podía ser su siguiente víctima, no le importaba. Y era cierto; Manuel Delgado Villegas, 55 años, tez morena y bigote y barba canosa, cabello escaso y con mucha entrada. Su rostro, hinchado y más parecido al de un boxeador después de haber perdido su combate.  Era natural de Sevilla. Viéndole ahora nadie hubiera dicho que aquel era un mal bicho y que llevaba a cuestas las muertes de más de 48 personas. Un criminal sin escrúpulos que repudiaba la vida (la de los demás).

Nacido el 25 de febrero de 1943 en Sevilla, donde su madre murió tras un parto complicado, dejándole a él y a su hermana con su padre, que se dedicaba a vender arrope: «aunque estaban al cuidado de su abuela». Pese a ir a la escuela, nunca consiguió aprender a leer ni a escribir. Ya de jovenzuelo por el barrio se sabía que trapicheaba vendiendo droga, e incluso se le achacó también durante años la “desaparición” de algunos camellos, rivales suyos, los cuales, de un día para otro, habían desaparecido del barrio sin dejar rastro. Lo que no sabían era que también era ya un psicópata, ni que su pasión era el arte de matar ni que años más tarde se haría tristemente famoso precisamente por ello.

De hecho, nunca mató de igual forma y su última víctima nunca tenía nada que ver con la anterior. En 1961 ingresó en la Legión española donde aprendió una técnica de lucha que le serviría durante años para matar hábilmente a sus víctimas sin riesgo para él. No obstante no aguantó mucho en filas ni la férrea disciplina que le imponían sus mandos superiores, así que, no dudó en desertar, viajando por toda España, Italia y Francia, donde fue dejando tras su paso un reguero de cadáveres.

Algunas de sus víctimas serían: El 21 de enero de 1964: Adolfo Folch Muntaner en la playa de Llorach, Garraf (Barcelona). El 20 de junio de 1967: Margaret Helene Boudrie en una masía de Ibiza. El 20 de julio de 1968: Venancio Hernández Carrasco en el río Tajuña (entre Guadalajara y Madrid). El 5 de abril de 1969: Ramón Estrada Saldrich en Barcelona. El 23 de noviembre de 1969: Anastasia Borrella Moreno en Mataró (Barcelona). El 3 de diciembre de 1970: Francisco Marín Ramírez en Puerto de Santa María (Cádiz). Y el 18 de enero de 1971: Antonia Rodríguez Relinque -disminuida psíquica-, en el Puerto de Santa María (Cádiz). Y supuesta pareja del susodicho Manuel. Precisamente fue la desaparición de Antonia Rodríguez Relinque, que había sido vista varias veces en compañía de Manuel Delgado Villegas, con quien mantenía una relación sentimental, fue lo que puso a la policía sobre la pista del que se convertiría fatídicamente en el mayor asesino de la historia de España. Días después de la muerte de Antonia y sin sospechar nada, la policía lo detuvo y acompañó a comisaría donde fue severamente interrogado sobre la desaparición de su pareja. Manuel, sin mostrar la más mínima sorpresa ni arrepentimiento declaró que la había estrangulado mientras fornicaban y con sus propios leotardos. Y allí mismo también les confesó que había matado a 48 personas más. La detención del que desde entonces llamarían “el Arropiero” permitió también esclarecer muchos otros crímenes que hasta la fecha habían quedado sin resolver, incluyendo otros como el de Hernández Carrasco, que hasta ese momento había pasado por un accidente. Manuel Delgado Villegas no dispuso de abogado defensor hasta pasados seis años y medio. Siendo el récord de arresto preventivo hasta nuestros días sin protección legal. Tampoco fue juzgado nunca, ya que le fue diagnosticada una enfermedad mental y por esa razón, la Audiencia Nacional ordenó su internamiento en un centro psiquiátrico especializado en 1978. Las pruebas médicas que se le practicaron entonces permitieron descubrir que era poseedor de la trisomía sexual XYY (El síndrome del superhombre) una enfermedad cromosómica rara que afecta a varones. En lugar del común de un hombre normal, (XY), que, en aquellos tiempos se decía que se caracterizaba por tener un retraso mental que, en algunos casos, inducía a ser más agresivo. Estudios médicos actuales rebaten dicha teoría. “El Arropiero” era tan ególatra y fanfarrón que cuando viajaba por la geografía española y francesa con unos agentes para corroborar y comprobar sus crímenes con la radio puesta, escuchó que un mexicano había matado más gente que él. El asesino los miró y les dijo con una frialdad inaudita: “Denme 24 horas más y lograré que un miserable mexicano no sea mejor asesino que un español”. Tras su detención confesó hasta 48 crímenes, aunque la policía no se lo tomó en serio al principio: cuarenta y ocho asesinatos. De ellos solo se consiguió probar siete, aunque la policía pudo constatar que fue el autor de veintidós asesinatos y que en algunos casos hubo necrofilia.
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— La verdad… nuestros lectores y yo queremos saber la verdad―el reportero inspiró profundamente antes de hacer la pregunta.  ¿Por qué mató a todas sus víctimas? ¿Y qué sentía o qué extraña satisfacción sentía al hacerlo?

«La verdad» Le había pedido Miguel Llorach, reportero de “El Periódico de Catalunya” nada más entrar en aquel cuartucho que olía a orines, vómitos y alcohol y que apenas tenía ocho metros cuadrados. En él vivía Manuel desde que abandonara el centro psiquiátrico en el que había estado ingresado desde el año 1978 hasta 1998 y una vez cumplida allí su condena.

Y él se la dijo.  «Antes de matarlo con sus propias manos desnudas». No sin antes sacarle las entrañas a dentelladas. «¿No querían saber la verdad?, pues él así lo hizo».  Mientras lo golpeaba con saña salvaje (y disfrutando), destrozando su cara hasta que ésta fue solo un amasijo de carne y huesos. El reportero le había pedido la verdad, y la verdad era que ni él mismo la sabía. Simplemente, mataba porque le nacía de dentro. Dos días más tarde y tras la denuncia hecha por el director del diario “El Periódico de Cataluña”, (Miguel no tenía mujer ni parientes más cercanos) denunciaba la desaparición de su reportero estrella. La policía entraba forzando la puerta de la habitación de Manuel Delgado Villegas y los encontraba a los dos muertos, al reportero, golpeado hasta la muerte y salvamente desfigurado y al asesino, tranquilamente tumbado en la cama y muerto a causa de una afección pulmonar debido a su gran afición al tabaco.

 

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