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La Gran Danta by Miguel Angel Carrera

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La primera vez que Antonio vio al señor del Amazonas a orillas del gran Orinoco quedoaterrado. El sabía de este, de boca de sus padres y abuelos, pero jamás pensó verle y mucho menos de día. El señor del Amazonas era una enorme danta gris que, según sus abuelos, fungía de protector de las inmensas selvas de este continente. La gente antigua era más propensa a creer este tipo de leyendas folclóricas, las nuevas generaciones poco les importaba estas cosas. Esa primera vez Antoniomachete en ristre estaba a orillas del rio esperando a su tío para poder pasar el rio en canoa. El Orinoco estaba revuelto, era época de invierno, y sus aguas turbulentas llenas de pirañas y caimanes tenían ese aspecto amarillo ocre que tanto odiaba, parecían más aguas residuales, o al menos no era el color que un glorioso rio gigante de Latinoamérica debería tener. Era la época en que el rio se enfurecía más de lo acostumbrado, y tragaba más de lo que las personas de los pueblos cercanos quisieran. Cada año durante las temporadas de lluvia el Orinoco asesinaba personas, engullía a los desprevenidos, si, un descuido, un mal resbalón y adiós mundo. De poder contar los seres humanos que este rio se ha tragado con sus cacofónicos rugidos, un camposanto del medio oriente de seguro quedaría pequeño. Aunado a esto,Tupidos bosques y mala hierba de una terrible altura circundaban sus orillas, muchas veces altas e inaccesibles.

El hombre no se equivoca cuando mira con temor la espesura, esta huele el miedo, y si miras con, te mostrara  los dientes. Dentro de la selva, jaguares, dantas, grandes anacondas y osos palmeros, se agazapan en constante caza. En el rio o la selva, dentro, al tonto solo le espera la muerte, Antonio siempre pensó que el Amazonas no era para tontos, y el no era tonto, por eso llevaba siempre su cuchillo y su machete terciados en el cinto. Su abuelo decía que en el Amazonas, lo mas afilado que uno debe llevar encima son los cuatro sentidos, estar alerta, eso podía ser la diferencia entre vivir o morir en algún momento.

Este gran rio y esta gran selva estaban llenas de leyendas, de cosas mágicas que jamás nadie afirmo ver, salvo los viejos del pueblo y los indígenas Piaroas. A saber, según los Piaroas, había una especie de convivencia pacífica, mediada por los chamanes de esta tribu, quienes siempre supieron vivir en armonía con la naturaleza. Como decía, la primera vez que Antonio vio la majestuosidad de aquella danta rey, fue un lluvioso 12 de Mayo, de pie en la orilla de barro. Mojado desde sus alpargatas hasta su sombrero de paja y bajo una llovizna decreciente. La danta rey estaba en un promontorio de unos 3 metros de altura sobre el agua. Antonio había visto dantas anteriormente, muchas veces, pero jamás de ese descomunal tamaño, el calcularía que tendría más de 2 metros de alto y casi 4 de largo, un monstruo amazónico, que poseía un símbolo blanco en ambos costados. Esta danta rey estaba de pie, majestuosa, observándolo serenamente, durante unos minutos, hasta que despacio dio una pesada media vuelta y despareció entre la alta maleza. Antonio luego pensaría que por la lluvia y la brisa, esta visión aterradora tendría una especie de aspecto onírico. Por eso decidió callar, y no comentar nada a su tío, hasta ver a sus abuelos, y contarles emocionado haber visto la gran danta gigante, porque debía ser esa. No podía ser otra. Luego de recuperarse de aquella impresión, a medida que pasaban los días, fue adquiriendo fascinación por este ser.

Fue así como Antonio, durante años acostumbro dar paseos, a veces cortos, a veces largos, a lo profundo de la selva amazónica. En busca de aquel gran rey. ¿Por qué? No lo sabía, y la verdad nunca se lo había planteado, quizá por el halo mágico de todo aquello, quizá lo necesitaba. Así transcurriría un tiempo no muy lago, de excursiones solitarias, hasta que un 28 de Abril en medio de una torrencial lluvia por fin ocurriría el encuentro. Sus viajes siempre eran solitarios, jamás consintió invitar a nadie, pensarían que estaba loco, o si lograba convencer a alguien, quizá terminaría ahuyentándolo con algún grito de miedo, o algún plan de caza que no deseaba. Esa mañana a pesar de la lluvia, Antonio tuvo una corazonada que le hizo salir a la selva a pesar del torrencial aguacero. Salió con todos sus bártulos terciados, envuelto en su chamarra, su machete terciado, sus botas de cuero, aprestándose a salir, sin saber la hora, cuando se vive lejos de las grandes ciudades, la hora suele importar poco, solo es temprano o tarde.

Como había hecho anteriormente, se enfrento a un terreno intrincado, lleno de maleza, depresiones y gran espesura. Salvando troncos caídos, se detuvo un momento, bañado en sudor, frunciendo el ceño mirándose los brazos, rojos por el roce de la maleza, sentía escozor, se arrepintió de haberse puesto una camisa de mangas cortas. Pensó en esa sensación de ser observado, que le había estado acompañando esta vez, pensó que por esa razón quizá esta vez sí la vería, y que de ser así, ¿por qué otra vez en un día lluvioso? este ser, esta cosa, ¿Es acaso un ser de la lluvia o algo parecido?.

En medio de estos pensamientos, Antonio llego a un claro de pocos metros, lleno de espesa maleza y un promontorio de tierra casi en medio. Sintió sus botas hundirse ligeramente en el fango oscuro, y bajo la mirada para ver donde pisaba. Fue en ese mismo instante en que miraba sus botas y el fango, que sintió y oyó esas lentas pisadas acercase, acompañados del murmullo de la maleza. En un hondo respiro y una rápida mirada, vio a la gran danta caminar lentamente hacia el promontorio que estaba a unos 3 metros de distancia de él. Mirándolo, la gran danta Jadeo hoscamente, de su boca colgaba restos de plantas, semillas e hilos de baba desagradables. Antonio con cara de sorpresa y terror, se sintió petrificado, quería retroceder pero sus piernas no le obedecían, su corazón daba saltos dolorosos en su pecho, mientras pensaba atropelladamente mil maneras de cómo escapar con vida de ahí. Durante segundos que se hicieron eternos, contemplo a la bestia fijamente, esperando un brusco movimiento de esta. Sin embargo no hubo ataque alguno, aquello que paso, cambio su forma de ver la vida y el mundo. Al escuchar su nombre, se sintió extrañado y fascinado.

—Antonio, lograste que me presentara ante ti. Tus obstinados viajes aquí, me obligaron —Exclamó la gran danta, su voz era increíblemente gruesa y pavorosa, la sintió retumbar dentro de sí, dominando su cuerpo y todo a su alrededor, y por extraño que parezca, esa voz le tranquilizo, le hizo relajar los músculos, desaparecer el nudo de terror en su garganta, había paz en la voz de aquel ser.

—Pregunta lo que debas preguntar, luego vete, y no vuelvas.

—No entiendo, ¿Cómo es que hablas? Es imposible, tú, no deberías…— Antonio enmudeció sin poder quitarle la mirada de encima, se sorprendió consigo mismo de poder hablarle sin sentir que era una locura.

—Eso no importa, comprendo, se ha que has venido, pregunta y luego vete.

Antonio titubeo, pensando.

— ¿Qué eres? ¿Cómo es que puedes hablarme?

—Me llaman Arco, soy el guardián de estas tierras. Las recorro día tras día protegiéndolas de Odo´sha y sus demonios, a quienes domina con su desagradable silbido.

— ¿Quién es Odo´sha?

—Escúchame bien, debes irte a casa, y no vuelvas nunca más, Odo´sha es asesino, es quien ordena a las criaturas de la selva devorar al hombre.

— ¿Y por qué hace eso?

—Porque se autoproclamo dueño de estas selvas, de su gran rio, y de sus montañas, y no los quiere a ustedes aquí, por eso ordena matarlos, y por eso yo y otras criaturas hemos pasado siglos evitándolo.

—Bueno, mucha gente muere aquí, ¿Cómo podemos evitar esto?

—No deben hacer nada, solo vete. Los jaguares y los osos palmeros son sus esclavos, sedientos de carne y de sangre. Odo´sha vive en las tinieblas de estas tierras.

—La gente del pueblo poco se aventura por estos lados, no entiendo.

—Te contare algo que solo los chamanes Piaroas saben. Hace milenios el gran creador Amaruaca, envió a sus emisarios para sembrar la vida en este mundo, incluida la del hombre. Éramos un grupo grande, dispersores de la vida, la flora y la fauna. Vivíamos en armonía, creando, organizando, enseñando. Pero el hombre era codicioso, anhelaba poder, anhelaba poseerlo todo y esto enojo a Odo´sha. Para proteger la creación se proclamo dueño de las tierras y los ríos, cegándose también de poder, entrando en guerra con el hombre. Poseyó a las bestias carnívoras y las envió contra las tribus del hombre. Como te imaginas, nosotros nos pusimos del lado de la armonía y el trabajo de creación para el que fuimos enviados— término explicando Arco.

—No sabía esto, es terrible que…—Antonio no término de hablar, de lo profundo de la selva el fuerte crujirde la madera le interrumpió, como si un tronco de gran tamaño hubiera sido partido por algo. Cientos de pájaros y pericos volaron de las copas de las altos arboles, en estruendosa algarabía, haciendo que Antonio se pusiera alerta mirando hacia arriba de un lado a otro.

—¡Odo´sha está aquí! vete, corre y no mires atrás, te protegeremos. No vuelvas nunca, si no quieres que los demonios de Odo´sha te devoren, cuenta esto a tus abuelos, ellos sabrán que hacer.

— ¿Cómo sabes de mis abue…

— ¡Corre!— bramo Arco.

Antonio retrocedió confundido, llenándose de miedo, echó una última mirada a la gran danta Arco, guardián de la creación de la selva, echando a correr entre arboles y maleza. En la carrera sintió como se le erizaba la espalda, escuchando un fuerte estruendo, una colisión de dos grandes cuerpos, paro súbito, volteando unos segundos sin lograr ver nada, solo gruesos gemidos y profundos golpes secos. Volviendo a correr velozmente pensando, pensando mucho, se asusto, reía como loco, no podía creérselo. En poco más de diez minutos estaba de nuevo a orillas del Orinoco, jadeando, doblándose para poner sus manos sobre sus rodillas, y tomar aire. De nuevo su corazón palpitaba desbocado, en su pecho y en su cabeza. Luego de unos minutos, recobro un poco la compostura y se apresuro a irse a casa, con el espíritu agitado, como un huracán dentro de sí. No volvería a la selva jamás, se sentía diminuto ante tamañas presencias, recordó a su abuelo contándole sobre la magia de la selva, sus fatalidades y las historias de los chamanes Piaroas, recordó su incredulidad ante lo que creía una tonta banalidad. Más adelante durante el resto de su vida, el sonido que hacia la maleza cuando se abría paso entre ella, le recordaba al gran Arco, gigante, pesado, majestuoso. Señor del Amazonas Venezolano, tierra que posee una belleza letal, que solo las tribus indígenas entienden.

 

Miguel Angel Carrera Farias.  Venezuela.

 

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