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Eclipse by Verónica Boletta

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La Sra Verónica Boletta siempre como decimos en España «la rompe» Interesante texto. -j re crivello, Director del taller de Escritura

Eclipse

El Planetario es una araña embarazada. Miró el edificio tendido en el césped, ubicado a distancia prudencial de las patas. Su último recuerdo del lugar era el video de Soda Stereo. ¿Zoom? Pasaron algunos años, dijo para sí. Estaba convenientemente alejado de la fauna de jóvenes que tomaban el lugar como punto de encuentro: grupos freaks, seguidores de cantantes ignotos. El lugar era un hervidero. Si ella lo propuso debe saberlo.

Liliana no predijo los vómitos de su hijo. Se armó de paciencia. Se aproximaba  la hora.  Otro sábado más en el que soportaría estoicamente las protestas de Guillermo. Tenía su voz y el discurso grabados en el cerebro: «Si está enfermo no lo llevo conmigo. Necesita estar con vos. Cuando los chicos se sienten mal están más contenidos con la mamá.» Toda una sarta de estupideces, de lugares comunes, salían de la boca del energúmeno. La solución era no decir nada. En vano había consumido minutos y tolerancia explicando una y mil veces que estaba tan capacitado como ella para atender a su hijo, que hicieran planes de hombres, que disimulase un poco la ansiedad por volver a los brazos de su última conquista. Conservó la calma y un prudente silencio al cabo del cual, Iván la había abrazado fuerte y, tomando la mano del padre, señaló el auto. ¡Se fueron! Tanto escándalo para eso. Lo de siempre.

Recorrió el departamento levantando juguetes, doblando ropa, acomodando libros en los estantes de la biblioteca. Puso en marcha el lavarropas. Para aprovechar el tiempo —mujer moderna, a fin de cuentas— revisó los mails, consultó las redes sociales dejando algunos me gusta, le envió un mensaje a su madre, silenció el chat Madres sala de cinco. Una hora después cerraba la puerta de su casa con la oscura sensación de olvidar algo. Ya recordaré.

Dejó el auto donde pudo. Dos trapitos pelearon por la exclusividad del cuidado. Zanjó la cuestión proponiéndole la vigilancia a uno y el lavado del vehículo al otro. Era otra presa en la ciudad. Sin tiempo que perder caminó apresurada. Sus pasos tendrían que intuir a Ricardo. No había fijado la ubicación exacta en un movimiento calculado. Y eso podía terminar en desastre. Los imaginó moviéndose en loop toda la tarde. Desencontrándose.

Lo vio tendido en el pasto, suficientemente alejado de la algarabía adolescente, de los parlantes estridentes y de los vendedores. No podía fallar.

La sombra ocultó el sol. Abrió los ojos y sólo vio la figura, un contorno sin detalles. —Me encandilé —dijo parpadeando una y otra vez. En cuanto las palabras salieron de su boca lo supo. Estaba perdido.

 

Constelaciones

Cubrió los anteojos con su mano, a modo de visera. Miró hacia arriba. Creyó ver una sonrisa. Se recostó sobre el antebrazo dejando un lugar en la sombra. Sonrió a su vez, con ganas, como el Rantés rebelde de Hombre mirando al sudeste: «Yo soy más racional que ustedes. Respondo racionalmente a los estímulos. Si alguien sufre, lo consuelo. Alguien me pide ayuda, se la doy. ¿Por qué entonces usted cree que estoy loco? Si alguien me mira, lo miro. Alguien me habla, lo escucho. Ustedes se han ido volviendo locos de a poco por no reconocer esos estímulos. Simplemente por haber ido ignorándolos. Alguien se muere, y ustedes lo dejan morir. Alguien pide ayuda y ustedes miran para otro lado. Alguien tiene hambre y ustedes dilapidan lo que tienen. Alguien se muere de tristeza, y ustedes lo encierran para no verlo. Alguien que sistemáticamente adopte esas conductas, que camine entre las víctimas como si no estuvieran, podrá vestirse bien, podrá pagar sus impuestos, ir a misa, pero no me va a negar que está enfermo. Su realidad es espantosa, doctor. ¿Por qué no dejan de una vez la hipocresía y buscan la locura de este lado?»

Liliana entendió su invitación muda y se sentó a su lado. ¡Qué tipo éste! Puede ser  tan encantador y tan extraño, a la vez.

Ricardo la miró con curiosidad cuando con un único movimiento se instaló a su lado adoptando la posición de pranayama. Elástica, joven y … ¡olvidate, no me va a dar pelota!

Revolvió el bolso tanteando a ciegas. Había olvidado el azúcar.

—Espero que te gusten amargos ¾Le extendió el mate dudando.

—¿Hay otra forma? ¾En el intercambio rozó brevemente sus dedos.

—Sos difícil de encasillar, Ricardo. Parece que querés ser amable pero te sale tan…¿asqueroso? ¿cortante?

—¿Y te diste cuenta leyendo mi carta astral? ¾la interrumpió irónico. Era poco tolerante para con las críticas y a ésta la sentía particularmente injusta.

Sintió la sangre agolpándose en sus mejillas. Como si el comentario hubiese sido una cachetada certera. Lo miró incrédula. Tan grande y tan zonzo.

—¿De verdad creíste que soy astróloga? ¾le devolvió la estocada. ¾No, Ricardo. Eso fue una excusa para conocerte, niño de las estrellas. Estudié psicología.

—Pero Gerardo dijo… ¿y la carta?

—Repitió el guión como se lo pedí. La carta la bajé de internet. No es difícil cuando se sabe dónde buscar. ¾No apartó la vista. Lo provocó. ¾Vos, ¿sabés?

Rayos y luces

Esto se desmadra. Se sale de cauce. Tranquilo, tranquilo. Es una mujer. Es hermosa. Me hierve la sangre. Me gana la ira. La pierdo. Me enojo. Inspiro. Expiro. Busco controlar la emoción antes de hablarle.

—Fui estafado por dos timadores profesionales. A vos no te conozco. A Gerardo no sé cómo disculparlo.

—Drástico, intenso. ¿Infantil? ¿Te sentís amenazado en tu imagen racional? Te recuerdo que estabas dispuesto a creer en predicciones astrológicas respondió con fastidio, arrastrada por la molestia de Ricardo.

—¡Lo único que me faltaba! La S-E-Ñ-O-R-I-T-A se ofende. ¡Caramba! Nunca imaginé una primera cita más accidentada.

Apoyó una mano sobre su hombro. Le pasó otro mate. Transcurrían los minutos en procesión, silenciosos y solemnes. Un Ricardo tan distante como sereno respiraba acompasado. Cortó el silencio murmurando dulcemente:

—¿Caminamos? ¾antes de recibir la respuesta extendió su mano invitándolo. Él la tomó como quien regresa de un mal sueño, sin decir nada.

—¿Es una cita?

Contuvo las ganas de gritarle un par de cosas. Es más fácil enojarme con Gerardo. Me mandó desvalido a la jaula de los leones. Estoy perdiendo los pelos y las mañas. Pasó el brazo sobre su hombro, abrigándola.

—Como vos quieras —¡Si Seré cobarde! Debo arreglar esa frialdad —Me gustaría que lo fuese y más días así.

 

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