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Monumento en NY. by Francisco J. Martín

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Susan llegaba al día siguiente y Maggie estaba un poco nerviosa, quería tenerlo todo preparado. Ambas eran originarias de Labadie, un pequeño pueblo cercano a St. Louis (Missouri).

Maggie se había trasladado a New York a los 27 años y ahora, 5 años después, era redactora de la sección de cultura de la revista G.C. New York. Vivía en un amplio apartamento en el 664 de Madison Ave., en pleno Manhattan, muy cerca de Central Park. Lo compartía con Ray, un agente financiero de unos 35 años, bien plantado, que siempre vestía caros trajes de marca. Había tenido suerte, pues el 70% del alquiler iba a cargo de Ray, quien era dueño de la empresa que lo administraba y disponía de la parte más grande del apartamento que contaba con un gran salón con compuertas que permitían dividirlo en dos en caso de fiestas o algún otro evento. Por su parte Maggie se quedaba con una zona más pequeña, con dos amplias habitaciones, que era más que suficiente para que también pudiese vivir holgadamente su amiga Susan.

Desde que vino a New York había mantenido el contacto con Susan y ahora que estaba al llegar le parecía maravilloso poder convivir con su gran amiga que, aunque 6 años menor que ella, siempre había sido su respaldo en los malos momentos.

—Hola Susan, ¡bienvenida a New York!, — Maggie la recibió con una amplia sonrisa y un gran abrazo. Se separaron por un momento para mirarse de arriba abajo y decirse una a otra lo bien que se veían.

Entraron las maletas y Maggie acompañó a Susan hasta la que, a partir de entonces, sería su habitación. A ésta le encantó, pensaba que sería más pequeña y realmente era mayor que la que tenía en su casa del pueblo.

Maggie la dejó que se organizara y fue a avisar a Ray de que su amiga ya había llegado. Aunque convivían en el mismo apartamento, la relación entre ambos no era muy cercana, más bien era de total independencia. Cuando coincidían en el salón, Ray era educado y cordial, pero no simpático ni cercano, y Maggie estaba un poco chapada a la antigua en cuanto a pensar que el hombre debía dar el primer paso para lo que fuera y, en verdad, tampoco le interesaba ni le atraía Ray. Era domingo y sabía que éste dormía hasta tarde por las fiestas que solía “marcarse” los sábados por la noche, así que llamó a su puerta y, sin pasar, le dijo que Susan ya estaba allí.

Al rato, Susan ya había colocado su ropa, calzado y demás enseres, y se dirigió al amplio salón, donde estaba Maggie leyendo el periódico, para sentarse junto a ella y comenzar a hablar de sus cosas,

—¿Cómo va la revista Maggie? Cuéntame,

—Nada nuevo. La revista va fenomenal, pero el pesado de mi jefe no me deja respirar y además no me valora lo suficiente a pesar de que entrevisto mensualmente a personas que forman parte de la crême de la cultura neoyorkina, mis reportajes son de rabiosa actualidad y tienen gran calidad (me lo dicen incluso desde la competencia). Ahora está mirando mucho a Jeff, un recién llegado redactor del área de cultura, ¡hasta parece que le guste! y que yo sepa no es gay. Además, su sueldo es mayor que el mío, siendo yo la redactora jefe. O sea, que nada contenta, pero hay que seguir adelante Susan.

—Te entiendo, pero no te quejes mucho, allí en Labadie seguimos igual que hace años cuando tú te marchaste, con antiguas costumbres, a pesar de que estamos en pleno siglo XXI las chicas parecemos personas de segunda clase.

A Susan le gustaba pintar cuadros, era su ilusión en la vida, y se había llevado unos cuantos lienzos creados en los ratos libres, que eran muchos, para tratar de exponerlos en alguna sala. De hecho Maggie la animó a que se trasladara al convencerla de que a través de sus contactos podría comenzar a llevar adelante lo que le apasionaba: pintar.

—Gracias por tu apoyo Maggie, creo que sin él no me habría decidido a venir y dar este paso.

En esto apareció Ray, bajó los dos escalones de la zona opuesta del amplio salón, se acercó a las chicas, no podía apartar su mirada de Susan, y  las saludó,

—¡Hola, tú debes ser Susan!, hola Maggie, estarás contenta de tener a tu amiga aquí. Espero que hayas tenido un buen viaje desde…

—Labadie, en Missouri — dijo Susan. El viaje no ha sido pesado, el vuelo desde St.Louis ha sido agradable y no ha llegado a tres horas, así que no me puedo quejar.

—Bienvenida a New York, espero que todo te vaya bien, para cualquier cosa que necesites cuenta conmigo, aunque también tienes a Maggie, por descontado. Ya nos iremos viendo por aquí, ahora tengo que irme, he quedado para almorzar. ¡Nos vemos!

Salió del salón y fue a por su abrigo, al momento marchó a la calle cerrando la puerta. Susan se había quedado paralizada,

—¡Que callado te lo tenías Maggie! No me dirás que no te has dado cuenta del pedazo de monumento que tienes aquí.

Maggie enrojeció por segundos, aunque le parecía un hombre apuesto no le había dado tanta importancia.

—Tampoco es para tanto Susan, tu es que vienes del pueblo y…

—Allí también hay chicos guapos y bien parecidos, pero los sabemos reconocer al instante.

—Me ha sorprendido lo cordial y amigable que ha estado contigo, no paraba de mirarte ni un momento. La verdad es que tiene buen tipo, pero no me atrae como para imaginármelo en sueños. Duermo tranquila.

—Y ¿desde cuándo “duermes tranquila”? —Y rio con fuerza, no lo tomes a mal pero tú que eres una chica mona, y vives en una ciudad tan cosmopolita como esta, con tantos hombres. ¿No me digas que no has encontrado a ninguno que te haya hecho “tilín” aunque haya sido por una noche?

—No creas, tampoco piso las fiestas habitualmente, lo más frecuente son los bares y alguna discoteca con los compañeros de trabajo, que ya tengo muy vistos, y que tampoco me llaman.

—Uy, uy, uy esto tiene que cambiar un poco. Tu amiga del pueblo te va a tener que enseñar como es la noche en New York, y de paso conocerla también. ¿Por qué no almorzamos aquí ahora y esta noche salimos?

—Vale Susan pero no te emociones mucho no sea que después te lleves un chasco.

 

Pasaron los días y Maggie y Susan se movían por la ciudad después del horario de trabajo habitual. En una de las salidas había conocido a algunos compañeros de trabajo de Maggie, entre ellos a Jeff y a su jefe. Tenía razón, su jefe era un verdadero pesado, todo el rato hablando de él y de lo bien que lo hacía todo, y de los proyectos que había conseguido ganar y hacer realidad… Oyéndolo parecía que nadie más en la Tierra había hecho nada digno de mención en toda la historia. Sin embargo Jeff era otra cosa, atractivo, natural, sencillo y con la conversación justa para no parecer muy tímido, hacía que fuese agradable mantener una conversación con él y hasta tenía cierto encanto. A Susan le cayó muy bien.

Por otro lado, ésta había conseguido exponer en una pequeña sala gracias a Sarah, una clienta y amiga de Maggie, aunque sólo había vendido un lienzo por un módico precio. Si quería hacer más negocio tendría que ampliar la colección y encontrar financiación para su estancia de forma que pudiera pintar más cuadros. Ahora que empezaba a conocer la ciudad imaginaba más imágenes que trasladar a sus pinturas. Un día, almorzando con Maggie en un restaurante italiano cercano a la sede de su revista, un camarero les comentó que necesitaban ayuda para el servicio de mediodía, el local cada vez se llenaba más y no podían atender a la clientela todo lo bien que se merecía. Susan no se lo pensó dos veces, estaría cerca de Maggie, sólo eran unas tres horas diarias y obtendría unos dólares con los que pagar el apartamento y algo más, así que antes de pagar la cuenta quiso hablar con el encargado, y finalmente salió de allí con un contrato en la mano. Estaba muy contenta, empezaría el lunes siguiente. Su amiga la felicitó por esa determinación que había demostrado, a veces pensaba que a ella le iría muy bien algo más de decisión a la hora de afrontar algunos asuntos, sobre todo con su jefe.

Fueron pasando días y la vida de Susan, y también de Maggie, estaba cambiado poco a poco. Estaban viviendo en la ciudad de las oportunidades, ambas habían conocido a gente nueva, y a algunos chicos que les gustaban. En alguna ocasión incluso Maggie había llevado a uno a su zona del apartamento para tomar una copa y… dejar de dormir tranquila. Susan también había tenido algún escarceo con Jeff, sin mayores consecuencias, ambos estaban a gusto y seguían viéndose sólo como amigos, salvo alguna vez.

Estaban felices, habían ampliado la visión de su propia vida, tenían otra perspectiva y querían potenciarla todavía más. Maggie había llegado a la situación en que ya no le molestaba su jefe, ya no se lo quedaba todo dentro, le hablaba cada vez más claro y eso le quitaba mucha tensión y estrés. Además, dado el gran público que estaba ganando la sección de cultura, éste la había propuesto para subdirectora de la revista. No tenía duda, su vida había dado un giro desde que Susan llegó, le había aportado ánimo, confianza y valor, haciendo que se quisiese más a sí misma. Ella que pensaba que le hacía un favor a una buena amiga del pueblo y resultó que, al menos, el favor había sido mutuo. Susan por otro lado, había tenido la oportunidad de presentar sus trabajos ante personas entendidas en el arte de la pintura que podían proporcionarle la ayuda necesaria para continuar adelante.

Todo iba muy bien, pero ambas no entendían como era posible que Ray y ellas no se conocieran algo más, al fin y al cabo vivían en la misma casa. Ya habían pasado un par de meses desde su llegada, y Susan de dio cuenta de que apenas se habían cruzado con él, seguía pensando que era un monumento sin explorar, y le hizo una propuesta a Maggie,

—¿Qué te parece si quedamos con Ray en hacer una cena de confraternidad, o algo así, y salir los tres a algún lugar que le guste?, así podríamos conocer los ambientes en los que se mueve, y quizás a mas amigos y amigas suyos.

—¡Genial Susan! Además te tengo que contar un secreto: desde que llegaste has hecho que cada vez me sienta más segura de mí misma y más natural y activa en mis sentimientos hacia los hombres y, pensándolo bien, ahora veo a Ray con otros ojos, me parece más humano, creo que podría hasta llegar a gustarme.

—Bueno pues pregúntale, sin darle mucha opción a poner excusas —una amplia sonrisa de su amiga selló el consejo.

Una semana más tarde cenaban en el restaurante Le Bernardin, una famosa marisquería francesa que conocía Ray, situado en el 155 de la calle 51 Oeste al lado de la 7ª avenida, en pleno corazón del Midtown de Manhattan. Fue una cena espléndida, poco habitual para ellas que no acostumbraban a ese nivel, y la conversación transcurrió en un tono amable, amigable y casi fraternal, aunque en ningún momento Ray les hizo ninguna broma con algún tinte picante, ni las miró de forma directa, penetrante, ni…

Estaban un poco despistadas. Al acabar la cena, Ray las invitó a ir a un bar de copas que estaba a una manzana de allí, quería presentarles a una persona muy querida. Una vez allí, pidieron unas tónicas y se acercó hasta ellos un chico alto, guapo, y muy bien vestido. Ray se incorporó, lo besó y les presentó a su novio, Ethan. Ambas lo saludaron sin perder la compostura aunque visiblemente sorprendidas. Entre sonrisas comenzaron a conversar y, tanto Ray como ellas dos, se dieron cuenta de lo poco que se conocían a pesar de vivir a escasos metros. Pasados unos minutos Susan y Maggie fueron al baño, y una vez allí se dijeron que podrían ser buenos amigos pero, gritaron al unísono,

—¡Tendremos que renunciar a explorar al monumento!

 

 

 

 

 

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