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El Taxista By Conchi Ruiz

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Verónica pulsó el botón del ascensor. No dio señales de movimiento alguno, no se oían voces de vecinos charlando con la puerta abierta como era habitual, charlar del tiempo, de las compras, de sus perros, de cualquier cosa. Insistió y ningún indicio de subida. Ella vivía en el quinto piso, el último. Comprobó si la puerta estaba bien cerrada, lo estaba. Oyó a su gato ronronear detrás de la puerta y sintió algo así como ganas de abrir y darle la última caricia. Le había dejado comida para bastantes días y regado la casa con  cunecos llenos de agua. Los gatos saben vivir solos Y Pierrot ya conocía esas soledades. Cuando volviera ya se restregaría en sus piernas y maullaría mimoso. Pierrot, ¡Vaya nombre!, se lo puso Vincent antes de partir para siempre, desaparecer, siempre hablaba de un mundo mejor, Verónica no lo entendía y a veces lo dejaba hablar mientras pensaba en otras cosas. Ahora pensaba que tenía que haberlo escuchado, demasiado tarde. Un último intento al que el ascensor no hizo nada por responder. Levantó la pequeña maleta que no cargaba gran cosa, pero como todas las maletas, pesaba. El bolso colgado descuidadamente al hombro, chocaba con el pasamanos  a cada escalón. ¿Cómo se le ocurrió vivir tan alto? Las vistas eran preciosas, a un lado montañas, al otro el mar  y las noches estrelladas eran un techo magnífico pasar las horas contemplándolo. Pensó que le faltaba aire cuando ya finalizada la eterna escalera. Respiró hondo y salió a la calle no muy concurrida a esa hora de la mañana. No había llamado al taxi y lo iba a tener complicado. Pero no, doblando la esquina apareció uno y a su señal paró algo bruscamente. El taxista, un hombre alto se bajó del coche, cogió la maleta y la guardó en el maletero.

— ¿A dónde?

—Al aeropuerto, voy un poco retrasada.

—Es domingo y suele haber poco  tráfico

Arrancó, y puso rumbo al aeropuerto. Verónica respiró profundamente y cerró los ojos. Sus pensamientos a la vez que se alejaban se acercaban más a Pierrot.

No había mucha gente en lista de embarque, esperaba lograr ventanilla y en el centro del avión, era como contemplar el cielo más ancho, más inmenso, ese del que tanto hablaba Vincent. Tuvo suerte, el avión estaba escaso de pasajeros, posiblemente al regreso lo haría lleno de los que volverían a casa después del largo fin de semana.

El sueño y el ruido de los motores le iban rindiendo y cerró los ojos.

— ¿Desea tomar algo?

—No, gracias.

La azafata siguió su recorrido y Verónica cerró los ojos de nuevo. Tendría que mantener la calma, renovar  un pasado iba a ser difícil y doloroso, pero estaba decidida a encontrar respuesta a sus preguntas. Su futuro estaba en ellas.

La voz aguda del comandante avisaba que tomaba tierra, los cinturones, el equipaje, las gracias por elegir el vuelo y la pista se iba acercando con rapidez, posiblemente demasiada, por los vaivenes del avión. Un pequeño salto y empezó a tragarse la pista hasta la terminal. ¿Cuánto tiempo había dormido? La Torre Eiffel emblemática y bella nos acogía con la altivez   de la que se siente admirada. Paris.

—Alors, oú je lémmène?

—Au Hotel Charles de

— ¡Oh, habla español!

—Sí, no se me da muy bien el francés.

— ¿De dónde es?

—De Barcelona

—Bonita ciudad. Yo soy colombiano. El hotel está cerca, ha elegido bien.

—Estuve en él en varias ocasiones.

—Mi nombre es Romualdo, pero me llaman Reno.

— ¿Su nombre?

—Verónica

—Bonito nombre.

—Gracias

— ¿Va a estar mucho tiempo?

—Posiblemente no.

—Le dejo una tarjeta y llama a ese número, los taxis en Paris son un poco difíciles de tenerlos al momento y más estando retirada de la ciudad. También si quiere conocer la ciudad.

Sin dejar de conducir alargó el brazo sobre su cabeza y Verónica cogió la tarjeta de una mano morena y bien cuidada.

Durante el recorrido comprobó que unos ojos oscuros como un túnel, la miraba insistentemente. Se sintió incómoda  y se dedicó a mirar por la ventanilla ¿Cuántas veces había contemplado el paisaje por la ventanilla de un coche donde el conductor era Vincent? Algo nubló sus ojos. Tomó una decisión, posiblemente las más dura de su vida.

— ¿Podría venir a buscarme mañana para visitar varios lugares previstos?

— ¿A qué hora?

—Sobre las 10:00 horas.

—Encantado, pero ¿No le gustaría conocer Paris de noche antes de atender sus obligaciones?

Verónica dudó un momento, accedió. Posiblemente, en esa noche de Paris, encontrara algo que la hiciera conocer del lugar donde se encontraba Vincent.

 

Conchi Ruiz Mínguez

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