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La perdición by Mel Goméz

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El siguiente relato está construido por Melba Gómez a partir de un experimento del Taller de Escritura FlemingLAB en la cual la inspiración surge de fragmentos de otros autores -j re crivello

La perdición de Mateo eran las mujeres. No le importaba si eran flacas, gordas, rubias, pelirrojas, morenas, ni siquiera si tenían bigotes. Lo que encontraba más interesante de ellas, era su mente. Allí, en la consulta, se enteraba de todos los secretos que escondían en lo más recóndito, muchos de los que siquiera, habían visto la luz en el confesionario. Sabía que eran vulnerables y eso lo excitaba. Se acomodaba los lentes y la libreta sobre las piernas, haciendo que tomaba apuntes, de manera que no notaran su lujuria.

Había una en particular que lo enloquecía. La había convencido de que tenía que ir al consultorio una vez por semana, pues gozaba con lo que le contaba. Ella, le narraba sus fantasías sexuales en detalle, y se quejaba de que su marido era aburrido —nunca se le ocurría nada nuevo—, decía. El psiquiatra notó que sus relatos cada vez eran más cachondos, e interpretó que la mujer quería intimar. Cerró la puerta con seguro, se dejó llevar por sus instintos lanzándose al ruedo, sin considerar lo que hacía. Ella gritó y la puerta voló de una patada. Y entonces el quemante dolor lo traspasó como un espada, le salió por la espalda y, milagrosamente, pudo soportarlo. Lo menos que se imaginaba era que el inapetente esposo, acompañaba a su mujer a cada cita. Sospechaba de la insistencia por verla cada semana, así que le dio su merecido de un disparo.

Despertó en el hospital. Una enfermera alta y rubia se le acercó para tomarle la temperatura y la presión y preguntó si tenía hambre.

—Siempre tengo hambre —contestó en doble sentido.

—Enseguida le traigo algo de comer —respondió ella, sin darse cuenta de sus libidinosas intenciones.

Mateo terminó de recuperarse en casa, aunque se volvió adicto a los calmantes. Tuvo que enfrentar las autoridades de la profesión por su conducta. Al quedarse sin empleo, se atrasó la hipoteca y las deudas se amontonaron en una pila sobre su escritorio. Tampoco pudo pagar el arrendamiento de su oficina y el juzgado dictó sentencia de evicción. Al enterarse de lo que el marido había hecho, la esposa, agarró a los niños y se largó.

Por suerte, Mateo se dio cuenta de que necesitaba ayuda y se sometió a un tratamiento interno por varias semanas. Salió renovado de la clínica. Las drogas, el divorcio, la ruina económica y la retirada de la licencia ya eran agua pasada, unos recuerdos que, a pesar de ser recientes, ya estaban borrándose.

—Mateo, ¿tienes hambre? —preguntó su nueva mujer.

—Siempre, querida… —respondió, dándole una nalgada a su enfermera alta y rubia.

 

Frases que me inspiraron:

«Y entonces el quemante dolor lo traspasó como un espada, le salió por la espalda y, milagrosamente, pudo soportarlo», Isabel Allende, «La ciudad de las bestias», Pág. 233.

«Una enfermera alta y rubia se le acercó para tomarle la temperatura y la presión y preguntó si tenía hambre», Manuel Abreu Adorno, «Llegaron los hippies», Pág. 91.

«Las drogas, el divorcio, la ruina económica y la retirada de la licencia ya eran agua pasada, unos recuerdos que, a pesar de ser recientes, ya estaban borrándose», John Grisham, «Causa justa». Pág.226.

 

 

 

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