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Cartero Rural by Diana González

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Jaime, sin distracción, conducía por una carretera auxiliar. Llovía y lo angosto de aquella ruta le obligaba a estar atento. No pudo menos que pensar en su abuelo haciendo  su trabajo en días así y a caballo. Y en el remitente de la carta que le acompañaba

A pesar de los cambios, seguía considerando que su trabajo era épico, y estaba orgulloso de haberlo cumplido durante toda su vida. Pronto se retiraría.  También pronto las entregas quizá se hagan con drones — pensó, y no pudo menos que sonreír recordando la historia contada por su abuelo del Graf Zeppelin  arrojando zacas sobre los techos de Barcelona.

Sin duda el suyo había sido un gran trabajo.

Dobló por otra carretera secundaria que lo dirigía a Cepedelo. Sabía que don Segundino para quien traía la carta, que seguramente le tendría que leer, estaría trabajando a pesar de la lluvia   Aproximándose a la solitaria vivienda adivinó la figura de su destinatario trajinando con las vacas.

Segundino era un hombre más bien bajo y chueco, de pocas palabras. Su soledad no era su elección, era su vida. Como siempre decía, alguien tenía que nacer allí, y a él le había tocado.

Jaime admiraba aquel hombre, de quien no sabía la edad, pero sí que había tenido mujer  y que estaba enterrada al lado de un árbol que él mismo había plantado cuando una enfermedad muy mala la había llevado de su lado. También que tenía un hijo que vivía lejos y escribía poco, que  más de una vez había quedado aislado por las nieves y que había salido una nota sobre él en la televisión y los diarios como el único  habitante de aquellas tierras durante el invierno.

A los años de Segundino, la soledad nos ha transformado en amargados o sabios. Él era de los últimos. Sus tierras habían pertenecido desde su tatarabuelo a su familia. Nunca había salido de ellas, y sabía que allí moriría, también cuando le tocara.

Hacía tiempo que no venía y con cierta prudencia y preocupación le traía aquella carta de remitente legal y sobre oficial.

Segundino, afanoso en sus labores, con la dedicación que le habían enseñado sus mayores hacia unos años había hecho un cobertizo para que las vacas comieran. Carpintero, herrero y un par de oficios que aprendió de niño y para los que no necesitó ir a la escuela. Lo que no había aprendido de los demás se lo había enseñado la tierra, a través de los años el rudo hombre que todos veían era un ser templado, astuto y pensante que  no cualquiera veía tras  aquella piel marcada por soles y fríos, las mejillas surcadas por pequeñas arañas rojas, los labios partidos, los ojos bien abiertos de un negro vivaz y profundo.

Llegar a su encuentro, traerle sus cartas había sido siempre algo difícil y bienvenido.

Segundino, como siempre se acercó sin sonreír, le hizo un gesto con la cabeza a manera de saludo y otro que,  sabía Jaime, significaba que lo siguiera para tomar unos caldos y comer unos chorizos y un poco de jamón.

Jaime se sentía un traidor.

Jaime y sus ideales, había sido el último de las generaciones de carteros en su familia que había heredado aquel reparto rural. Después de él vendría alguien que seguramente habría rendido exámenes y aprobado para llevar la correspondencia a parajes como aquel, alejados de la mano de Dios. Y a personas como Segundino a quienes la vida ha colocado más allá del bien y del mal.

Caminando hacia la casa tras su anfitrión Jaime pensó, como muchas veces, que la epopeya del correo había sido cuando la gente esperaba su llegada con alegría, ahora su llegada más de una vez significaba otro dolor de cabeza. Se sintió de otro tiempo.

Entró en la casa, se sentó a la mesa en su lugar de costumbre.

Segundino servía unos vinos y cortaba androlla, pan, queso, un poco de jamón.

Jaime puso la carta frente al lugar que siempre ocupaba el dueño de casa que se acercaba sosteniendo con sus dos manos la tabla de madera con todas las vituallas.

Puso sin torpeza, todo sobre la mesa y luego tomó la carta que entre sus manos gruesas, ásperas, de dedos inflexibles  parecía más pequeña e inofensiva. La sopesó y entregándola a Jaime le dijo.

— Ya lo sabes, léemela..

Jaime la tomó como si fuera una pistola entre sus dos manos, con su voz grave y mirándole a los ojos le dijo

— Es del Tribunal de la Xunta.

Segundino asentía sosteniendo su mirada tranquilo y confiado como siempre. Jaime abrió la carta sin falsas parsimonias y leyó los términos legales en voz alta.

 

— Dicen que tienes que tirar el cobertizo, que lo has hecho sin permiso.

Segundino se levantó de su asiento sin decir palabra, fué hasta la que sabía Jaime era la despensa. Volvió casi de inmediato con una botella de orujo y dos vasos pequeños.

Al ver a Jaime abochornado le hizo señas mostrándole la botella.

— Para las grandes ocasiones  — Dijo sirviendo y sorbiendo de una vez aquel chupito.

El temor de Jaime era que quizá esa fuera la última vez que viera a este hombre y esta quizá la última carta que le entregara y leyera.

Siempre era el último destinatario de su recorrido  y alguna vez se tuvo que quedar a pasar la noche por lo recio del clima y lo malo de la ruta.

Segundino lo instó a comer e hizo lo propio, Jaime apenas probó el jamón porque debía conducir de vuelta y porque sentía como una opresión en el pecho. Le dolía que en esta especie de despedida tuviera que ver a este hombre roble, piedra y alma tan igual a su abuelo, tan duro, tan terriblemente honesto, de alguna manera doblegado.

Estos sistemas no están hechos para los hombres buenos pensó.

Segundino comía con gusto sin hacer comentarios, bebía su vino lentamente y parecía no estar pensando en nada en particular.

De pronto, moviendo la cabeza para uno y otro lado y sonriendo como si estuviera recordando alguna picardía miró a Jaime con complicidad  y le dijo

— ¿Quieres que te diga una cosa? Que vengan a quitarlo ellos.

Ambos rieron. El cielo se cubrió de nubes negras. La lluvia se desató con mayor violencia.  Jaime alzó la copa de su tinto

— Que vengan a quitarlo ellos— repitió con sincera alegría.

Hay lugares donde la tierra arisca y difícil crea espíritus indomables.

 

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