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Escondido por el miedo by Awilda Castillo

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Awilda Castillo escribe un texto donde nos aproximamos al miedo -j re

—¡Joder con estas ganas de orinar! Voy a tener que tomar en serio lo de revisarme la próstata. Eso que dicen que luego de los 50 años debemos ir a que nos palpen por ahí atrás, aunque no me gusta para nada, como que es verdad. ¿Será que esta orinadera es por eso? Aunque lo dudo, luego de lo que precisamente acaba de pasar.

Johanna me invitó a que la recogiera en este lugar, la mansión de Los Olivos. Ella pasa tres noches a la semana aquí, atendiendo o mejor dicho velando el sueño del viejo ricachón dueño de todo este territorio.  Eladio Puncel, así se llama y es dueño de casi todo lo que se mueve en esta ciudad. De carácter tan amargo que ninguno de sus cuatro hijos decidieron hacerse cargo de él, luego de quedar en silla de ruedas y ni aún con su complicación a raíz de  su recién enfermedad pulmonar. Impedido de sus piernas, igual seguía al frente de los negocios; la moderna silla que posee le permite moverse de un lado a otro sin mayor inconveniente, pero desde que sus pulmones comenzaron a fallar, la cosa se ha vuelto crítica y todo lo maneja desde allí, desde su casa.

Es por esto que Lania, su enfermera de toda la vida y Johanna, mi chica, se turnan para atenderlo por las noches a fin de que cualquier emergencia sea asistida de inmediato por ellas.

Realmente me resulta incómodo estar en esta lujosa casa, más aún en las condiciones en que he sido invitado. La idea era que yo la recogiera y que fuéramos al motelito donde llevo a mis conquistas, pasarla bien un rato y luego regresar a casa, a dormir como un buen marido al lado de mi esposa, pero el plan no salió como lo pensaba.

Johanna con esa boca que provoca, me pidió que bajara del auto y que le acompañara a traer unas cajas que tendría que llevarse. El reemplazo para el tratamiento del viejo Puncel, se hace regularmente así que accedí. ¿Cómo negarme a lo que esta niña me pide? Si tan solo rozarla me hace sentir al menos veinticinco años más joven. De solo mirarla caminar, me inspira lo que ya mi esposa no desata desde hace más de veinte años.

Así que fui, me baje, tomé las cajas y… la tomé a ella también. Fue una oleada furiosa de pasión, sexo del que deja exhausto pero pidiendo más. Si no fuera por esta bendita ganas de orinar, estaría todavía encima de ella, simulando que el tiempo no ha pasado envuelto entre sus apenas veintitrés años.

Ella se ha quedado en la cama, con la promesa de mi parte que voy a volver enseguida, y yo aquí frente a la poceta, observo como las gotas salen de forma interrumpida y sin la fuerza de años pasados. Sin embargo, esto no detiene mis ganas de volver a la cama con Johanna. Me sacudo hasta que ya no sale ninguna otra gota, mientras empiezo a dirigirme hacia el lecho, y oigo un ruido en el pasillo.

La habitación que ella ocupa cuando se queda a dormir aquí, es una de las primeras y el viejo Puncel está en la última al final del gran salón. Ya él no se instala en los aposentos de la planta superior, por mayor comodidad para su silla de ruedas, aunque en la casa hay dispuesto un ascensor privado. De forma instintiva me pongo nuevamente los calzones y la franela que llevaba y bajo mi Jersey, pareciera que alguien está por entrar a la gran mansión. Salgo con cuidado de la habitación ya casi totalmente vestido, y Johanna ni cuenta se da. Debo esconderme, si algún familiar llega, yo no tendría justificación alguna para estar aquí, así que recojo cualquier rastro y entre las sombras, creo que lo mejor es atravesar el salón y buscar las maneras de salir.

—¿Pero, que están viendo mis ojos? Hay sombras de al menos tres nombres merodeando afuera. En estos momentos, la espléndida noche que había pasado hasta este momento, comienza a parecerme una historia de las más siniestras. Hay un gran reloj antiguo en uno de los pasillos y está colgado muy arriba. Debajo empotrándole, está un mueble más bien largo y estrecho, construido recientemente con el objeto de guardar la colección de miniaturas que Puncel tiene. Actualmente está vacío, según lo que me dijo Johanna cuando sacamos algunas de las cajas que justamente estaba guardadas allí, así que creo que este será el mejor lugar para esconderme, hasta que todo esto pase.

Oigo los ruidos más de cerca y efectivamente empiezan a maniobrar la cerradura de la puerta principal. Entonces recuerdo que quitamos la alarma cuando entré, y con la pasión ardiendo, olvidamos colocarla nuevamente. Servida en bandeja de plata, dejamos la  entrada para  estos tipos a esta propiedad, y todo por mi terrible debilidad por las chicas más jóvenes.

Me meto de forma ajustada en el armario, yo que soy claustrofóbico, no lo puedo creer, que esto me esté pasando precisamente a mí. Dije en casa que iba por una medicina para mi hermano que es bipolar en plena crisis, y ahora mírame dónde estoy.

En la medida que pasan los segundos, siento que la puerta se abre, y un pequeño click, termina de mover la potente cerradura, lo que me dice, que son profesionales los que han entrado a la casa.

Contengo la respiración, no quiero que noten para nada que estoy aquí. Los latidos de mi corazón se aceleran tanto que los oigo más que al segundero y minutero del reloj que tengo casi sobre mi cabeza.

Miro por la rendija de la puerta y puedo ver a tres hombres con capuchas en sus caras, y armas de fuego en dos de ellos y el tercero con un cuchillo de buen tamaño.

Cierro los ojos, como queriendo que nada de esto sea cierto, sino que más bien despierte en cualquier instante de esta pesadilla. Pero no es así, oigo los pasos de los hombres acercándose hacia donde estoy y siento como grandes gotas de sudor empiezan a caer por mi frente y me ahogo, entre lo pequeño del armario, y el alto estrés que todo esto me genera, siento que no respiro. Pasan frente a mí, y puedo verlos claramente; son tres y no suben sino que están como con una meta fija en mente, Eladio Puncel.

—¿Será un secuestro? Pienso por un momento, considerando que él tiene mucho dinero. ¿Pero porque venir hasta su casa y a estas horas?

Cuando pasan frente a la habitación donde está Johanna, uno de ellos decide entrar, yo me angustio de pensar que puedan hacerle algo, ella está ahí tendida en la cama, dormida, desnuda… y yo aquí, sin poder hacer nada.

El hombre que entró donde está Johanna, fue descubierto por ella, y la pobre no alcanzó a gritar, yo me escurrí con sumo cuidado detrás de él y en el armario de cedrillo que hay antes de salir al baño, me metí. Desde allí pude ver como ella quiso gritar, y el silenciaba su boca con su mano asfixiándola, terminando por cortarle el cuello con el cuchillo que traía.

Este es el peor momento de mi vida. Esa chica tan linda, tan suave, ahora allí muerta. Su sangre saliendo a borbotones, manchando todas las sábanas sobre las cuales hace apenas pocos minutos estábamos ahí, repletos de placer. Y ahora… ahora, todo termina de esta manera tan sórdida.

El temblor me sube por todo el cuerpo, estos hombres vienen matar, no a robar como había pensado yo inicialmente.

—¡Soy hombre muerto! Me tapo la boca con mi puño. Es tanto el horror que siento que he comenzado a hiperventilar. Y pensar que cuando estos episodios me han ocurrido muy esporádicamente, mi mujer simplemente me abraza y me empieza a susurrar una dulce canción al oído, como si yo fuera un niño del parvulario. Siento que todo el peso de la justicia divina en este momento caen sobre mí, por infiel, por mentiroso, me ocurre todo esto.

De aquí no saldré bien librado, y en caso de que consiga escapar, estoy perdido porque debo dejar algún rastro en la piel de Johanna y en su sexo… mi chica que ahora está muerta.

El hombre del cuchillo sale de la habitación y cuando pasa frente al armario donde estoy, se detiene como si supiera que yo estoy ahí; siento que la incontinencia ahora si es total. No puedo controlar el esfínter y el líquido se me escapa sin que pueda evitarlo; menos mal que minutos atrás, había liberado la vejiga, que si no, me hubieran delatado mi orina saliendo  del closet.

Dentro de este armario… veo correr mi vida, mientras la sangre sigue helada en mis venas, esperando que en cualquier segundo esta puerta se abra, y sea yo la próxima  víctima.

 

 

 

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