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El anillo y la luna by Diana González

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Bill, sin disimulo miró a sus espaldas con el recelo y la desconfianza de quien se cree perseguido, sintió como una gota de sudor caía por su espina dorsal. Debía calmarse, si quería que todo sucediera como lo había planeado, debía calmarse. Sabía que al contar aquello públicamente a los medios había traicionado su confianza. Ahora no le quedaba más remedio que huir o refugiarse donde ellos menos esperaban.

Pudo escabullirse y llegar al Shasta. Los Hermanos de la Comunidad lo estaban esperando, no había tiempo que perder. Sin equipaje, apenas con lo puesto y los documentos falsos que había conseguido, Bill ingreso junto a ellos a las entrañas del monte.

 

A la mañana siguiente amaneció en la insondable ciudad del sur de España. La conocía bien, la había visitado varias veces por su actividad. En su jerga era famosa como La Ciudad Mágica. Bill miraba a los turistas y los transeúntes disfrutando de su inocencia. La despreocupada gente de la calle que ignora lo que subyace y nada más disfruta del ahora.  —De alguna manera los envidio. — Pensó para sí.

Consultó su móvil, eran las dos de la tarde. Caminó con paso decidido hacia aquella conocida pensión y reservó una habitación con el nombre de Anthony Keaton.  Se preocupó de dejar los pertinentes documentos falsos en el cajón de la mesilla de luz, los recuperaría si podía volver, y luego con el resto en su poder se dirigió al viejo, extenso y laberíntico  hotel del Peine.

Aquel singular hotel tenía un aspecto dispar, los primeros  propietarios habían comenzado con un Carmen, al que los siguientes  habían ido sumando los edificios adyacentes.  En una de las cuestas del Albaicín el hotel del Peine era la puerta donde sabía Bill, o bien encontraría su escapatoria, o bien su perdición. Se paró en la acera como enfrentándolo. La fachada ocupaba unos treinta metros sobre cada calle en las que hacía esquina, con balcones irregulares que estaban realzados por la pintura de frisos, columnas y rosetones. A esa hora de la tarde y con motivo de las angostas calles,  el sol jugaba luces y sombras. El ojo experto de Bill distinguió lo que a simple vista no se veía, el hotel mostraba una cara de luz y otra siniestra.

Jugó su papel de turista distraído ante el conserje que atento respondió a sus preguntas

—¿Es muy viejo este hotel?

— Los planos del primer asentamiento lo datan en el 1298.

— ¡Oh!, que interesante.

— Debe esconder muchas historias entonces.— Dijo Bill de manera retórica y sonrió. Prudente el conserje solo asintió con una enorme sonrisa. Nunca se sabe sobre los gustos de los turistas, algunos persiguen con fanatismo las más truculentas historias y demandan alojarse en la habitación donde ocurrieron y otros salen huyendo despavoridos en busca de otro establecimiento.

Bill, con el afán de pasar como un turista más consultó las tarifas y educado pidió la habitación 126 que según él era su número de suerte. Elección ésta que provocó un imperceptible alzamiento de ceja con su implícita sorpresa en el conserje y en la que, luego de hacer el ingreso y completar los papeles como Jimmy Halloway se alojó inmediatamente.

Entró a su habitación acompañado por el mozo a quien dio una suculenta propina a pesar de no haber transportado ningún equipaje.  El muchacho, atento y servicial le mostró los mandos del televisor como del aire acondicionado, le informó la hora de las comidas y agregó que en el escritorio estaban los números de recepción, bar y lavandería. Sonrió y se fue cerrando la puerta tras de sí.

Bill se acercó a la ventana que lucía un vitral que no distinguió al entrar y expectante vigiló la calle de adoquines. Comenzó por  escuchar el murmullo que le era familiar, como si estuviera en una habitación llena de gusanos de seda comiendo vorazmente hojas de mora, por el rabillo del ojo creyó ver una sombra  y se giró rápidamente, le pareció que algo había cambiado en aquella habitación, si bien no había prestado mucha atención había creído que los muebles eran más sencillos y modernos de los que había ahora, las paredes parecía habían adquirido un tono más oscuro y los cortinados eran más pesados. Un enorme gato barcino a grandes vetas gris, negro y blanco se paseó entre sus piernas y luego desapareció. Su corazón se aceleró.

Debía mantener la calma, si bien siempre era distinto, sabía que algo así  sucedería. Si no se desesperaba todo iría bien. Nada más debería encontrar el camino hasta aquel primer día. Empezaba a instalarse en sus sienes el crujir de  las hojas bajo las mandíbulas de las larvas hambrientas.

Continuará mañana…

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