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El anillo y la luna by Diana González (y final)

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Fue hacia el lavabo y vio que era una jofaina con su aguamanil. Vertió el agua y se lavó la cara, el cuello y las muñecas. Cuando salió del cuarto de aseo las paredes estaban tapizadas en tela color azul con flores en tonos más suaves, sobre la cama había un dosel y la abertura tenía gruesos cortinados azul negro. Se aproximó a los postigos de vidrios compartidos, la calle estaba sin pavimentar y en la esquina había un farol con su vela encendida. La claraboya era un hueco sin brillo. Las larvas invisibles casi ocupaban la mitad del recinto.

Apretó fuerte los ojos y los mantuvo así unos segundos, al volver a abrirlos las paredes también tapizadas en tela eran ahora rojas, el baldaquino tenía oscuras columnas retorcidas. La ventanilla semejaba un ojo oscuro que repetía un zumbido pertinaz y agobiante.

Bill sintió un escalofrío en todo el cuerpo al atravesarlo una corriente de aire helado.

Apretó las mandíbulas y volvió a mirar, la suntuosidad de la habitación era otra, las paredes estaban cubiertas con tapices, la cama de madera de bog era sobria lineal con labradas hojas en dorado y patas de león.  Entró la mujer, venía de la calle toda cubierta por su niqad oscuro, en la  alta ojiva de la pared continuaba la noche.

Luego la vio sentarse en el suelo y abrir la caja de sándalo. Pudo distinguir perfectamente en su mano el anillo de plata con su piedra de vidrio coloreado que en su interior llevaba escrita “la palabra” en Kufi. Iba a suceder, otra vez. Ella lo iba a hacer, otra vez.

En la calle unos veinte coreanos siguen a una joven muchacha que lleva una pancarta escrita en hangul. Les habla por el pinganillo y les sonríe. Tiene la depurada belleza de las orientales, sus cabellos lacios y oscuros enmarcan su rostro de armoniosas líneas.  

Bill vio como ella clavó en él sus ojos oscuros, brillantes, con eléctricos reflejos dorados,  cuando tomando entre sus dedos el contenido de la caja, se lo llevó a la boca ensuciando sus comisuras con una sustancia azul y amarilla, en el preciso momento que aquello infló su glotis, la ingente marabunta de larvas chilló ensordecedoramente.

En la recepción de La Posada del Peine hay un cambio de turno, sin novedades. Antes de salir, el conserje deja en sus casillas las tarjetas de las habitaciones vacías, entre ellas la del número ciento veintiséis, luego va hacia los vestuarios de empleados,  deja su uniforme en la taquilla y sale por la puerta del personal sin prestar atención al grupo de orientales que avanza y se enfrenta a la entrada del establecimiento, está acostumbrado, es cosa de todos los días.

Kumi Ho, amparada por su idioma,  cuenta la historia de aquella pensión de una manera distinta y con datos que no tienen  los guías locales.

Desde los pasadizos, las angostas escaleras, las columnas huecas, desde el intrincado laberinto que parece sostenido por la nada,  vibran runrunes de abyectas celebraciones que inundan los ojos de Bill que no emite sonido. A su alrededor cambian las formas a una velocidad de vértigo, se destruyen y construyen paredes, se cubren y se desnudan de enredaderas, se retuercen troncos de arbustos oscuros, sube y baja el nivel de los suelos mientras él, inmóvil en su apnea y estupor, se siente totalmente rodeado.

“Esta casa es muy antigua, está llena de escaleras y pasadizos secretos, es una puerta a otros mundos, cuenta la leyenda que un viajero del tiempo sigue desquiciado, buscando su alma que fue devorada por un áspid de agua, o  mujer de la luna.  Dicen también que mientras el tiempo aquí afuera pasa lento, allí dentro se libran estelares batallas, y que  el viajero del tiempo solo será libre si algún día logra ver desde allí la mañana. “

Entre los tapiados pasillos del edificio, en mitad de una habitación derruida, llena de larvas blancas y zumbidos, con las paredes sucias,  un camastro desvencijado, con apenas un buco en la pared a modo de abertura hacia la más tenebrosa noche, Bill aúlla horrorizado sabiendo que nadie puede escucharlo.

Sigue bajando por el Albaicín explicando lugares, luces y sombras, rumbo al Paseo de los tristes, rodeada del grupo de curiosos que la siguen atentos. Cada vez que arregla su cabello, toma el móvil, sostiene la pancarta o ajusta su pinganillo, el anillo de plata con su piedra de vidrio coloreado que en su interior lleva escrita “la palabra” en Kufi, relumbra bajo el vibrante sol de Granada.

 

 

 

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