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Bien de familia BY FABIANA LAFFITTE

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Llegué y la casa era una fiesta. Todos sonreían estúpidamente, tan henchidos de felicidad que sentí con certeza que en mi ADN había algo completamente diferente al de ellos, aunque fueran mi familia.

─ Vení, Walter, tomá una copa, estamos celebrando el nuevo logro de Fabricio.

Obvio, se trata de Fabricio. Siempre se trata de Fabricio.

─ Walty, no vas a poder creerlo, me llamaron hace un rato, estoy convocado para la selección nacional. ¿Te imaginás? ¡Voy a jugar en la selección nacional! – me dijo mi hermano.

─ ¡Oh! ¡Qué bien! ¡Qué bien! – hubiera querido decir, pero no me salieron las palabras. Tantas imágenes merodeaban mi mente que no podía ni abrir la boca. Esbocé una media sonrisa del costado derecho y mostrando los dientes respondí:

─ Brindemos por tu éxito, hermanito.

Oí las copas estrechándose y aplausos y la voz de mamá en el teléfono contándoles a tía Leonor, a Leda, al tío Antonio, a los primos de Mercedes, a los abuelos, a Pupé, a Inés, a Sebastián, a Catalina, a los vecinos del viejo edificio de Bahía y creo que hasta a las maestras del preescolar.

Papá se me acercó con la botella de whisky importado que le regalaron cuando cumplió 40 y había prometido no abrir hasta que llegaran los 40 siguientes a menos, claro, que una ocasión extraordinaria lo exigiera. Y hela aquí.

─ Walter, tomá, tomá. Brindemos con este escocés vos y yo.

─ Sí, sí ─ contesté con la vista perdida.

─ Estuve pensando y quería hacerte una propuesta.

─ Sí, sí. Adelante, lo que sea.

─ El primer partido que jugará tu hermano será dentro de cinco semanas en Brasil y quería que viajes. A nosotros se nos complica con nuestros trabajos, pero vos estás más tranquilo en ese aspecto.

─ Claro, claro – dije otra vez con la media sonrisa, que esta vuelta me salió del lado izquierdo. La serie de imágenes mentales cambió de golpe, me vi siendo injustamente despedido de mi empleo hacía casi una década, y vi cada una de las mediocres tareas que me vi obligado a aceptar desde entonces.

─ Vos no te preocupes por nada, yo cubriré todos los gastos. Quiero que Fabricio se sienta acompañado y tenga a mano a uno de nosotros por cualquier cosa que necesite.

─ Sí, sí, por supuesto, sus necesidades son prioridad.

─ ¡Yo sabía que aceptarías! Brindemos; hoy mismo saco tus pasajes y te reservo alojamiento.

─ Perfecto – dije. Y lo dije porque en ese mismo momento supe que sería simplemente perfecto.

 

Dejé temprano el hotel, no toleraba la invasión de compatriotas con sus camisetas, cornetas y toda la serie de ridículos gorros, sombreros y pelucas. Menos aún, sus gritos y cantitos idiotas, mostrando al mundo el nivel de imbecilidad colectiva al que podemos llegar por un partido de mierda.

Caminé por la ciudad sin rumbo claro, pero pensando con exactitud el plan. Lo repetía en mi mente una y otra vez hasta que el ruido del mensaje de Fabricio en mi celular me informó que en media hora saldrían para el estadio.

De inmediato me dirigí hacia allá. El espectáculo iba a comenzar. Mantenerme sereno era importante para que las miradas, los tonos, las palabras puedan abrir la función que debía representar. Para eso había viajado yo, el delegado de la potestad familiar. Y ahí estaba. Para cumplir el gran papel que me habían asignado. El honor me embargó y salió la media sonrisa, aunque no me acuerdo esta vez de qué lado fue.

 

El mánager de Fabricio me identificó en el palco que papá había comprado, un lugar privilegiado para que mi hermano pudiera verme desde cualquier punto del campo de juego, por si necesitaba algún gesto de aliento que lo llenara de tranquilidad y confianza.

─ Vos sos Walter, ¿verdad?

─ Sí, sí. ¿Cómo está? Nos conocimos en… ─ No llegué a terminar la frase, me dio un fuerte apretón de manos mientras decía:

─ Sos igual a tu hermano. Bueno, mucho más grande, medio pelado y sin músculos, ja, ja.

─ Sí, sí – dije entre dientes, esforzándome por sonreír – sin músculos – repetí. Pero con cerebro ─murmuró mi mente.

─ Vení, que te hago pasar al vestuario así lo saludás antes del partido. Tu papá me lo pidió recién por teléfono. Está enloquecido tu viejo. Quiere organizar un vuelo chárter para el próximo partido, así se trae a toda la parentela para alentar al pibe.

─ Sí, sí, ─dije intentando parecer entusiasmado con la idea. Y añadí:

─ El enloquecimiento de papá es contagioso.

─ ¡Es verdad! ¡Es verdad! – dijo mientras se abría paso a los empujones primero y chapeando con una credencial después, hasta llegar ante unas puertas dobles, decoradas con inmensos carteles con frases que hablaban del orgullo de vestir la camiseta nacional, de lo heroico del partido a disputarse y de la gloria que los coronará eternamente al triunfar.

El mánager empujó una de las puertas primero y a mí después, señalándome de esa forma la dirección que debía tomar. Caminé un poco dubitativo, mirando hacia atrás, viendo cómo se alejaba sin despedirse, pero saludando a todos con quienes se iba cruzando. Di con una puerta de vidrio detrás de la que, entre varias siluetas vivaces, distinguí la de Fabricio. El inaudito corte de su rubio cabello lo volvía inconfundible.

Golpeé, pero nadie respondió. Insistí tímidamente un par de veces más hasta que tomé coraje y abrí un poquito una de las hojas de la puerta. Asomé mi cabeza. Un grupo de deportistas jóvenes, con torsos desnudos que parecían diseñados por computadoras, bailaban y reían haciéndose bromas, grabándose con sus celulares. Entre todos ellos, mi hermano resplandecía, con su melena de león siglo XXI, listo para mostrar su poderío en la gigantesca arena carioca.

Me vio. Sonrió y vino de un salto hasta mí. Lleno de energía me estrechó contra su pecho, me dio un beso, giró hacia el grupo y levantando mi brazo derecho, gritó:

─ ¡Y en este rincón, Walter, el mejor hermano del mundo!

Sus compañeros gritaron saludándome, algunos me dieron apretones de manos, otros me hacían doblar los dedos para chocar los nudillos o me golpeaban el hombro. Todos sonreían, felicitaban, sacaban fotos. Una fiesta. Volví a mirar a Fabricio y ahí nomás sentí tanta pena por él que se me nubló la mirada.

─ ¡Te emocionaste, Walty! – me dijo. ¡Sos tan transparente! ¡Se nota que estás emocionado por mi debut! ¡Gracias por estar acá, hermano!

─ No, no. – respondí.

─ Gracias a vos.

─ ¡Un “hurra” por mi hermano que vino a hacerme el aguante! – vociferó y habilitó otra vez los aullidos, chiflidos y el “dale campeón” hasta que ingresó de pronto un hombre corpulento, vestido como atleta olímpico adolescente, aunque era obvio que ya había pasado los sesenta, y nos hizo callar a todos. Luego informó que en diez minutos tendrían que salir para hacer el reconocimiento del campo de juego.

El grandote me miró a mí y a un par más, haciéndonos un gesto con la cabeza con clara dirección hacia la puerta de salida. Mi sonrisa lateral derecha respondió. Saludé a mi hermano y amagué a irme, pero me agaché a atar los cordones de mis viejos borceguíes. Hubo un rápido ir y venir de gente y en cuanto sentí que nadie notaba mi presencia, me escabullí hacia el recinto interior del vestuario.

Pasé un corredor corto que se abría en una sala pequeña y luego vi, al fondo, un gran vestidor con boxes abiertos, ordenados por número, con las camisetas y botines de cada jugador. Ubiqué el número 10 de Fabricio. Me acerqué. Se me retorció algo en el pecho cuando vi mi apellido impreso en la espalda. Del pecho se me enroscó en la garganta y casi se me cierra, pero recordé mi propósito. Y rápidamente recobré la calma. Identifiqué los sectores de los jugadores de reserva. Busqué entre ellos botines talla 41. Los tomé y reemplacé los de mi hermano, talla 43. Escapé. Pasé frente a una máquina de gaseosas y seleccioné una. El golpe de la lata al salir sonó como bala huyendo de un viejo y pesado cañón. Y el destaparla fue como el anuncio del fin de una guerra.

 

Desde el privilegiado palco atendí a mi padre, quien llamaba insistentemente a mi celular hacía más de media hora.

─ ¿Qué pasó? ¿Qué le pasó? ¿Se lesionó? ¿Se desgarró? ¿Lo golpearon? ¿Se estresó? ¿Alguien lo intimidó?

Interrogaba sin parar, disparando pregunta tras pregunta. Dejé un extenso silencio cuando su ametralladora inquisitiva cesó. Recién ahí, respondí.

─ No lo sé. No corría. Parecía que no podía ni caminar. Y lo sacaron. No lo veo. Pero el jugador que lo reemplazó, la está rompiendo, ¿viste?

No sé qué me dijo. Me excusé por el ruido del estadio ante otro gol del número 10 suplente y corté, no sin antes decirle:

─ A ver si ahora seguirá siendo tan bueno.

Porque es fácil ser bueno cuando se es feliz.

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