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A la espera by Estrella F.

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Estrella se enfrenta a la Actividad sobre Chicos malos/chicas malas del Taller de Escritura FlemingLAB. Lo compartimos -j re crivello

Día tras día aguardaba su llegada. A las nueve y tres minutos se oía silbar al tren anunciando su entrada en la estación. El sonido de las ruedas en los raíles era música para él, una sinfonía inacabada que acababa bruscamente en el momento que ella asomaba por la puerta del vagón.

Allí estaba Alicia, radiante, con su melena ondulándose bajo una ligera brisa y esa sonrisa cautivadora que tenía metida en su cabeza noche y día. Tiene que ser para mí, pensó, solo para mí. Está todo preparado…

Era una calurosa tarde de mayo, el sol empezaba a esconderse tras la montaña y el cielo se había convertido en una amalgama de colores anaranjados, rojos y morados. Un olor a lilas flotaba en el ambiente. Es el día perfecto, pensó Lucas.

Se ocultó detrás de la marquesina del autobús que acercaba los viajeros al pueblo. La observó mientras se acercaba. Era tan hermosa… Siempre, desde el momento en que sus recuerdos se pierden en su memoria infantil estaba ella. Año tras año fue obsesionándose, siempre con la esperanza que, un día, le mirara y le viera. La esperaba a la salida del colegio, luego del instituto, comenzó los estudios de Medicina solo por estar a su lado en la facultad. Al final tuvo que dejar la universidad, su obsesión no le permitía pensar en otra cosa que en ella.

Un día de tantos en que la vigilaba, pasó lo que nunca hubiera pensado, Alicia caminaba sonriente de la mano de su amigo de la infancia Roberto. Sintió como si mil cuchillos se clavaran en su vientre, la sorpresa y el dolor le hicieron perder la respiración… ¡no podía ser, no, no! Esa noche la pasó como un lobo enjaulado, no podía ser que Alicia no fuera para él. Durante años, cada día, cada hora, cada minuto había vivido por y para ella. Toda su vida la había pasado soñando el día que estuvieran juntos. Y ahora esto, no, no podía ser.

Los días siguientes se repitió la misma escena, Alicia y Roberto habían iniciado una relación, no había equivocación posible. Sus miradas, sus caricias, esa sonrisa de felicidad les delataba. No podía dormir, no podía comer, se pasaba las horas ideando una venganza, la cabeza le martilleaba como si fuera el yunque de un herrero. Solo salía de su habitación para seguirles y desgarrar su herida una y otra vez.

Ha llegado el día, —pensó. Había ido madurando una idea, ella sería siempre para él y Roberto sabría lo que es perder a quien se ama. Roberto, su amigo, nunca debió fijarse en ella, Alicia solo le pertenecía.

Sabía que esa tarde llegaría sola en el tren. Roberto hacía prácticas en una empresa. Cuando Alicia se acercó hasta la marquesina del autobús la llamó, ella le saludó. Aunque apenas se detenían a hablar, cuando se veían se saludaban y cruzaban unas pocas palabras, se conocían desde niños. El autobús siempre tardaba unos veinte minutos en llegar. Alicia le encontró más hablador de lo habitual, le preguntó por los estudios, por sus padres y su hermana. Se mostró conversador y alegre. Se alejaron un poco de la estación mientras charlaban.

De pronto, él le tapó la boca y la nariz con algo que no pudo precisar y completamente mareada sintió que casi la arrastraba hacia un coche. Alicia apenas era consciente de lo que ocurría, se sentía flotando en una nube y casi ni podía abrir los ojos. El coche se paró ante una casona que parecía abandonada, Alicia pareció reconocer la vieja casa de la abuela de Lucas, deshabitada desde su fallecimiento años atrás. Sintió que la empujaba hasta una desvencijada puerta y entraron en una habitación que estaba en penumbra.

Alicia no era muy consciente de lo que estaba pasando, cuando fue acostumbrándose a la semioscuridad  vio una mesa engalanada para dos. Un candelabro con velas en el centro y dos hermosos ramilletes de rosas blancas a los dos extremos. No parecía haber ningún manjar dispuesto, tan solo dos copas vacías de champán y una botella enfriando en una cubitera… Le  ayudó a sentarse en una de las sillas y él se sentó en la de enfrente.

—Quiero irme a casa- dijo Alicia.

–Estás en casa, siempre estarás conmigo.

-No, quiero irme. ¿Qué haces? ¿Te has vuelto loco?

-Te quiero, siempre te he querido, siempre he sabido que eras para mí.

–No, es imposible, yo no te quiero, ¿cómo has podido imaginar algo así? Ya sabes que salgo con Roberto, nos has visto muchas veces y le quiero.

-Olvídate, nunca volverás a verle, ¿me oyes? ¡Nunca!

Intentó levantarse de la silla, ya un poco más despejada y él de un empujón la volvió a sentar. Alicia se echó a llorar y entonces, Lucas se arrodilló a sus pies, sacó una cajita de su bolsillo y la abrió. Era un bonito anillo con lo que parecía un brillante. Intentó ponérselo, pero Alicia se resistió, el sonido hueco de una bofetada estalló en la habitación. Se levantó y empezó a dar vueltas a su alrededor como un lobo furioso.

-Nunca serás de él, ¡nunca! ¡Olvídate!

Sin importarle su llanto, llenó las copas y le dio una de ellas a Alicia.

–Brindemos por nosotros, por nuestro futuro juntos. Bebe conmigo. Te cuidaré siempre.

–Por favor, quiero irme a casa,

-¡Bebe! – exigió él.

Alicia bebió, tenía que ganar tiempo  con la intención de intentar calmarle y escapar.

Un sopor comenzó a apoderarse de ella, los objetos de la habitación empezaron  a dar vueltas a su alrededor, apenas percibía sus contornos, sentía los párpados cerrarse sin poder impedirlo, estaba al borde del desvanecimiento. Le pareció escuchar una música de fondo, sí, parecía la Marcha Nupcial de Wagner. Sentía que estaba desvariando.

Intentó levantarse de la silla pero antes de hacerlo, unos brazos la sujetaron y la llevaron hasta un rincón. La escasa luz del candelabro apenas alcanzaba a romper la penumbra alrededor de la mesa  y aquel lugar le había pasado desapercibido. Había una enorme cama, flanqueada por dos mesillas con enormes ramos de rosas blancas. La cama estaba cubierta con una colcha de seda también blanca y estaba salpicada de pétalos de rosa rojas. A ambos lados unos enormes candelabros de pie que Lucas, con calma, encendió. Sobre la silla un primoroso vestido de novia. Alicia se asustó.

La tendió en la cama, la desnudó y le puso el vestido de novia, peinó sus cabellos a ambos lados de la cabeza y le puso una diadema de flores blancas y un velo que extendió a los costados de su cuerpo. Alicia apenas podía abrir los ojos. Pensaba que tenía que escapar pero no podía. Vio como él se desnudaba y se ponía también un traje de boda. Volvió a llenar las copas y se sentó a su lado, levantó un poco su cabeza, la hizo beber y él apuró su copa. Cogió el anillo de la cajita y se lo puso en el dedo, mientras, la música seguía sonando como en un bucle interminable. La cogió la mano y se tumbó a su lado…

-Sí, quiero –susurró.

Estaba preciosa y era suya, para siempre suya. Ya nadie podría separarlos. Era su lecho nupcial, un escenario de película empañado por un fuerte olor a gas…

A los pies de la cama se encontró una carta dirigida a Roberto:

“No tenías que haberlo hecho, Alicia era mía, siempre fue mía, desde que éramos niños. Nunca debiste fijarte en ella, ¿ves lo que me has obligado a hacer? Tú no tenías derecho, yo la amé siempre, cada instante de esta vida miserable solo viví por ella. Mira lo que le has hecho, tú eres el culpable por intentar quitármela.

Ahora ya es mi esposa  para siempre, tú la soñarás y la llorarás cada día de tu vida. Sentirás cómo la vida se convierte en una agonía como lo ha sido  para mí durante años”.

 

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