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EL REGRESO by Conchi Ruiz Mínguez

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Antes de abrir la puerta del apartamento Lorena volvió a recorrerlo, siempre daba una última mirada a su alrededor antes de marcharse como era su costumbre cuando iba a emprender un viaje. Llovía con intensidad y el frio era intenso. Su última mirada a las flores de un jarrón sobre una mesita pequeña en un rincón del salón, las había comprado esa mañana y podían aguantar frescas durante unos días. Le gustaban las flores, no todas, pero reconocía que cualquier clase de flores daban un toque de alegría, o no, también de nostalgia, de otras flores perdidas en el recuerdo, con pétalos tristes de ausencias. Lorena pensaba que todo el mundo compraba flores y desde el balcón veía entrar y salir de la floristería de la señora Molly, gente con flores y ella misma era de sus mejores clientes, algunos para regalar con agradecimiento, otras para un amor secreto o apasionado, otras a los muertos…

El taxi esperaba, cerró la puerta con la llave de seguridad y bajó las escaleras que la separaban de una espaciosa entrada. No hacía falta ascensor y además no sentía demasiada simpatía por ellos.

  • Buenos días señorita Lorena ¿de nuevo de viaje?
  • Hola Francis, si, es mi trabajo ¿Cómo sigue su hija?
  • Parece que mejor, gracias
  • La llave Francis, guárdemela, estoy segura que la olvidaría en cualquier sitio.
  • Por cierto señorita Lorena, acaba de llegar un sobre para usted y aún no lo he puesto en el buzón.
  • Gracias, lo abriré por el camino. Hasta la vuelta.

Entró en el taxi ya dispuesto a partir.

  • Hoy hay algunos problemas de circulación por la lluvia.
  • ¿Tardaremos mucho? Tengo una hora para llegar y sacar la tarjeta de embarque.

Recordó el sobre que le había dado el conserje y que guardó descuidadamente en su bolso, sin remite, solo su nombre y comprobó que llegaba desde Colombia. Algo la impulsaba a dejar el sobre para su recuerdo, pero en el último momento decidió llevarla consigo, lo abrió y le llegó aquel papel amarillento de su interior. Una frase: “pronto te regalarán flores, serás la primera” Algo frio recorrió su espalda ¿era una broma? Se inclinó sobre el conductor.

  • Lo siento, he decidido no ir al aeropuerto –su voz era incierta.
  • Estamos cerca.
  • Lo sé, un cambio de planes, dé la vuelta por favor.
  • De acuerdo, pero seguirá habiendo tráfico abundante.
  • No importa, salga de Barcelona y me lleva directamente a Madrid. Es urgente.

Lorena cerró los ojos y se recostó en el asiento del coche para intentar relajar su cuerpo y su mente. La frase estaba fija en su memoria y sabía que ciertamente era como un dardo envenenado directo al corazón. La tía Milfred había muerto dos años atrás y recordaba en su niñez una casa donde la noche no tenía fin y llegaba a pensar que si sería allí, al final de su línea recta donde encontrar el infinito, fueron los años más hermosos de su vida, aprendió a amar todas aquellas cosas que pasan desapercibidas y sin embargo, —pensaba, nos mantiene vivos, la naturaleza violenta o serena, era la vida. La tía Milfred era francesa y tenía una tienda de flores que con su elegancia era el deleite de los que pasaban desde la acera hasta su interior. A ella le encantaba ese cambio de aromas y escuchar a Milfred a preguntar con palabras exactas sin más: “¿para un amor?” o, “¿para honrar a su difunto?”, o “¿para adornar su casa?” La gente hablada bajito, otras en voz alta, pero el ambiente era siempre evocador y tierno. Lorena, ahora, desde un par de años atrás, las compraba para ponerlas en aquel jarrón de la pequeña mesita donde no había más adorno que sus sentimientos a quien iban dedicadas con el más dulce de los recuerdos. No las elegía porque Milfred siempre la sorprendía con su exquisito gusto.

La sobresaltó un brusco movimiento del taxi, porque efectivamente la lluvia también era intensa en Madrid y la visibilidad bastante complicada.

  • ¿Dónde la dejo?
  • Vaya a Sol y directamente a Moratalaz, los primeros edificios.
  • ¿Cerca de la Estación de San Eugenio?
  • Yo le indicaré.

Subió al ascensor del edificio y se dirigió a una puerta con el título dorado a un lado de la pared “Despacho de Abogados Roberto Rius”. La puerta estaba abierta y en pleno funcionamiento de trabajo, pidió hablar con Roberto. No se imaginaba que algún tendría que necesitarlo de nuevo, pero allí estaba con su sonrisa abierta y los brazos extendidos para acoger su presencia.

  • ¿Ocurre algo o vienes solo a visitarme?
  • Ocurre algo, pero me alegro de volver a vernos, pero no para nada agradable, lee esto, estaba en mi correo.

Roberto frunció el entrecejo y se quedó pensativo, su sonrisa había desaparecido y en sus ojos una mirada preocupada y dura.

  • Sí, está aquí y esta carta llega de Colombia ¿qué sabes de Leonard?
  • Nada, sigue en Colombia pero hace algún tiempo que no tengo noticias, posiblemente esté con algún trabajo importante,

Roberto la miró fijamente a los ojos y solo dijo “no” había algo más, el colombiano está fuera de la prisión, ese energúmeno quiero asustarte o va a por ti. Te vas a venir a mi casa y Lidia estará encantada de verte. Vamos.

 

Leonard adoraba su profesión, la Antropología era su vida misma, Colombia y México sus lugares de mayor interés. Con su equipo encontró al cabo de varios años, joyas y documentos de gran valor, estaba en la cúspide de la investigación y era admirado y solicitado por las universidades y museos en sus expediciones de la que siempre formada parte Carlos, pero los éxitos de Leonard le perdieron y abrieron ese sentimiento de las personas que son incapaces de apreciar el de los demás y ocupar un segundo lugar.

En una gruta preparada para extraer unas piezas de incalculable valor en Colombia y que se había convertido en uno de los descubrimiento más importante de la historia en ese país, apareció el cadáver de Leonard, todas las sospechas recayeron sobre Carlos que ante la presión de la policía confesó que era el autor de su muerte, dejándole caer sin ayuda en la cavidad de la gruta. De por vida quedaría en prisión, pero no fue así, porque consiguió salir. Habían pasado dos años.

 

Ya de vuelta a casa, a Barcelona, y antes de entrara en el apartamento, entró en la floristería y saludó a Molly que solo murmuró: “lo sé todo” De la parte trasera del elegante mostrador salió con un hermoso ramo de diferentes clases de flores, esas que se regalan por compromiso,  con alegría, para un amor secreto o no, para cada persona que las espera cada día y por cualquiera. Otras para colgarlas en los recuerdos, otras a los muertos…. ahora le tocaba a ella.

 

Conchi Ruiz Mínguez

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