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VERDE RESURRECIÓN by Scarlet C.

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Pintura Daria Petrilli

«No escogí el camino, el sendero vino a mí y me hizo luz.»
Scarlet C

¡Cristalina era tan común! Similar a cualquiera de esos seres que desde la infancia se vaticinan como perdedores. Pasaba la niñez desaparecida entre el colegio y su habitación apreciando el transitar de las estaciones sin percibir ningún cambio en el invierno de sus días. La esencia de amar se concentraba en su hámster “Greatgree” nombre que seleccionó cuando de regreso a casa, se armó de valor y en contra de los dictámenes de su padre, entró a hurtadillas en la librería      “THE PERFECT CARICATURE”  fotografiando con la mente las coloridas imágenes del súper héroe del momento, ese que sus compañeros de clase no dejaban de comentar, un fantástico y poderoso hombre capaz de transmutar a la muerte en resurrección fijando su verde y enigmática mirada en las pupilas en los seres buenos cuyos cadáveres fenecían en el campo de batalla donde desarrollaba sus hazañas en contra del mal, además ¡Era inmortal! Su madre,  había sido raptada por un emisario de Hades quien la capturó mientras sembraba un olivo, fue violada repetidamente en las penumbras del Inframundo, engendrando a Greatgree, hijo que luego, la liberaría del cautiverio. Una noche sin luna, Greatgree  hipnotizó a su padre escapando del averno con su madre en brazos. El olivo se había convertido en “Árbol de la Eternidad”, de hilos de sus raíces, la madre de  Greatgree tejió un inmenso traje castaño ¡Nada lo podía penetrar! Ninguna espada, ballesta, al vestirse con la flexible armadura,  Greatgree era invencible. Si bien toda la historia impactaba a Cristalina, y lo que más le cautivaba,  era la infinita sensibilidad que profesaba su héroe ante la inocencia ya que si en medio de sus atizadas  aventuras se tropezaba con niños, se despojaba del brocado permitiéndoles ver su corazón.

Pasó meses haciéndole las labores a varios estudiantes, esos que jamás sienten la más mínima curiosidad respecto al conocimiento. Cobraba por cada tarea, les explicaba qué decir en las pruebas orales… y así poco a poco, fue reuniendo hasta tener suficiente y comprar al hámster. El color de su piel era exacto al del comic, su suavidad le recordaba al cabello de su fallecida madre, adorada perfección que abandonó el planeta de la barbaridad olvidándola extraviada en el sin destino. Con una caja marrón penetrada por pequeños hoyuelos,  llegó a su casa, mintiendo desde que abrió la puerta.

  • ¡Padre! Mira lo que me gané por estar en el cuadro de honor…

— ¡Qué desgracia! ¿Así premian ahora a los buenos estudiantes, dándole semejantes bichos para que lo lleven a sus casas? ¡Es que la educación no sirve para nada! Educación la mía cuando te daban con la regla en las manos para que nos pusiéramos serios con las labores ¡Nada de jueguitos! Por eso es que estamos como estamos ¡Que no lo vea fuera de tu habitación! Para mí, eso es una rata y debería matarla y eso haré si la veo caminado por ahí.

  • ¡No la dejaré salir nunca! Gracias padre…—dijo temblando con las lágrimas a punto de brotar, lo cual contuvo parpadeando porque él no soportaba lagrimeos de niños malcriados.

La delicada mascota era una gota de espuma, colmaba de resplandor las zanjas de su alma agitando su diminuto cuerpo de algodón ¡El tiempo se detenía acariciándolo! mientras Greatgree se divertía girando entre sus dedos. Solo el hámster conseguía borrar aquellos recuerdos tan lacerantes cuando su madre inerte, amaneció muerta llevándose las alas del mundo. Su padre se hizo más adicto a la bebida, derramando su ira a fuerza de aullidos aterradores.

  • ¡Vienes y te mueres dejándome con esta niña! Sabías que quería un varón pero solo te gustaba llevarme la contraria ¿Quién me mando este castigo? y seguidamente, las maldiciones hediondas de aguardiente, patadas a enemigos imaginarios, platos volando y ella, escondida debajo de la cama durmiéndose revuelta en el charco generado por el fluido de sus esfínteres espantados. Como vivían en un pueblo, nadie se metía en asuntos ajenos, todos tenían sus propias enajenaciones a flor de piel. Cristalina le temía tanto que con saber que tenía que volver a casa, se orinaba encima, convirtiéndose en el centro del Bullying, quien solo se aprovechaba de su intelecto.

«Me diste temor como alimento y de mí, brotó magia.»
Scarlet C

Una noche de holocaustos y tormentas,  el hámster murió… ¡Cristalina no lo podía creer! La helada sombra de la absoluta soledad invadía nuevamente su lar haciendo de su columna vertebral una inmóvil estaca. Tomó en sus manos aquella inerte esponja y gimiendo comenzó a mirarla fijamente, lágrimas contenidas durante años rodaron su represión por las mejillas entumecidas, la guadaña regresaba transmutando el dolor en serpiente envenenando su esperanza. Sus pupilas quedaron paralizadas ante el amado súper héroe, lo colocó en la cama y se fue a orar en el ribete de la ventana suplicando un milagro. Justo en ese instante, un rayo cayó atraído por el atrapa sueños de metal que colgaba del borde superior, explotando semejante poderío sobre su cabeza ¡La electricidad la invadió completamente! Disparándola como un cohete directo a la cama cayendo al lado de Greatgree. De tan inesperado experimento de vulcanismo comenzó a brotar éter de sus ojos generando un intenso calor repleto de vitalidad. Tomó al  hámster en sus manos clavándole su mirada colmada de vatios,  Greatgree  inició una veloz rotación mientras iba cambiando de color, del beige al azul, luego índigo y finalmente, se transmutó en un organismo verde y convulsionado, girando en la elíptica vigorosa que lo avasallaba ¡Había vuelto! Vibraba tal aceituna dentro de un Martini, sacudiéndose ansioso el horror de la muerte. La magnitud del alboroto hizo que su padre, borracho en su costumbre, entrara enfurecido, presenciando semejante espectáculo.

  • ¿Qué es eso? —comentó, impactado.

La niña detalló lo mejor que pudo la magia de un instante que ni siquiera, ella misma comprendía, el padre se puso furioso, dio alaridos, golpeando la ventana con tanta ira que se cortó la muñeca, sangrando violento a medida que apretaba la herida con la sábana de su aterrada hija. Iracundo, exclamó.

  • ¿Qué clase de locuras estás haciendo? ¿Cómo? ¡Ese bicho! ¡Qué barbaridad! esas son cosas del demonio ¿Para qué sirve resucitar si el asunto nos convierte en un diablo verde como una alcaparra?  No existe manera de dar uso a tus brujerías, como si no hay suficientes pecados en el mundo ¡No quiero que lo hagas nunca más! –y sin dejar espacio a ningún comentario lanzó a la criatura por el hueco irregular del destruido ventanal.

Cristalina lo vio volar en cámara lenta, abrió la mandíbula pero no habían sonidos, sintió los huesos del recién nacido fracturándose contra una piedra, chasquido a chasquido… Considerando que el animal contaba con dos muertes y media vida, su definitivo final, fue triplemente desolador. Ante de salir,  el hombre la agarró por los hombros tirándola contra la cama y gritando indignado, dio el portazo.

«Me llamaste, acudí y no me conocías»
Scarlet C


El tiempo fue transcurriendo tras la mortaja de días siniestros. Una mañana luego de su interminable castigo de años, ya adolescente, decidió salir a caminar por el campo, perdiéndose en sus senderos abstraída ante la profunda contemplación. Un estruendoso estallido colisionó tal meteorito justo delante de su próximo, un enorme cuervo tan gordo como un cerdo, se desplomó mirándola fijamente mientras los hilos de la vida se extinguían ¡Cristalina no pudo evitarlo! Se acercó y lo abrazó, sintiendo nuevamente aquella energía inquebrantable salir de sí. El animal se infló tal huracán irradiando luces de mil colores, el abanico de sus alas se fue desplegando gigante y reluciente, cada pluma, un rocío, el pico de plata, los ojos granate, pupilas de lava ¡Tan perfecto! Se puso en sus patas de nácar y como un Dios griego, levantó vuelo transmutándose en poesía.

Comenzaron a tejerse historias sobre un prodigioso pájaro rodeado de flamantes halos y acrobacias de ángel. El padre de Cristalina, sospechando, la interrogó mil veces, amenazándola con meterla en un sanatorio y ella, que había aprendido que no todos soportan la verdad,  mentía, negando su participación en el mito. Las inundaciones azotaban la región, desmembrando sembradíos, apagando la esperanza pueblo ¿Un ave como esa? ¿No sería parte de misma demencia compartida?

Otra noche tormentas, el padre de Cristalina, envejecido y con el hígado descuartizado, sintió el filo de la guadaña córtale la espalda, aterrado, gritó…

  • ¡Cristalina! Hija querida ¡Ven!- gesticulaba abriendo la mandíbula como una caverna.

La joven arribó impasible y con la experiencia de haber transitado el limbo más de una vez, supo que esas pupilas no verían el amanecer. En el escenario de su agonía, el padre, imploró desesperado.

  • ¡Haz lo que sabes hacer! No dejes que muera, así regrese deforme y verde, así tenga como manos, un par de espadas o me cubra el pelaje de una vaca ¡Perdóname!

Los ojos Cristalina permanecieron fijos. De su pecho emanó un helado silencio mientras la piel de su padre se tupía de sombras.

Scarlet C

 

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