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¿Cuánto falta?…! By Verónica Boletta

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Marcos lópez fotografo

Cada viaje es una aventura se dijo montando en aquel auto con ganas de descubrir ruta. Tras el volante afloraban todas les neurosis de Pablo. Su impaciencia crecía sin límites si su familia ignoraba su estado de ánimo. Ocupaban aquel breve espacio en estado de feroz hacinamiento: los mellizos de 10 años, un niño y una niña que tan pronto eran sus hijos adorados y ora se volvían unos demonios y su compañera de vida, cariñosamente su Petunia, apodo tan cariñoso como malevolente con el que la había nombrado en lugar de pezuña. Sus manos le recordaban las extremidades de miss Piggy. No dejaba de extrañarse ante el contraste entre el cuerpo enjuto, reducido a su mínima expresión, casi seco y aquellas manos regordetas, un injerto de otro cuerpo en el de su esposa.

Apenas encendía el motor, tras persignarse y encomendarse a la Virgen de los caminos, se desataba una batalla campal en el asiento trasero. Agradecía secretamente no haber tenido más niños pese a la insistencia de su madre. Los amaba y, a la vez, le costaba descubrir algún rasgo en común este esos seres monstruosos y él. Seguramente habían heredado las características nefastas de la familia de su dulce copiloto. Cabe aclarar que no era falta de cariño hacia su otra mitad y su ascendencia. Muy por el contrario, su condición de huérfana, además de sus múltiples virtudes personales, fue un factor determinante en su enamoramiento. Como el limoncito de su corazón, tal la acidez de su Petunia, no tenía recuerdos de sus progenitores, ella también contribuía a endilgar los defectos de propios y extraños a su árbol genealógico.

¿Qué podría salir mal si los pilares de la familia estaban de acuerdo en cosas tan importantes? ¡Todo lo demás! Recordaba cuando sus retoños tenían tamaño y peso para levantarlos en volandas y cargarlos en el auto como si de otros bultos se tratasen. ¡Qué tiempos aquellos! Manejaba durante la madrugada disfrutando del perfil de su Petunia y del silencio mientras los niños dormían buena parte del camino. Ahora, que los tunantes han crecido en edad y en peso, son los amos de su vida. Poco poder de decisión le han dejado: ni horario de partida, ni ruta, ni destino, tampoco duración del viaje. Está a merced de los bellacos. Suele pensar que lo invitan pues es quien tiene la billetera más abultada y sabe conducir, de otro modo sería objeto de descarte.

Las escasas ocasiones en que confió sus temores a pezuña – Petunia – Piggy se ha encontrado con un revolear de ojos que significa, palabras más o menos, «con los niños, no» que se le ha metido en la cabeza a fuerza de negativas de cariño y súbitos dolores de cabeza a la hora del sexo. Tras tantas repeticiones se ha visto domesticado. Hablar en voz alta es exponer su cabeza en la boca de un león hambriento.

Fagocitado por esas reflexiones se encontraba cuando unas voces chillonas que voceaban su nombre lo sacaron del ensueño.

—Tenemos hambre —bramaron al unísono, casi coreando.

—Pero… recién hemos salido. No hemos recorrido ni veinte kilómetros —atinó a  decir mientras sentía una mirada fulminante proveniente de su derecha.

—No seas cruel con los niños —aquella voz no fue más dulce que la mirada. Temió contrariarla.

Sintiéndose perdedor tomó la primera salida de la autopista que se interpuso en su camino. Esta acción no le demandó demasiado esfuerzo pues los reclamos habían comenzado oportunamente. Miró a sus hijos, ceñudo. Tal vez servirían para algo. Podría ofrecerlos como curiosidad. GPS humano.

Estacionó en el primer establecimiento que cruzó delante de sus ojos, una conocida tienda de hamburguesas que, con suerte, le proveerían de material para tapar las arterias en poco tiempo y arruinar su memoria definitivamente. ¿Para qué recordar?

—Quiero café y hamburguesa doble queso y triple bacon

—Helado, sándwich de jamón y queso con una ración doble de papas fritas

Suspiró frente a la cajera mientras gruñía por un café. Suplicó comer en el local.  Quería preservar el tapizado y, un poco, su dignidad. El auto era su obsesión. Con él mantenía un idilio secreto. En lugar de comprensión obtuvo tres pares de miradas torvas, aliadas en su contra. No tuvo más alternativa que seguirlos hacia el vehículo, resignado.

Algo crecía en su interior. Se expandía en las entrañas como la cólera. Un fuego subía desde su vientre. Cuando escuchó: « ¿cuánto falta, papá?» la acidez había corroído todo su tracto digestivo. A punto de estallar se había transformado en un león… herbívoro.

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