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Di un paso -02

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La serie escogida de imágenes: ventanas y café -j re

Actividad de descanso realizada por email en el marco del Taller de Escritura j re crivello y para practicar la escritura rápida. ¿Te atreves a seguirla?

Participan por orden de aparición: j re crivello, Estrella Rodriguez, Conchi Ruiz, Fabiana Laffitte, Awilda Castillo, Mel Gómez, Scarlet C., Miguel Corso.

Aquella madrugada una fría llovizna pegaba en la puerta. Dentro la luz a las tres de la madrugada permitía ver una mujer de espaladas que manejaba frenéticamente una plancha y la deslizaba sobre fotos de los años sesenta. Pude detenerme unos segundos en la calle, mi viejo paraguas me protegía. ¿Qué hacer? Golpeaba en su puerta y le daba conversación o seguía mi camino. Di un paso.

J re crivello

Me acerqué un poco más a la ventana amparado en las sombras de la noche. Observé a la mujer atentamente, se dio la vuelta para coger otra foto de un cesto que había encima de una mesa al lado de la tabla de planchar. Parecía tener alrededor de cuarenta años y las lágrimas anegaban su pálido rostro. El dolor se reflejaba en sus ojos y el repetitivo pasar de la plancha por encima de la foto evidenciaba un gran nerviosismo. Sentí como una punzada en el pecho y sin pensarlo, llamé a la puerta.
Por la ventana pude ver como daba un respingo, parecía asustada: ¿quién llamaba a esas intempestivas horas?, —debió pensar:
-¿Quién llama?
-No me conoce pero la he visto tan triste que no he podido evitar interesarme por lo que le pasa.
-¡Váyase! no necesito su compasión.
-No tenga miedo, no entraré en su casa. Quizá le vendría bien hablar con alguien.

Estrella Rodriguez

Era una noche oscura sin luce ni sombras, un intenso olor a papel quemado me hizo pararme ante una ventana vieja rodeada de paredes agrietadas. Pasé mis manos por los cristales huérfanos de vida y luz. De espaldas una mujer, su melena  una cascada de nudos viejos y sus ojos al mirarlos sentí como si los míos cayeran en un pozo sin fondo. Trozos de papel rodeaban sus viejos zapatos,  unas tijeras más viejas aún los rodeaban. Sentí frío hasta en el alma y corrí.

Conchi Ruiz

-¿Pero quién cree ser? No sé si me enfada más su atrevimiento que el recuerdo de estos rufianes.

-Disculpe si la he invadido, sentí que tal vez hablar podría darle algún respiro. Pero, no se preocupe, ya me retiro,  —dije y al girar para marcharme, de un golpe abrió la ventana e intentando aferrarse a mi brazo, en un tono suplicante y casi con voz de niña, dijo:

-Por favor, no se vaya, por favor, ya se han marchado todos. No lo haga Ud. también. Por favor, quédese.

Su fragilidad me conmovió. La imagen de la escultura de Camille Claudel, La edad madura, que acaba de ver en el Museo Rodin surgió en mi mente. No ofrecí resistencia alguna. Ella corrió sus cabellos despeinados, buscando emprolijarlos, y al ver de cerca sus ojos, un escalofrío tan fuerte surcó mi espalda que debí bajar la vista para esconder mis propias lágrimas. Esta vez, no era compasión lo que sentía sino miedo, un profundo miedo comenzaba a congelarme.

Fabiana Laffitte

Y… (j re crivello)

Siento que la puerta se cierra tras de mí y el miedo recorrerme la espalda a través de una gota de sudor helado. Pienso como repetidas veces lo he hecho antes: ¿porque no seguí de largo? Que afán el mío de meterme donde no me han llamado, pero ni modo ya estoy aquí, frente a esta mujer que llora quizás por su desgracia, y lloro yo también ahora, por la mía.

-¿Que le ocurre? Digo mientras ella continúa aferrada a mi brazo, es como si ya no pudiera nunca más, desprenderme de ella.

Su rostro está desencajado, y ahora más de cerca veo humear la pieza sobre la cual dejó la plancha al venir en pos de mí y abrir su puerta.

Awilda Castillo

A pesar del dolor insoportable, no dejaba de pensar en aquella mujer. ¿Qué habría pasado con ella? La dejé tirada en el suelo y si me estado era tan deplorable, no quería imaginarme el suyo, si es que había sobrevivido al siniestro. Trataba de dormir y me era imposible. La enfermera entró en la habitación y puso algo en el suero.

—Es para que pueda descansar —dijo.

Solo pude asentir con la cabeza. No me era posible abrir la boca. En cuanto la mujer se fue, comencé a sentirme mareado, adormilado. No sé si estaba dormido o despierto, pero la puerta volvió a abrirse. La figura de aquella mujer se acercaba a mí, tenía la piel derretida como la cera y sus ojos, eran unas cuencas vacías a las que no podía dejar de mirar.

Mel Gómez

En sus ojos navegaba tanta tristeza que aterraba, esa que de tanto persistir, carcome las pupilas dejándoles la espesura de una catarata. Quise advertirle sobre la plancha que dejó mientras el vestido se chamuscaba pero justo antes de hablar, ella se desplomó y comenzó a convulsionar, el rostro se le fue poniendo azulado, le desabroché la blusa, le presioné el pecho pero nada, desesperada, tomé el móvil para llamar a urgencias explicándoles la situación, me indicaron que intentara auxiliarla pero cuando volteé,  la señora se había esfumado a medida que las llamaradas invadían el recinto y la puerta trabada impedía mi salida. El humo comenzó a aturdirme y con el último vestigio de fortaleza, lancé una silla a ver si conseguía romper la ventana pero nada.

Desperté en cuidados intensivos ¡El dolor era desgarrador! Las quemaduras en el sesenta por ciento del cuerpo, hacía de mí, una escafandra de horrorosos lamentos.

Scarlet C

La morfina suministrada paliaban el dolor infernal de las pústulas de mi piel quemada, mi cuerpo un amasijo abierto de horror y condena al tener que estar inmóvil en una cama, lleno de vendas. Por momentos inconsciente por los calmantes y  por un coma inducido para q mi propia existencia no sea mortífera y así regenerar mis partes muertas… Ensoñaciones, delirios, interrogantes secuestraban mi conciencia.

Recordé que mi placa estaba guardada en la americana y que la pistola la llevaba encima cuando me rescato urgencias y allí estaba mi sargento en pie mirándome desde la entrada.

Miguel Corso

Foster, mi sargento. Regordete, de labios gruesos y mirada ágil y un bigote que alisaba después de fumar un Marlboro. Tosió, carraspeo, estaba incómodo y dijo:

¿Dónde estaba Ud. cuando comenzó todo?

J re crivello

Continuará…

 

 

 

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