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AQUIJOTARSE by Beatriz Berrocal

Imagen sacada de Pinterest

   

http://www.beatrizberrocal.es/

Anoche pensé llamar a David.
            Tuve el impulso de alargar la mano para coger el teléfono y marcar su número, pero no llegué a hacerlo, me di cuenta a tiempo, no puedo llamarle, es imposible, no está.
            En realidad, nunca estuvo.
            A veces me han ocurrido cosas parecidas, pero nunca fue tan intenso como lo de anoche.
            Necesitaba hablar con él, abrazarle, sentirle a mi lado, besarle, mirarle a los ojos… Lo necesitaba con una fuerza que me llevó a traspasar la finísima línea que separa mis dos mundos, pero me di cuenta a tiempo, como cuando estás soñando y va a ocurrir algo que hace que te despiertes de repente.
            ¿Me estaré volviendo loca?
            Yo creo que no ¿no? Pero claro, no soy imparcial, no puedo valorar mi propio grado de cordura o la medida en que puede que la esté perdiendo.
            Así que, por la mañana se lo cuento a Marta.
          — ¿Cómo que ibas a llamar a David? ¿Pero… a qué David?
        Me mira abriendo los ojos tanto como si necesitase ampliar su campo visual para entenderme.
        —A David, ¿a qué David va a ser? A David Alonso.
        Se acerca y pone su mano sobre mi frente.
        — ¿Tú estás bien? ¿No tendrás fiebre? Igual es mejor que vayamos a urgencias.
      —Que no, mujer, que no le llamé, que me di cuenta, fue como un “flas”, no llegué a hacerlo, pero te lo quería contar porque me sorprendió. Te juro que necesitaba verle, le echo de menos.
      — ¿Pero tú te estás oyendo? En serio, creo que necesitas un descanso, desconectar, olvidarte de todo por un tiempo.
      — ¡No te lo tenía que haber dicho, eres una exagerada!
    — ¿Exagerada? Quieres ver a David, estás a punto de llamarle, le echas de menos ¿y soy yo la exagerada?
      No contesto, tal vez tiene razón, me estoy obsesionando mucho con este tema, tendría que haber cerrado ya ese capítulo de mi vida, cerrar un capítulo y empezar otro.
    — ¿Qué va a ser lo próximo? —me dice Marta sentándose a mi lado con una mezcla de preocupación y pena en sus palabras— ¿Querer irte a Benasanta? ¿Divorciarte de Roberto?          ¿Pelearte con Adriana?
      —No creo que llegue a tanto.
      —Permíteme que lo dude, me estoy empezando a asustar.
      —Igual me estoy “aquijotando” un poco ¿no? A lo mejor cualquier rato me encuentras hablando con el frigorífico o pensando que la lavadora es una máquina del tiempo.
      —Lo que te estás es “apijotando”, que no es lo mismo. Mira a ver si te olvidas ya de esa novela. O la terminas de escribir de una vez o me la dejas a mí que la hago pedacitos.
      —No puedo — confieso sin gota de pudor— soy incapaz de terminarla, me da miedo, llevo tanto tiempo con ella que no sé qué podría hacer si la acabase. Sentiría un vacío tan enorme sin David, sin Adriana, sin Roberto que no creo que fuese capaz de llenarlo.
      —Pero es que no existen, nada de eso existe, son los personajes que tú misma has creado, los protagonistas de tu novela, no son reales, no son verdad.
        No quiero escucharla más, me hace daño, tal vez tiene razón, pero ahora no quiero pensar en ello, estoy cansada, muy cansada. La soledad que necesito para escribir trae consigo un silencio que me juega malas pasadas, es eso, nada más.
        Apago el ordenador y me quedo sola, ya pensaré mañana si Marta habla con Adriana o al final es ella la que le dice a Roberto lo de David.

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