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Larga noche en París by Manu Merino

Estaba yo en Paris, invitado por la Sorbona a dar una master class de literatura, o más bien de como escribir un libro como el que había escrito recientemente y que con el gran éxito que me había reportado, me había llevado a tan exclusivo lugar.

En una lluviosa noche de las que pasé en la ciudad del amor.., gozaba yo de la satisfacción de una copa de cognac, en compañía de un amigo que conocí en aquel viaje, y a quien apodé Lupin porque, con su cara de no haber roto un plato, el tipo era un astuto trilero que podría venderle hielo a un esquimal, mientras te la metía doblada por otro lado, y no podía evitar acordarme del célebre personaje literario creado por Maurice Leblanc. Estambamos sentados en un acogedor y bohemio local, de luz suave, era el típico lugar que uno se puede imaginar al penar en el París más clásico; dicho local estaba en el 33 de la rue Gounod, en Saint-Germain. Durante casi una hora habíamos estado en silencio, disfrutando del calor del lugar, de ver a la gente pasar, de verla conversar o coquetear entre copa y copa; para quien nos viese, sería raro vernos así, sin decirnos nada, observando a nuestro alrededor como mirones; afortnadamente eramos practicamente invisibles a los ojos de los demás, y nadie, salvo los camareros, parecían advertir nuestra presencia.

Lupin, si así me permitís que le siga llamando, rompió el silencio, al preguntarme la master class, y más concretamente por Marie Cécil, mi traductora en aquellos días, y que me libraba de quedar como un patán con mi horrible y casi nulo conocimiento del francés. Lupin, de quien no he dicho que se defendía mejor en español, mejor que yo en su idioma, había advertido mi atracción por Marie.

Marie era rubia, de rasgos suaves y dulces; de voz y gestos firmes a quien no parecía intimidarle nada en la vida. Es cierto que no pude evitar fijarame en ella, aunque intentase negarlo, me era imposible, aunque sabía que ahí no podría haber nada, al menos nada duradero, pues mi estancia en París sería corta y pronto volvería a Madrid, a mi rutina mientras recordaría la ciudad, la Sorbona y a sus muchachos preguntando en francés al tiempo que yo ponía cara de “¿que coño está diciendo?”; y por supuesto pensaría en Marie, en su trato conmigo y de cuantas veces me habría hecho de parapeto con el idioma. Y si, por supuesto que pensaría en ella como mujer, en su cara, en sus ojos brillantes cuando me miraba, en sus labios al hablar y sonreir; y, no lo niego, en aquellas curvas que se dibujaban de cuello para abajo y que a pesar de que pretendía disimularlas con ropas holgadas, creo que podría adivinar, lo cual era ciertamente excitante.

La lluvia no parecía amainar, no quería tomarse un descanso y darnos un respiro, y como aún era relativamente pronto, decidímos tomar otra copa. Entre copa y copa Lupin me animaba a invitar salir a Marie, o al menos a un café; en París había cafeterías muy pintonas que podrían servir perfectamente para invitar a un café y lo que surja. Por un lado la idea no me parecía muy buena, me conozco y sabía que si hacía eso, me engancharía a ella y querría más de todo aquello, y volver a Madrid para no volverla a ver, sería como clavarme un punzón, por otro lado podría ser una oportunidad única de estar con ella, con lo que pudiera surgir, y no hacerlo podría ser motivo de arrepentimiento toda mi vida, o al menos durante mucho tiempo. El alcohol me envalentonaba y con él recorriendo mis venas, le dije: “-si, quizá lo haga.-“. Tal vez lo hiciera en ese momento en el que me vine arriba, pero ¿pensaría igual al día siguiente?. Probablemente no, mi cobardía, miedo y timidez, un cocktail muy malo, me lo impedirían, y perdería el momento que a buen seguro aprecharía cualquier otro gañán. Decidí no pensar más en eso, ni en ella, al fin y al cabo, simplemente me gustaba, me atraía fisicamente, y no pensaba más allá. Tal vez el gañán era yo. Me entregué a la segunda copa de cognac y a aquella deliciosa y larga noche en París.

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