El estruendo fue estremecedor. Nada bueno presagiaba. Miss Lunátic, que en ciertas ocasiones era capaz de multiplicarse para extender su ayuda en varios frentes, decidió no hacerlo y centrarse en este evento. Nada más ocurría en la Ciudad que tuviera aquella relevancia. Todos sus cuidados eran necesarios allí.
Chocaba ver una vieja canosa desmelenada mezclada con los bomberos y policías, rescatando gente que cargaba en un cochecito Jané de los años 50.
Chocaba a cualquiera que no la conociera.
Aquel fue un día más dramático de lo que pudiera pensarse cuando concluyeron los acontecimientos constatables. Nadie se fijó en un trozo de ala de un Boeing 767 que partió en dos a Miss Lunátic, antes de ser enterrada por millones de toneladas de escombros.
En aquel preciso instante un espasmo sacudió a la estatua verde. Un estertor diría un médico. Aquella noche nadie la animaría yendo a dormir en su interior. Nadie le insuflaría el aliento para representar lo que representaba; lo que su nombre clamaba. Tampoco iría nadie el día 12, ni el 13, ni el 14, ni ningún otro. A partir de aquel momento se convirtió en una estatua hueca.
Como si el David de Miguel Ángel no fuera bello sino que solo lo pareciera.
Como si el Pensador de Rodin, con la mente en blanco, estuviera practicando yoga. A partir de aquel día representaba el vacío; la oquedad. Había perdido su espíritu.
De momento nadie percibió lo que aquello significaba. Todavía nadie había esculpido “la estatua de la seguridad”, pero su presencia empezó a respirarse a las pocas semanas. Aquella balanza imaginaría que equilibraba la seguridad con lo que la estatua verde significaba, sufrió un aldabonazo cuando
el platillo de la seguridad tomó tierra.
La Ciudad ―de aquí en adelante “la ciudad”― pronto se vio inundada de cámaras, controles policiales, ruedas de identificación, registros portuarios y aeroportuarios y demás acciones arbitrarias que pudieran convocarse en nombre de la seguridad. Si alguien se salía de su rutina, perfectamente controlada por el nuevo gran hermano, era inmediatamente convocado a
justificarlo.
La ciudad se volvió triste. Nadie preguntó a los ciudadanos cuál de los dos platillos preferían. Decidieron por ellos. ¿Qué más puede pedir un gobernante que el delirio ciudadano por la seguridad?
El turismo borró la ciudad de sus itinerarios. Ya nadie quería ir a la ciudad. Y no era solo por la ausencia de Miss Lunátic ¿Qué diferencia había entre la Ciudad y la ciudad? Total, una letra, ¿no?
Si Sinatra levantara la cabeza…
@Gabi C.S.
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