Un golpe muy fuerte la despertó en la madrugada, parecía que iba a caer la pared sobre ella, aquello no era la primera vez que ocurría. En ese mortal silencio de la noche todo se vuelve incómodo, todo se acalla aún más. Las delgadas paredes del pequeño apartamento en que vivían María y su hija con su esposo Enrique invitaban a la escucha activa pero no era de tal manera, cada cual hacía su vida evitando participar en lo que pudiera ocurrir en la casa del vecino.
Los gritos atravesaban las paredes pero todos callaban.
El vecino que se llamaba Andrés también lo escuchaba todo pero aunque a veces se le revolvía el estómago por esos insultos y ese llanto, acababa subiendo el volumen del televisor y repitiendose a si mismo que no era asunto suyo.
A veces, María se quedaba inmóvil, abrazando a su hija que dormía profundamente. Su tierna mirada era lo que realmente la mantenía viva y conseguía que el miedo no la ofuscara. Y así en silencio pasaba la noche evitando hacer ruido para que no se desatar la tormenta
Siempre es mucho más sencillo para todos mirar hacia otro lado que enfrentarse a la violencia que les rodeaba.
Llegó la anoche de aquel frío día del mes de diciembre y se escuchó un golpe aún más fuerte que otras veces y después sólo silencio. No hubo llantos, ni gritos, sólo el silencio que era roto por el murmullo del viento que se colaba entre las rendijas de las persianas. Con apenas fuerzas María esperó un poco a que él se hubiera alejado de la casa y entonces cogió a su hija en brazos y tal y como estaba en pijama y descalza abrió la puerta que la conduciría a la libertad. Corrió entre las sombras de la noche sin sentir el frío que azotaba las calles y entre los parpadeos de las sirenas entró en la comisaría de su barrio y sólo pronunció con su voz casi quebrada, dos palabras: Hemos huído…
El vecindario estaba en calma y todos se preguntaban que había sido de esa mujer y su hija, tampoco le vieron a él, sólo aquel amanecer sintieron ruidos distintos en aquella casa y Andrés se asomó a curiosear y vió como unos agentes de la ley estaban tapiando la puerta. Esta vez no pudo evitar salir y preguntar que había ocurrido, si ellas estaban bien, a lo que uno de los guardias contestó «Encontraron la salida a tiempo» Sólo es otro caso más de violencia doméstica.
Aquella tarde en la radio sonó también aquella noticia… tan sólo una más.
Ellas pudieron después de muchos meses volver a recuperar su vida sin miedo en un mundo no sabía si mejor pero si distinto.
A veces el silencio que se aprende a golpes es más cruel que el ruido que nos acompaña continuamente en esta sociedad en la que nos ubicamos a vivir.
@María José Luque Fernández
@Imagen Pinterest
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