narrativa

Jesús, Jesusín y Doña María by Mercedes Freedman

Jesusín detestaba su nombre. Le estampaba el camino donde quiera que estuviera.  Así era en casa de la abuela doña María, quien hablaba constantemente de su atesorada colección de figuritas de porcelana del niño Jesús. Igual era en su propia casa. La abuela María le regalaba una figura del niño Jesús por cumpleaños y otra por navidad. Al recibirlas, Jesusín las contaba y escribía un número en ellas: ya iba por catorce. Las guardaba en una caja, pero cuando la abuela iba de visita se aseguraba de colocarlas sobre una mesa cercana a donde ella se sentaba.  También le desagradaba su nombre en el colegio porque los compañeros se burlaban de él: que si era Jesús de verdad o de mentira, que si podría hacer un milagro o dos, que si era hijo de dios o de José. Los padres de Jesusín respondían lo de siempre cuando él preguntaba por qué le pusieron aquel nombre.

—Tu abuela insistió en que debías llamarte Jesús. 

—Pero ¿por qué?

—Ya te lo hemos dicho. Es muy religiosa.No se pierde una misa y hace visitas frecuentes a las monjitas del convento. Además, fíjate qué colección de figuritas del niño Jesús tiene. 

—Pues odio ese nombre y un día me lo cambiaré.

La madre susurró algo que Jesusín oyó de todas maneras

—La que armará la abuela si hay cambio de nombre.

Los domingos que tocaba almuerzo en casa de doña María, Jesusín eternizaba levantarse, pero nunca lograba eludir el paseo.

—¿Cómo están los niños Jesús?¿Han perdido un dedito o brazo o pie? —le preguntaba la abuela al llegar.

—No, nada, abuela —respondía él antes de terminar de oír la pregunta.

Jesusín comenzaba a ver en casa de la abuela cosas que nunca antes percató. Así fue con lo que descubrió en el techo de la sala al recostarse en el sofá. Cuando su padre lo vio con los ojos allí, contemplando el techo de madera pintado de color cielo, con sus lados como los de un triángulo que se dirigían hacia arriba para encontrarse en un punto central, le preguntó

—¿Qué miras, Jesusín?

—La trinidad.

—¿La qué?

—El techo es un triángulo como el dibujo de la trinidad que nos enseñan en el catecismo. También lo llamamos la santísima. El ojo de dios debe estar por ahí, pero no lo veo.

—¡Qué imaginación, Jesusín!, mejor no mencionárselo a la abuela.

—Ya se lo conté. Me dijo que hablaría con el cura porque quizás tuve una visión. ¿Eso qué es?

—Que tienes creatividad, hijo. Quizás llegues a ser un pintor, un escritor, un político, quien sabe.

 Cuando Jesusín entraba al dormitorio de la abuela, se dirigía, sin titubeos, hacia la figura del niño Jesús sobre la mesita de noche. Allí permanecía observándola por largo rato.

—Abuela, ¿el niño no siente frío? Siempre está en pañales.

—El niño es dios, Jesusín, no le molesta ni el frío ni el calor. Al nacer, sus padres lo pusieron así sobre la cuna de paja para mostrar su humildad. El dinero no importa en la vida.

—¿Y con qué compramos cosas si no hay dinero? 

Si la respuesta se demoraba, Jesusín continuaba con las preguntas.

—¿Y el aro que le han colocado detrás de la cabeza?

—Es la luz que rodea al hijo de dios.

—¿Por qué lo lleva así dentro de la cabeza? ¿Y por qué los niños Jesús siempre señalan con el dedo hacia arriba?

—El niño nos bendice con sus manos y, a la vez, nos hace mirar hacia el cielo,  donde está el paraíso de dios y a donde iremos si nuestra conducta es de su agrado.

 —¿Yo me comporto como dios quiere?

—La mayoría de las veces sí.  No vas a la iglesia los domingos, pero eso no es culpa tuya sino de tus padres.

—En las noticias de la tele —continuaba Jesusín— un hombre hablaba con el dedo hacia arriba como lo pone el niño Jesús. Papá dijo que era el presidente de los Estados Unidos. Quizás el niño Jesús también quiera ser presidente un día y por eso copia al hombre de las noticias.

—Hijo, qué dices, el niño Jesús no imita a nadie.

—¿Cuántas figuras del niño Jesús guardas en el armario, abuela? —preguntaba Jesusín de vez en cuando.

—No recuerdo, Jesusín. Tengo que volver a contar.

Doña María mantenía el armario con llave, aunque también lo abría para limpiar las figuritas y para que Jesusín las viera.

—Abuela, casi no veo las figuritas de allá arriba, en la parte alta del armario. Es igual a cuando nadamos en la piscina y solo vemos los pies de la gente acostada en las poltronas.

—Ya las verás algún día, Jesusín.

Jesusín había oído aquella respuesta en muchas ocasiones anteriores. Sus ojos siguieron, sin pestañear, como la mano de la abuela, con la llave del armario, desaparecía dentro de una caja y salía sin llave.  Sin doña María en el dormitorio, Jesusín sacó la llave de la caja, abrió el armario, regresó la llave a su caja y se subió a la silla que colocó delante del armario. Por fin podría ver a los niños Jesús de las estanterías de allá arriba. Estiró el cuello mientras sus pies descansaban de puntillas sobre la silla. Aún así, era difícil llegar a ver todo lo que estaba en la parte alta del armario.

Quizás todo fue culpa de los calcetines que le hicieron resbalar. Jesusín sólo supo que cuando sus pies perdieron apoyo en la silla, sus manos se aferraron fuertemente a la estantería donde ya descansaban, pero no pudo evitar caer al suelo con los niños Jesús que dejaban el armario y bajaban con él. Casi a la vez que completaba la caída, se puso en pie y corrió a su escondite en el patio hasta oír a doña María dar el grito que esperaba.

 —¡¡Jesús!!

Cuando la abuela lo llamaba Jesús, costaba moverse y su salida del refugio se demoró unos minutos.

—¡Jesusín, ven a ayudarme! —Doña María hablaba como si le faltara el aire a pesar de la briza soplando en el patio —. ¡Qué cosa más terrible acaba de suceder! Mis niños Jesús están en el suelo hechos pedazos. Debí olvidar pasarle la llave al armario. ¿Pero qué pudo sacudir el armario para que las figuritas terminaran en el suelo?  Solo se me ocurre que Dios lo quiso así, él siempre sabe lo que hace.

Jesusín siguió a doña María de vuelta al dormitorio mientras su cabeza le daba vueltas a qué sería lo mejor que podría decirle a la abuela, pero ni encontró qué decir ni la abuela dejó un silencio para hacerlo posible. Cuando los dos quedaron de pie frente a los niños Jesús con pies, brazos, cabezas, torsos, dedos esparcidos por el suelo, se oyó la voz de doña María hablar como militar que necesita a sus soldados de pie y listos para la batalla lo mas pronto posible.

— Hay que unir y pegar esto como se debe, nada de la mano o pie de este niño en el cuerpo de aquel.  Esto no puede convertirse en la multiplicación de los panes y los peces. ¡Aquí está el pegamento, así que a trabajar!

Después de un rato viendo cómo, a pesar de la advertencia de la abuela, los nuevos niños Jesús se multiplicaban fácilmente, Jesusín dijo —Abuela, ¿sabes que quiero hacer cuando sea mayor?

 —No, Jesusín, nunca me lo has dicho. 

—Voy a abrir una oficina para la gente que quiera cambiar su nombre. Les daré un papel para que puedan decir: ´Mi nombre era Pepe, pero ahora me llamo Alejandro´. Algo así.

—La diferencia entre Pepe y Alejandro se nota. En cambio, Jesús es un nombre que no sé por cuál se podría reemplazar. 

—Yo sí sé —Jesusín hizo una diminuta pausa y subió la voz para añadir— Mi nombre era Jesús, pero ahora soy Presidente.

La figurita que doña María tenía en la mano tocó el suelo con tal estrépito y en tal cantidad de añicos que sólo un milagro haría posible su reparación.

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