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EL GRITO DE UNA MANO by Mercedes González Rojo

Ilustración tomada de Pinterest

Hay circunstancias en nuestro acontecer diario que nos sorprenden con bofetadas de realidad recordándonos que  sucesos acaecidos hace mucho tiempo y totalmente esclarecidos ya para la historia se siguen ocultando y censurando para hacer permanentes lo que durante año nos vendieron como verdades y que no lo son tanto. Son episodios que ya deberían estar superados pero que han cicatrizado en falso dejando la herida más abierta y peligrosa que nunca, situaciones que nos recuerdan lo frágil que son nuestros derechos, esos por los que tanto se ha luchado y que pueden ser arrebatados con muchísima más facilidad y rapidez con la que fueron conseguidos. ¿Censura en pleno siglo XXI? Censura, y son sólo en Afganistán ante cuyos atentados nos echamos las manos a la cabeza. Está mucho más cerca, a la puerta de nuestra casa, a la vuelta de la esquina. Por eso recupero hoy este relato, publicado en su momento en mi libro Días impares (LápizCero ediciones, 2016), recordando que el pasado no puede borrarse por más que lo intentemos y que solo podrá superarse cuando se acepte de una vez por todas la realidad vista desde los diferentes prismas.. Ojalá no fuera necesario recordarlo. Este relato va por tantas mentiras que nos han contado y que pretenden sigan presentes en nuestra particular historia como la verdad más absoluta. Y a buen entendedor…

 Mercedes G. Rojo

EL GRITO DE UNA MANO.

A F. que me contó un pedacito de historia de esa que no muestran los libros.

            Una fría lluvia azota con fuerza los cristales. Tras la ventana del salón, Felicidad la ve caer con la mirada perdida y el cuerpo dolorido. El mal tiempo ha llegado de repente tras casi un otoño completo excesivamente cálido y seco para estas latitudes. Por eso ha pillado a su cuerpo por sorpresa, distraído aún en temperaturas veraniegas, para retorcerlo con los dolores que los cambios climatológicos producen en aquellos que se encuentran magullados por la edad y por la vida. 

            El suyo es uno de esos cuerpos remendados tras duras batallas que se empeña en recordarle sus achaques cada vez que cambia el tiempo. Y cuando el cambio es tan brusco como ahora el recordatorio se hace más violento y más profundo. Felicidad, hoy, siente todo su cuerpo resentido de las múltiples operaciones y caídas sufridas. A veces lo siente como un cuerpo lleno de remiendos, pronto a romperse nuevamente por cualquier otro lado, incluso por los que ya han sido anteriormente remendados. Y entre los dolores e incomodidades que hoy la atenazan por doquier, siente principalmente, su mano derecha. La mira con tristeza notándola aún medio dormida por la operación. Le dijeron que era la única esperanza para que no le quedase inútil para siempre, aunque a veces duda de su recuperación porque esta mano no termina de responderla tal como le gustaría.  Hoy le molesta especialmente con unos agudos pinchazos que le impiden incluso hacer el esfuerzo de manejar el ratón del ordenador. Aunque sea torpemente. Y vuelve a contemplarse esa mano con una infinita tristeza.

             En los dos últimos años todo se ha precipitado en su vida, la muerte de su fiel compañero, la operación de cadera, la posterior caída que la tuvo inmovilizada más de seis meses… Y ahora… esta mano. A veces le dan tentaciones de tirar la toalla, de tirarlo todo por la borda y dejarse morir lentamente como hacen tantas personas de su edad. Y eso a pesar de que habitualmente  no suele ser demasiado pesimista, mucho menos si se tienen en cuenta los duros reveses que desde niña le ha dado la vida.  Pero también en ocasiones –momentos como hoy – siente que esa misma vida la ahoga sin darle tregua, apretando poco a poco el nudo en torno a su cuello hasta casi dejarla sin respiración. Sólo a veces. 

            Sin embargo, por suerte, ha sabido encontrar un buen refugio en la escritura. Desde siempre le ha gustado expresar sus sentimientos escribiendo, contar cosas a través de la pluma. También le gusta mucho pintar. Y en los últimos tiempos se ha aficionado a la informática. Con el ordenador le resulta más fácil escribir, componer sus propios libros. Además, con el devenir de su recién estrenada soledad  se ha aficionado a chatear por la red, a participar en foros de literatura. Cualquiera lo diría a sus setenta años. Pero esta afición la ha ayudado a superar los primeros momentos de su viudedad. Mas ahora, con esta mano que apenas le responde, casi no puede apretar las teclas del ordenador, ni manejar un pincel con soltura, ni tan siquiera escribir. Y la desolación la va invadiendo poco a poco. 

            Mira de nuevo  como llueve tras los cristales, como caen las gotas azotadas por el viento… Seguro que allá en las montañas que rodean su tierra natal estarán cayendo las primeras nieves, vistiéndolas de blanco como a una novia ilusionada.  Con añoranza recuerda las aguas de los arroyos, los puentes, los bosques, cada elemento de la naturaleza con los que de niña establecía imaginarios diálogos, hasta el punto de que muchos de sus amigos pensaban que estaba un poco loca. Pero en esos momentos ella era feliz mientras sentía que esa feroz naturaleza que la rodeaba la comprendía como nadie y que sólo a ella podía confiarle sus más íntimos secretos, sus más profundas angustias. Contempla otra vez esta mano que le duele intensamente. Y le viene a la mente el recuerdo de su madre. Muerta a manos de los fascistas por el sólo delito de querer a un hombre con ideas opuestas a las suyas, dejando huérfanas dos niñas de corta edad. Ella era la pequeña. No recuerda ya su rostro. Sólo la constatación de quienes la conocieron y la recuerdan como una mujer muy guapa. Su recuerdo y el sentimiento de la injusticia sufrida por ella le asalta una y otra vez en los últimos años. 

            Un nuevo pinchazo de dolor en su mano adormecida, sin apenas sensibilidad. Quizá el mismo recuerdo de su madre a quien pudieron localizar mal enterrada en una fosa común. Su blanca mano, con la alianza de boda aún en sus dedos- cosa rara en aquellas salvajes prácticas-, asomando entre la tierra removida delató su cruel destino a la gente de la zona. Así pudieron constatar su muerte y su identidad. No fue una ejecución. Fue un asesinato. Dicen que sufrió tortura. Dicen que le faltaba un pecho que le habrían cortado por negarse a los carnales deseos de sus opresores, perros salvajes movidos sólo por oscuros deseos de venganza. Dicen…

            Felicidad lanza un profundo suspiro mientras recuerda las blancas y suaves manos de su madre peinando su rebelde melena infantil. Y ante su casi inutilizada mano siente la certeza de que aún le queda por delante una ardua tarea. Contar la historia de su familia. Reivindicar el nombre de su padre que luchó por sus ideales y por los de todos aquellos compañeros a los que como sindicalista representaba. Era un buen hombre que no cometió más delito que ir contracorriente de la gente poderosa de la zona que encontró en la guerra la disculpa perfecta para vengarse de quienes no se doblegaban ante sus intereses. 

            Mira de nuevo su mano adormecida y sabe a ciencia cierta que no puede conformarse con perderla. La suya tiene que ser la voz de aquella otra blanca mano de su joven madre que imagina asomando entre la tierra para contar al mundo las atrocidades que ella y otras como ellas sufrieron. 

            Se asfixia entre el silencio de los gritos ignorados ahogados tras la puerta cerrada a cal y canto por el miedo y la vergüenza; de la vergüenza asentada por esos actuales discursos que quieren seguir echando tierra sobre tantas muertes injustas e innecesarias, de esa profunda vergüenza del pasado instalada en algunos de aquellos hijos y nietos, que han llegado a pensar que tal vez fue verdad que hubo algo delictivo en los afanes de los muertos de entonces. Mientras, Felicidad piensa que aunque así hubiera sido, todo muerto tiene derecho  a morir y a descansar con dignidad para siempre. Por eso hoy se ha empeñado  en reivindicar el nombre de sus padres, un hombre y una mujer que no cometieron más delito que defender con sus ideas un gobierno legal en el que creían y por el que habían votado.

            Y para que nunca más manos inocentes se aferren a la vida desde el frío abandono de una fosa común.

Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros,

ni el onda con sus rumores, ni con su brillo los astros,

 lo dicen, pero no es cierto,… (Rosalía de Castro)

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