By Verónica Boletta
El muerto le cayó como peludo de regalo. Borrachín y estafador en vida, cualquiera podría haberlo despachado al otro barrio. Sin coartada y con antecedentes de malviviente sería imposible probar su inocencia.
Se resignó. Para los pobres no hay justicia. Lo mejor —lo más saludable, pensó sin ironía— sería deshacerse del cuerpo. Ahí anda el finado, distribuido en los estómagos de los pasajeros del tren Sarmiento que hoy, 9 de agosto, comieron empanadas.
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