Archipielago

ERA MI DESTINO by Mercedes Freedman

Mi destino fue abrir ventanas en la tierra para que, desde sus profundidades,

emergiera libremente el líquido viscoso y naranja-rojizo,

por largo tiempo en ebullición y preparándose para salir.

Así nací, el día de San Genaro,

entre el verdor de pinos erguidos en busca del azul del cielo,

en instantes transfigurados, con mi presencia, en troncos pintados de ocre.

De igual manera habían nacido mis hermanos en esta isla atlántica

que hacemos  fértil y apta para cosechar pensamientos y cultivos.

Mi nacer fue sorprendente y furibundo, pero, eso sí, no se perdió ni una vida.  

Entre rugidos y como surgiendo de una caldera siempre desbordante,

el líquido se asomaba a las ventanas en la tierra

y, sin detenerse, irrumpía en el mundo de allá afuera nunca antes visto. 

Se deslizaba por los campos devorando viviendas, jardines, cosechas

y todo lo que éstos custodiaban,

dejaba tras de sí una estela negra

y alcanzaba su abrupto fin al tocar el borde del acantilado. 

El líquido viscoso e infernal,

a merced de poderes gravitacionales, y casi con desespero, 

daba el salto a las más abajo aguas verdosas y azuladas del océano

y las convertía, como por magia, en nuevos terrenos y playas.

El frío mar, ajeno a la inmensidad del calor que le llovía encima,

gruñía como nunca se le oyó,

y de inmediato quedaba dominado como un animal de circo.  

Y así, día tras día.

La tierra persistía en limpiar sus entrañas

y escupir y escupir el líquido naranja-rojizo de siempre con roca, piedra, ceniza.

El amenazador y fogoso río rojo que me hacía crecer y crecer

pintaba de gris las vidas de la isla;

más aún, si contemplaban su viejo futuro enterrado bajo la estela negra. 

¿Cuándo llegará el fin y, de nuevo, el silencio?,

repicaba un constante eco entre mi permanente rugir.

Rugir y eco cesarían con la fiesta de Santa Lucía.

Mi nacimiento fue el más prolongado y doloroso de entre los de mis hermanos,

cuyos nombres ya quisiera para mí.

Unos perpetúan la vida de príncipes de muy antaño al recitar sus nombres musicales:

¡qué sonoridad de notas ascendentes es Teneguía! 

Otros recuerdan al santo del día de su nacimiento:

San Antonio y San Juan otorgan un vestigio de santidad a quienes así se les conoce.

Yo permanezco atento a un nombre pensado para mí,

y, en esa espera, propongo algunos. 

San Genaro, santo del día en el que nací, pareciera pertinente.

Varias veces al año, San Genaro hace el mismo milagro:

licuar a un rojo vivo su negruzca y seca sangre,

conservada cuando fue decapitado y custodiada en Nápoles.

Y se dice que, alguna vez, el santo ha dado protección a los napolitanos

del fuerte temperamento de mi pariente Vesubio.

Aceptaría, igualmente, el nombre de Santa Lucía,

la santa que devuelve la luz a los ojos del ciego,

y a las vidas de esta isla después de los grises días que llegaron con mi nacer. 

O podría llamárseme Navidad, día final del curso de mi nacimiento.

Sea cual fuere el apelativo que se me designe,

también se me conocerá con el  nombre del lugar donde nací y he de vivir.

Muchos querrán visitarme, conocerme.  

Por un tiempo me hallarán entre nubes de gas y vapor que mi respiración exhala,

pero siempre luciré majestuoso en mi traje gris ceniza,

adornado con los colores naranja, rojo y azul violeta de la tierra expuesta al fuego,

el amarillo azufre de mi corona

y el cristalino verde del valioso olivino sobre mis laderas. 

Y divisaré los pinos que el viento mece y arrulla, 

y el valle a mis pies rebozando con coloridas buganvillas,

y las viajeras nubes multicolor,

y el mar azul con inquietos y ondulantes espejos blancos durante el día

y chispas doradas que saltan del cielo en la noche.

Y con el anochecer llegará hasta mí el aroma de las adelfas y los jazmines,

mientras contemplo

el naranja vivo que el sol arrastra consigo hacia el horizonte

y la luna blanca que sube y sube hasta situarse de farola encima de las montañas.

Y escucharé los cantos y pesares de las vidas que caminan la tierra.

De aquí a allá volarán opiniones sobre si soy ángel o demonio.

El veredicto sólo lo dictará el tiempo.

Mientras las heridas sean muchas y sangren, el aturdimiento nubla la razón que juzga.

Para unos, con certeza, seré un recuerdo negro,

asentado, de manera obstinada, en la memoria.

Otros soñarán con el nuevo futuro,

arduo pero feliz, que mi existencia trae consigo.

Unos y otros habrán de encontrarme en esta isla con nombre La Palma,

Para todos soy El volcán de Cumbre Vieja.

.

5 respuestas »

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s