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A doscientos kilómetros —04 by  Paula Castillo Monreal

El relato 200 Km. acaba la próxima semana (Consejo de Redacción de Masticadores)

Carmen colgó el teléfono. No había dejado de trabajar mientras hablaba con su amiga Mercedes. Ahora me tiraré tres días con dolor de cervicales, pensó, estirando el cuello hacia el lado contrario con el que había estado sujetando el móvil.  Se arrepintió inmediatamente de todo lo que le había contado. Total, para el caso que me hace, masculló mientras se mordía la uña del pulgar, y con la otra mano apagaba el ordenador. No hagas nada de lo que puedas arrepentirte, le había dicho antes de que le colgase. ¿Sabrá ella de lo que yo puedo arrepentirme? Pues que lo sepas Merceditas, de pocas cosas en la vida tengo que arrepentirme. Bueno sí, de contarte mi vida con pelos y señales siempre me arrepiento. Y de contarte lo de Arancha, más.

Desde que Arancha volvió del congreso de rinoplastia, sus vidas cambiaron. Arancha ya no se conformaba con la clínica; se inscribía en cursos y congresos, hacía ponencias que le exigían mas dedicación, y viajaba constantemente. Carmen, que trabajaba en casa, se deprimía esperándola. El día trascurría esperando la llamada que no llegaba. Las noches de televisión se le hacían eternas, y las discusiones en los encuentros eran cada vez más frecuentes e intensas. Su vida cotidiana comenzó a volverse un infierno silencioso. Después de quince años juntas, Carmen sentía que Arancha no demostraba ya ninguna pasión por ella, que los abrazos se habían convertido en excepción, que todo lo hacían con menos frecuencia y entusiasmo: el sexo, las salidas juntas, las conversaciones. También las risas y las películas porno. Son rachas, le decía Arancha, es que no estoy nada sexual. Y Carmen se conformaba pensando en la edad y en que los años transforman el amor.

Y tanto que lo transforman, le contó a Mercedes, ahora resulta que dice que ha comprendido que no es homosexual. ¿Será imbécil? ¿Eso te ha dicho? Eso me ha dicho, le contestó. Pero no sabes lo mejor, que la pillé en el bar de abajo besándose con un colega. Estoy rota, Mercedes, sin restauración posible. No puedo aguantarlo, me marcho. Piénsatelo, Carmen, no hagas nada de lo que puedas arrepentirte. ¡Serás tonta, Mercedes! Llamarte para esto.

Con el vaso de güisqui en la mano volvió a coger el teléfono.

–Hermana, ¿me paso y me dejas las llaves de la casa del pueblo?

–¿Vas sola?

–Sí.

–Entonces sí.

Después de doscientos kilómetros de lluvia y güisqui se sintió mareada. Sabía que en el doscientos le harían una tortilla francesa de esas que te reblandecen el alma. El camarero le guiñó un ojo, eran viejos conocidos.  Pidió un bocadillo. A cada mordisco las lágrimas le añadían sal a la tortilla. Se limpió la boca y los mocos con una servilleta de papel, y después entró al baño. Una maleta abierta con la ropa esparcida por el suelo hizo que tuviese que empujar la puerta. La gente está cada vez peor, pensó. Recogió los vaqueros, las camisetas y un par de zapatillas, y lo metió todo en la maleta. También recogió un vestido de seda rojo y unas sandalias, eran del 38. Se probó el vestido por encima y se miró en el espejo. Quizá todavía tenga una oportunidad, pensó. Dejó la maleta cerrada al lado de los lavabos y salió. Atravesó el bar sin despedirse, con la mirada al frente sin ver.  Tiró el bolso en el asiento de atrás y, sin poder dejar de sonreír, pisó el acelerador. Por el retrovisor vio a dos mujeres que corrían tras ella.

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