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LA HABANA by Rosa Marina González-Quevedo

Imagen tomada de Pinterest

(De la Segunda Parte La niña del oso, fragmentos del Capítulo 4 de la novela Amanda

            La Habana

16 de diciembre 1939

Estaba cansado de fregar platos y se tomó un respiro. Asomó la cabeza por la puerta del salón. No era la primera vez que lo hacía. Eso sí, a pesar de haber trabajado durante tantos meses en aquel lugar, era la primera vez que la veía.

─Pssst-pssst… ¡Pepe, ven a ver esto! ─llamó a su colega─. ¿Quién es esa que canta?

─Se llama Amanda y es la amiga de don Blai Andreu, uno de los que más dispone en todo esto ─le respondió su compañero dejando escapar una risita socarrona─. Pero te aconsejo que… ¡Oye, Luis, tú ni te atrevas a tirarte con esa! ¡No te vuelvas loco! ─agregó cambiando su anterior expresión burlona por una mueca de pánico─. Te lo advierto: si estás pensando en cazar esa palomita, tendrás que cambiar inmediatamente de idea…

Claro, nunca peor momento para monsergas: Luis tenía las ideas confusas y las palabras de Pepe le entraron por un oído y le salieron por el otro. Amanda le había hecho recordar aquellas mujeres de postales eróticas que su amigo Julián le enseñaba. Era hembras excitantes. Penetrantes sus miradas; algunas con los ojos verdes y el pelo castaño claro (igual que Amanda) y el cuello largo como el de un cisne (igual que Amanda) y las caderas y los pechos duros (igual que Amanda)… Y luego, Amanda, ¡qué bonito nombre! Y ella, ¡qué sensual! con el pelo recogido, la espalda descubierta y los pezones despuntando bajo el crepé giorgette de su vestido.

Lástima que no estuviera sola.

Lástima que junto a ella estuvieran el tal Blai Andreu y aquel hombre más negro que el carbón y con cara de mico, siempre vestido con frac y zapatos de charol (así describía Luis al gran Bola).

***

─Y entonces, ¿a quién puedo contárselo sino a usted? ─agarró entre sus manos las de su vieja amiga y se puso de rodillas─ Ela, tengo que confesarle que… ¡estoy enamorado! ─gritó a voz en cuello.

─¡Por favor, hijito! No me dirás que, a mis años, yo… ─Ela Schatz echó a reír a todo pulmón─. Bueno, bueno, no te avergüences. Ya sabes cuánto me gusta bromear contigo, querido. En fin, ¿quién es la afortunada?

─Una diosa. O una bruja. No lo sé muy bien. Lo único que sé es que se llama Amanda, que se codea con un tal don Blai Andreu y que algunas veces canta en el Monseigneuracompañada al piano por el mico con frac.

Ela Schatz dejó de dar puntadas en el bordado para observar a Luis por encima de la gafas.

─¿Amanda? ¿La hija de la profesora de piano y canto? ─Luis se encogió de hombros─. Porque si es ella, la conozco. Su madre ha trabajado en mi academia y organiza tertulias los fines de semana… A propósito, hoy es domingo y hay tertulia. Pienso que podríamos ir.

─¿Tertulia?

─Sí, hijito, reuniones en las que músicos y poetas se unen para descargar. La madre de Amanda es muy buena anfitriona en ese sentido.

¿Descargar? Pues… ¡Vaya!, otro concepto que debía aprender…, a no ser que Ela se estuviera refiriendo a la descarga eléctrica que él sentía subir por sus piernas y llegar a su cabeza; una vibración, un estado extraño que apenas le permitía recordar si era domingo o lunes.

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