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Disociación by Natalia Doñate

Eran las nueve de la mañana del sábado 7 de julio. Tras la tormenta de la noche anterior, preludio de un cielo fresco y límpido y viscosos senderos de plata, como transitados por inmensos caracoles, un sol frío y enclenque se entretenía probándose su disfraz de luna sobre el pavimento.

Con hielo en los nudillos y sangre en las mejillas, la mujer de la campera negra pedaleaba con energía, disfrutando del dolor de piernas y la presión en el tórax. Llevaba tiempo sin hacer ejercicio y el cuerpo protestaba, pero la mente agradecía. A ambos lados del sendero, el pasto húmedo y cortado al ras le recordaba al musgo que había visto en los castillos de Europa. Sin detener la marcha se preguntó qué ocurriría si arrastrara un brazo por el césped y éste se desprendiera sin esfuerzo alguno, revelando que estaba apenas apoyado sobre el barro. Carente de raíces.

—Sería como estar en una puesta en escena, en un decorado —pensó, divertida. A su mente le gustaba divagar y ella no tenía inconvenientes en alargarle un poco la correa cuando salían a pasear.

Casi como dando sustento a su teoría, una fila de pinos inusualmente prolija emergió a su derecha en rítmico desfile, atravesando, cual fantasmas, a la sombra alargada que pedaleaba a su lado. Intrigada, la mujer prestó más atención al entorno. Observó con suspicacia la disposición de las casas: sus formas cuadradas, los muros de impecable pintura, las bicicletas esparcidas por el suelo, sin señales de óxido o deterioro alguno. El mismo piar de los pájaros le resultó sospechoso, al no alcanzar a divisar a sus dueños entre las ramas.

—Incluso los nidos de hornero parecen falsos —murmuró.

Se pregunto si los habría instalado la misma empresa que había hecho las excavaciones para los lagos artificiales. No sería de extrañar, después de todo, ¿qué era un barrio privado, sino una gran, gran maqueta?

Algo asfixiada ante la idea del espacio controlado, decidió salir a la ruta a coquetear con la libertad. Había recorrido ya medio kilómetro de mundo real cuando el bocinazo de un gran camión de YPF, seguido de una sentida puteada, la invitaron a pegar la vuelta a casa.

NATALIA DOÑATE

Lacasadelasarenas.com

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