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Una gran adicción. 02 by Paula Castillo Monreal

Asomada a la ventana en la hora oscura, encendía un cigarrillo tras otro que, sin apurar, tiraba a la azotea del edificio contiguo al nuestro. No pensaba en nada. Aún con el océano de frente, me sentía presa. En el sueño, alguien mucho más fuerte que yo, me agarraba de las muñecas mientras me enumeraba las cosas que no debía de hacer nunca más. No conocía al tipo, y el lugar era un paisaje borroso. Al despertar, su voz todavía estuvo unos segundos resonando en mi interior. «No robarás», decía. Poco a poco fui olvidando el sueño, pero las muñecas me seguían doliendo.

Además de pagar las braguitas talla “xxs”, que nunca me pondré porque no consigo bajar de la “s”, y el fular que no me quito ni para dormir, me prohibieron la entrada al centro comercial. «¡Qué vergüenza!», me dijo Manuel al dejarme en casa. Yo lo miré con cierta melancolía recordando nuestro pasado delincuente y cómo nos reíamos por todo, demasiado jóvenes y una vida fácil. Nos gustaba salir corriendo de los supermercados, los hurtos eran sobre todo latas de anchoas, mejillones, berberechos, luego comprábamos una botella de vino y lo celebrábamos. Estaba locamente enamorada, sobre todo de su risa y su pelo negro. Lo que no recuerdo bien es el momento en el que comencé a prescindir de él. Imagino que con el nacimiento de Ramón nuestro mundo se partió en dos. Los que estén a favor de Ramón, a este lado, y sus padres, los míos y hasta el mismo Manuel, cruzaron la línea. Yo me quedé al otro con Ramón, la única que llevaba a Ramón en su vientre no cruzó la línea a su favor. El niño venía con una cardiopatía congénita que detectaron al tercer mes de embarazo con un pronóstico muy desfavorable. Nos plantearon la interrupción si así lo deseábamos. Cinco a uno fue la votación. Me llamaron asesina. Ramón vivió cinco años, y yo me ahogaba con él. Cuando murió, enmudecimos. Nunca he asistido a un entierro tan mudo. Volvimos a reunirnos los seis, esta vez todos estábamos en el mismo lado. El único que cruzó al otro, fue Ramón.

Aquel día me pareció que hasta la muerte y la soledad en los tanatorios era diferente para las familias monoparentales o con un solo hijo o para los solteros y viudos,  que para las familias numerosas. En una de las salas entré a darle el pésame a una viuda que llevaba horas de pie, sola, mirando a su muerto. Al despedirme de ella rompió a llorar, y en el abrazo sentí su desamparo. Después de comentárselo a Manuel, decidí montar una funeraria para aquellos difuntos sin familia ni amigos.  Contraté a cinco personas fijas y cinco eventuales que acompañaban al difunto solitario o con un solo familiar, y se colocaban en la sala rigurosamente vestidos de negro, charlando de anécdotas de la vida del muerto, anteriormente inventadas por mí, sin despertar así la envidia de nuestro finado con el gentío de las otras salas. Los servicios, además de la compañía, incluían un cóctel de despedida a base de conservas: mejillones, caviar de salmón y Champagne. Llegamos a ser cuarenta en Familia Funeraria.

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