Archipielago

Una gran adicción. 05

By Paula Castillo Monreal

Hacía años que no me subía a un autobús. Las últimas experiencias que recuerdo fueron cuando iba a la universidad. No había día en el que no me hiciera una carrera en las medias. Aprendí entonces a llevar siempre unas de repuesto.

            Hoy he tenido que esperar al autobús porque no encontré las llaves del coche. ¿Cómo se pueden perder unas llaves del coche en casa? Estoy segura de que anoche aparqué el coche en el garaje. Ahí está: flamante, detrás del todoterreno de Manuel. Es mi único consuelo; tampoco podrá sacar el suyo. He recorrido de nuevo los pasos de anoche; fui a la cocina, me serví un güisqui, estuve un rato sentada en el salón embobada con la lluvia, y de ahí, directa al dormitorio.

            Nada. Las llaves no han aparecido. Quizás haya sido Manuel para darme un susto. Seguro que le cabreó que llegase tan tarde y sin avisar. Yo sabía que no le iba a sentar bien, por eso, antes de salir del centro comercial pensé en llevarle un regalo y fui a por la locomotora. En un descuido del personal, la metí en el bolso, y esta mañana se la he dejado en la mesilla antes de saber lo de las llaves.

            De momento no ha pasado nada entre Iosu —así se llama mi nueva adicción— y yo. Unas charlas absurdas sobre nuestros trabajos, y alguna mentirijilla sobre mi situación personal. Le conté mientras bebía una y otra cerveza sin control, que me estaba separando. ¡Fui tan feliz mientras lo imaginaba! El me contó que también estaba solo, que nunca se había casado porque su trabajo era muy esclavo, sin horarios, sin un lugar fijo donde ejercer su profesión; tan pronto Lugo como Cádiz, ahora Madrid. Mientras él hablaba, yo solo le miraba a la barbilla, me gustaba cómo se movía y temblaba cuando me contaba sus cosas, las reuniones con los amigos en el campo, sus desamores y la dureza de vivir solo. Le llevé a su casa, y al despedirnos en el descansillo, con la puerta del ascensor abierta, olí a muerto. Y me extrañé. También al besarlo me olió a muerto, y cuando entré de nuevo en el coche, tuve que bajar las ventanillas porque olía a muerto. Y es que ese olor yo no lo confundo con ningún otro. ¿Qué hace para oler así?, pensé. Y recordé que también me había hablado de sus cacerías entre arroyos, zarzas y juncos. Y sin darle mucha importancia pensé que efectivamente un hombre solo adolece de limpieza.

Cuando sonó el teléfono a las seis de la mañana, pensé que era él. Todavía no se me ha desacelerado el corazón. Me requerían en la funeraria, eso era todo. Resulta que encontraron muerto hace nueve días a un “sin techo” en el portal de la oficina de correos de la calle Turismundo, y ninguno de los servicios funerarios municipales de Madrid, querían hacerse cargo del cadáver. Ponen como excusa la falta de documentación. Me han llamado de madrugada para pedirnos a Familia Funeraria un poco de humanidad. «Es un ser humano y tiene derecho a un entierro digno», me dijo la secretaria de la fundación: “Un bocadillo para todos”. «¡Por amor de Dios!», concluyó. Me quedé muda mirando de reojo a Manuel, no quería que se despertase, por amor de Dios, pensé. Le pregunté que, si no tenía familiares, y me contestó que una hija, pero que no se podía hacer cargo del entierro y que no logran dar con ella de nuevo. Así que allí estaba yo, en el autobús, sin saber qué había pasado con las llaves de mi coche, y dispuesta a hacerme cargo del cadáver. Una vergüenza. Por supuesto esta vez no habrá catering.

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