Archipielago

Los treintañeros obsoletos seremos viejos sin haber llegado a convertirnos en adultos by H. García Barnés

By Héctor García Barnés publicado en El confidencial

Si hay una experiencia generacional por antonomasia, es dar el salto de una adolescencia eterna a una prematura obsolescencia. Hoy uno no madura, simplemente se pasa de moda

Porque un buen día uno se despierta y ha pasado una generación. Que era el más joven de la empresa cuando entró a su puesto de trabajo, como me ocurrió a mí en El Confidencial, y que de repente es uno de los veteranos. Un venerable fósil antes de los 40 que se encuentra con que tiene compañeros diez años más jóvenes que le miran buscando respuestas y solo querría responder «yo tampoco tengo ni idea de qué estoy haciendo». Pero como no puede contestar eso, se limita a inventarse cualquier cosa pero bien contada. Si hay una experiencia generacional por antonomasia, es dar el salto de una adolescencia eterna a una prematura obsolescencia.

Porque hoy uno no madura, simplemente se pasa de moda. Envejecer es vivir la experiencia de la obsolescencia programada en tus propias carnes, con la diferencia de que uno no termina de saber si alguna vez fue útil o si está obsoleto antes de haber sido utilizado, listo para ser intercambiado por alguien más joven. Ese joven que piensa que tú, como adulto, estás ocupando el puesto que le corresponde por su talento, al mismo tiempo que tú, como viejo prematuro, sabes que ese joven será triturado dentro de una generación. Él también pasará de moda, es ley de vida.

Al pasar tiempo con veinteañeros me he dado cuenta de dos cosas: ellos piensan que soy muy diferente a ellos y yo pienso que apenas hay diferencias entre nosotros. Alguien decía en Twitter recientemente que después de cumplir los treinta tienes la sensación de que todo el mundo entre 25 y 45 tiene tu misma edad, y no se me ocurre mejor resumen de la paradoja del treintañero. A estas edades uno se siente eterno, joven y viejo al mismo tiempo, sin haber pasado ningún punto intermedio y, sobre todo, arrastrando la sensación de que todo eso que iba a ocurrir cuando uno fuese mayor no se ha cumplido. No ocurre nada, simplemente pasa el tiempo.

Hacerse mayor en el siglo XXI provoca dos descubrimientos. El primero, que cumplir años no significa que vayas a sustituir a ninguna generación en los puestos de responsabilidad, que no es verdad que sea cuestión de tiempo que uno sea el protagonista de la historia. Que pasar los treinta solo consigue que uno sea el penúltimo mono, porque el último siempre es alguien como tú hace diez años.

Establecer el relato no es una cuestión de edad, sino de dinero, poder y privilegios

Lo segundo es que eso que piensa que es propio de su generación, la primera en la historia de la humanidad en ser devorada tanto por sus jóvenes como por sus mayores, por los ‘baby boomers’ y los ‘centennials’, ha ocurrido desde hace décadas. Al menos, tal vez, desde la generación X, como me contaba hace poco Josep Sala i Cullell, autor de ‘La generación tapón’. No es que haya generaciones que nunca han acariciado la posibilidad de establecer su relato como el hegemónico frente a sus padres o abuelos, es que no es una cuestión de edad, sino de dinero, poder y privilegios. La historia no la escriben los jóvenes o los viejos, la escribe quien manda.

Hoy todas las generaciones son generaciones perdidas porque la narrativa de la vida moderna es la de la ausencia de un sentido, una falta de coherencia narrativa que solo en algunos casos, vista desde fuera sin prestar mucha atención a los pies de página, puede interpretarse. Pensamos que nos ocurre únicamente a nosotros, pero en realidad nos pasará a todos, incluidos a esos jóvenes efervescentes que amenazan con ocupar nuestro lugar. El siglo XXI es el siglo del consumo, también el de personas.

Un guion férreo en tres actos

Conocí a una chica, antes de ser mujer, que sabía perfectamente a qué edad se casaría, a cuál tendría su primer hijo y a cuál su segundo retoño. Sonaba a broma, pero a medida que fue pasando el tiempo, todos esos planes fueron cumpliéndose religiosamente. Lo que desde fuera parecía una ingenua pretensión de adolescente, en la edad adulta se convirtió en una férrea fidelidad a sí misma y al plan trazado que el resto contemplaba con admiración. Podía parecer que no estaba más que adaptando la realidad a sus deseos, cuando en realidad, lo que había conseguido era escribir su propia vida sin que nadie se lo escribiese.

De forma previsible, tal vez, pero innegociable. Sorteó la paradoja de la vejez abrazando uno tras otro todos los hitos vitales que la conducían hasta allí. Esta chica había escrito su guion como el que se compra una guía de viajes y la sigue a pie juntillas para no terminar perdida, a las tres de la madrugada, en el barrio más peligroso de Bangkok. A otros les pasa que una buena noche se encuentran a las tres de la madrugada en un barrio peligroso con una compañía que no esperan y sin saber muy bien qué va a ser de ellos. Ahí es el momento en el que echan de menos la Lonely Planet y sus «10 cosas que no te puedes perder en la lejana Asia».

Decía la autora de ‘El fin del amor’ Tamara Tenenbaum en su reciente paso por Madrid que queremos tenerlo todo en las relaciones personales, la adrenalina y la estabilidad, la euforia confundida con la felicidad, la seguridad y la incertidumbre. Ser adulto y ser joven, no estar supeditado a responsabilidades pero tener el control. Al final todos nuestros grandes problemas modernos provienen de lo mismo, de querer dos cosas incompatibles al mismo tiempo, una y su contrario, de que no nos obliguen a elegir. Si queremos dos pantalones, compramos los dos. Pero lo que no se puede comprar, con lo que no se puede negociar nunca es con el tiempo, el gran destructor.

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