Archipielago

EL PARALELEPÍPEDO ERA DIOS Jesús Marchante Collado                                

Finales de septiembre. El verano va a ser vencido. El otoño está ya a las puertas. No obstante, no es eso lo que ocupa mis pensamientos. La música, como en tantas otras ocasiones, puede disipar una cierta melancolía difusa dentro de mi espíritu. Sin embargo, nadie diría que las obras que voy a escuchar esta tarde-noche en el Auditorio Nacional de Música de Madrid, podrían surtir ese efecto positivo sobre mi preconsciente-inconsciente. Las obras son: “El Requiem” del compositor rumano-húngaro-austriaco, György Ligeti, y “Eine Alpensinfonie” (Sinfonía alpina), del compositor alemán Richard Strauss. No obstante, me aguarda una sorpresa, que yo no puedo imaginar, ni tan siquiera por un instante, cuando abandono mi apartamento de la antigua Plaza de la Alegría, camino de la sala de conciertos.

Una cierta extrañeza me asalta cuando compruebo que el auditorio está prácticamente lleno. Me digo que no es normal que suceda eso con una obra como la de Ligeti. Sí, ya sé que forma parte de la banda sonora que eligió Stanley Kubrick para su magnífica (habría que emplear otros adjetivos, ninguno de los cuales podría dar cuenta exacta de lo que es esa obra) película: “2001: una odisea del espacio”, de 1968, que sigue sin envejecer: que no envejecerá ya nunca. No obstante, no es esa música del film la que puede resonar – con toda seguridad –   en el recuerdo, en las cabezas de los asistentes. Hay otras: “El Danubio azul”, de Johann Strauss (hijo) o “Así habló Zaratustra”, de Richard Strauss, esas sí, en el “Hit Parade” de la memoria colectiva. Pero no Ligeti, no el “Requiem”. Imposible. De inmediato pienso en una posible explicación que me parece plausible: es el primer concierto de la nueva temporada. Ya puedo respirar tranquilo.

Conozco la música de Ligeti gracias a Kubrick. Tengo los discos de sus composiciones, más allá de las que incorpora el director norteamericano a su film, hace ya muchos años. Sin embargo, es la primera vez que voy a tener la oportunidad de poder escuchar su “Requiem”, compuesto en 1965, en directo, en una sala de conciertos. Tenemos que señalar un par de cosas. La primera es que, esa partitura de Ligeti la había escuchado Christiane (la mujer de Kubrick) en la BBC2 y se la había recomendado a SK. Me hace gracia recordar que es la misma cadena que escuchan los astronautas (mientras engullen la comida envasada, y licuada, lista para ser succionada con unas pajitas dispuestas a tal efecto, en la nave Discovery), y también la misma que, según se dice en el documental The Beatles: Get Back, de Peter Jackson, escuchaba John Lennon y algún otro miembro del cuarteto de Liverpool. Todo en la misma época. La segunda que, a pesar de que Ligeti afirmaba no ser creyente, y aseguraba que había elegido ese texto del Requiem: “por su imagen de la angustia, del miedo ante el fin del mundo. Lo humano como base…”, la sorpresa está a punto de producirse. Debo todavía añadir que he visto “2001…”, desde su estreno, en el cine de mi ciudad natal, cuando yo era sólo un crío de apenas trece años, unas cincuenta veces. La primera vez, tengo que confesarlo, no entendí absolutamente nada de nada. ¿Cómo un pobrecillo infante de esa edad podía comprender una película de un metraje de 150 minutos, en la que durante la primera media hora no hay ningún diálogo? No sólo, al final, sólo existen 49 minutos, del total del metraje, donde la palabra se hace presente. Eso sí, salí completamente fascinado de aquella vieja sala cinematográfica de provincias.  Después, la volví a ver en diferentes cines, cuando aún había reposiciones en las ciento de salas que había en Madrid; cuando esa época dorada llegó a su fin, para desgracia de tantos, la seguí “videando” en vídeo y, después, en DVD. La sigo viendo de tanto en tanto. Señalo todo esto porque tiene que ver con la sorpresa.

El silencio se rompe con el enjambre de voces, casi en sordina, de los primeros compases de la partitura. Nada sucede todavía, aparte de la emoción que me embarga al escucharla en vivo. Siempre me embarga la emoción y la extrañeza al ver realizarse el milagro que supone que unos símbolos abstractos anotados sobre un papel pautado inunden la sala de eso que llamamos música. Sin embargo, transcurridos algunos minutos, reconozco perfectamente los compases que coinciden con una de las escenas importantes de la película de Kubrick: aquella de los astronautas descendiendo por la rampa, construida a tal efecto, en el cráter de la luna, donde ha vuelto a aparecer el misterioso “Monolito” que hace su primera entrada al inicio de la película: “El amanecer del hombre”, en las escenas con los simios.

Es ahí, en ese preciso momento, cuando en mi cabeza sucede algo. Aparece con claridad la evidencia de que el monolito, el paralelepípedo, esa “cosa” sobre la que tantas vueltas se ha dado desde que tuvo lugar el estreno, no es: ni un artefacto enviado por seres inteligentes extraterrestres, ni nada que se le parezca. A mí, en esta noche de finales de septiembre, me aparece claro (en ese fragmento musical que coincide con la escena del film de Kubrick que acabo de referir, que el monolito es, realmente, Dios. Lo ha sido desde el principio. Cuando los simios, temerosos, desconfiando, apenas si logran acariciar, con sus dedos peludos, la superficie perfecta de ese paralelepípedo oscuro, casi negro. Les sucede, igualmente, a los astronautas en la luna, cuando uno de ellos roza con el guante de una de sus manos esa superficie perfecta y lisa. Cuando el que porta una especie de cámara fotográfica hace señas al resto del grupo para que se agrupen y poder sacar una fotografía de la escena, se produce una interferencia auditiva fortísima que los hace retroceder, y tambalearse, justo cuando en lo alto se alinean, perfectamente, con el paralelepípedo oscuro, la luna y el sol.

Me da un vuelco el corazón. A partir de ese momento, mientras sigo escuchando el “Requiem”, todo cobra sentido. El legendario viaje del astronauta superviviente (una vez que ha “matado” a la inteligencia artificial HAL) hacia Jupiter, atravesando las estrellas, agujeros negros, galaxias, etcétera (en un efecto generado sin ordenador, a través de un control exhaustivo de la fotografía de barrido, que sigue conservando su fuerza a pesar de los avances en efectos visuales digitales), en realidad es un viaje hacia la muerte y hacia la resurrección. Tan es así, que cuando, al final de esa travesía, aparece en una habitación – reconocible para él- decorada en un estilo que podríamos definir como neoclásico-Luis XVI, depurado por SK, las cosas empiezan a ser claras. No hay extraterrestres; la idea primigenia de Kubrick de hacerlos aparecer, asimilados a la estética de las esculturas de Giacometti, con un prototipo ya construido al que llamaban cariñosamente Reddy Kilowatt, al final fue desechada.

Hay una escena en la que se ve que ya ha envejecido bastante: está sentado delante de una mesa de servicio, con ruedas, donde hay dispuestas algunas viandas que ha empezado a ingerir de manera bastante pausada. Va vestido con una cierta elegancia, a pesar de que es ropa con la que uno se va a la cama; y es que la mesa, con todo el atrezzo, está situada en el dormitorio. En un cierto momento se levanta, porque parece haber sentido algún rumor, pero no hay nadie. Está solo: frente a la muerte, diría yo sin ningún rubor.

Al final, el hombre ya consumido, reposa y respira con fatiga en una cama de ese estilo que hemos citado. Aparece, por tercera vez, delante de él, esa presencia sagrada, el monolito. Alarga, no sin cierto esfuerzo, uno de sus brazos, en un intento inútil por llegar a tocarlo, como antes lo hicieran los simios y los astronautas. Una luz lo disuelve todo, en el más absoluto silencio, hasta que sobre la cama aparece una esfera luminosa que contiene un feto de ojos enormes, azulados y brillantes. Luego, mientras el paralelepípedo oscuro ocupa toda la pantalla, comienzan a sonar las notas del: “Así habló Zaratustra” mientras la esfera que contiene a ese nuevo ser (una esperanza de resurrección e inmortalidad) viaja por el espacio y se sitúa frente a la tierra. Fin de esa obra maestra que nos regaló SK.

No obstante, todo eso, podría situarme ahora en un cierto terreno cercano a lo perverso, si indicase que, siendo la siguiente película de Kubrick: “La naranja mecánica”, el ser estelar, esperanzador, que alojaba esa esfera iba a dar a la luz al “Alex” malvado de “La naranja…” Sin embargo, esa sería otra historia.

Nunca antes (en esas más de cincuenta visualizaciones) tuve la sospecha, o imaginé, que el monolito era Dios.  Ahora es definitivo; estoy completamente convencido. Me confirma en esas suposiciones algo que leo, algunos días después de la sorpresa, sobre este asunto. Después del estreno del film, una joven de 15 años, Margaret Stackhouse, alumna en un instituto de New Jersey, escribió sus reflexiones sobre la película. Su profesor remitió el texto a Stanley Kubrick, que comentó lo siguiente: “las especulaciones de Margaret Stackhouse sobre la película son, probablemente, lo más inteligente que he leído, e incluyo, evidentemente, todas las críticas y los artículos que han aparecido sobre el film y los cientos de cartas que he recibido. ¡Eso sí es inteligencia!..” La adolescente, en sus reflexiones, se mueve entre la idea del monolito como fuente de conocimiento e inteligencia, o como una especie de don que el hombre, a través de su historia y evolución, recibe. También como el límite entre lo finito (la muerte) y lo infinito (la inmortalidad). Sin hablar de Dios, explícitamente, ella deja una puerta abierta a una interpretación más espiritual, ajena, absolutamente, a una inteligencia extraterrestre. Kubrick, como acabamos de decir bendice esas palabras de la adolescente; luego, algo de eso tal vez también estaba en su cabeza cuando rodaba la película.

Aunque pueda parecer que me desvío del tema que alumbra este texto, quiero detenerme unos momentos, antes de concluirlo, sobre la segunda obra de ese concierto del final de este verano: “Eine Alpensinfonie” (Sinfonía alpina), de Richard Strauss. Según se afirma en el programa de mano, éste también reniega en esta sinfonía de cualquier alegato espiritual o metafísico, es un puro encuentro con uno mismo a través de la naturaleza. Eso parece querer hacer Strauss al conducirnos por los veintidós fragmentos (programa de mano, dixit) que componen la sinfonía: Noche, amanecer, el ascenso, entrando en el bosque, caminando junto al arroyo, en la cascada, en los campos floridos, perdido en la espesura y la maleza, en el glaciar, etc…

Bien. Perfecto. Sin embargo, algo me coge desprevenido: nada más comenzar a sonar las notas de su partitura, siento una fuerte emoción y se me saltan las lágrimas que apenas puedo contener. Nunca antes (la he escuchado en directo en varias ocasiones) me había causado esa impresión. No me ha sucedido, minutos antes, con el “Requiem” de Ligeti; y eso a pesar de habérseme revelado la auténtica naturaleza del monolito. En cualquier caso, tengo que admitir que, últimamente, algo me está sucediendo con Strauss. O no tan últimamente, porque en 2016 ya hice una serie pictórica sobre diecisiete marcos antiguos (comprados en los chamarileros del rastro de Madrid), basados en una de las últimas composiciones de Richard Strauss, “Metamorphosen”, a la que titulé de igual modo. Si bien, la serie está dedicada a Karl Marx y a Sigmund Freud. No obstante, esa música, que escuchaba constantemente en el momento de la creación de esas obras, era la guía para mi trabajo. La entonación, bajo mi punto de vista, de un cierto “mea culpa”, por la connivencia del compositor con el régimen nacional-socialista, al escribir esa música para veintitrés instrumentos solistas de cuerda, hicieron que quisiera trabajar sobre ella. Más recientemente, mi inmersión en dos de sus óperas de estilo decididamente expresionista: “Salomé” y “Elektra”, han hecho que vuelva a revalorizarlo fuertemente. Años atrás, solía situarlo un paso por detrás de su amigo, y “rival”, Gustav Mahler. Creo que, ahora, justamente, lo he puesto en su sitio.

La imagen que acompaña el texto es un fotograma del inicio de “2001: una odisea del espacio”, el denominado, por Stanley Kubrick, “Amanecer del hombre”. En ella, aparece el monolito-paralelepípedo al que tímidamente, muy asustados, se acercan lo simios para tratar de tocarlo.

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