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Difusa: Ser mujer by Paula Castillo Monreal

No me gustaba encontrarme con ellas por los pasillos. Las cuatro iban siempre juntas, altas, se agarraban del brazo. Eran mayores que yo, estaban dos cursos por encima del mío. Les gustaba llevar los babis sueltos, sin abrochar, la risa desatada, los botones de la camisa abiertos para lucir el escote. El pelo largo, les caía por debajo de los hombros, la falda corta y algo de tacón. A mí no me gustaba mostrar el escote, tenía demasiado pecho. para mi edad, así que llevaba abrochado hasta el último botón de la blusa. Ellas, se saltaban las clases, se escondían debajo del escenario en el salón de actos. Yo, nunca quise ir contra las normas, aunque las monjas me pillaban siempre que las espiaba. Me castigaban con ellas, con las cuatro. Solo que yo no llevaba minifalda; odiaba mis rodillas grandes, cuadradas, mis muslos gordos. Pero, sobre todo tenía una cosa clara: yo no sería jamás como ellas. Mi padre llamaba guarras a las mujeres que vestían de manera provocativa y a las actrices de las películas de destape. A las demás nos llamaba meonas.  

Como sufría unos dolores tremendos cada ciclo mensual, decidí que jamás tendría hijos. Recuerdo que si me bajaba la regla en el colegio, las monjas llamaban a un taxi y me enviaban para casa. Un día me desmayé mientras le hacía los recados a mi madre, y el chico de la frutería la llamó asustado; no dejaba de sangrar. Era incapaz de imaginarme ese sufrimiento continuo y prolongado. Miles de tentáculos ocupándome por dentro adheridos a mi útero, succionándome durante horas, como le pasó a mi madre en el parto de mi hermana. Y aunque jamás se lo dije a nadie, la decisión estaba tomada: no quería hablar de sangre, ni saber de su olor, ni relacionarla conmigo. Me tomaba unos antiinflamatorios que acompañaba con un poco de ginebra, y la vida, un poco borracha, era más llevadera. El día que escuché a las cuatro de la pandilla hablar de la primera relación sexual de Maite, tomé mi segunda decisión: no haría el amor con un hombre, jamás. Mientras ellas se reían contando sus experiencias sexuales, a mí me dolía. Estábamos en la biblioteca, nos habían expulsado durante una semana que para mí se convirtió en un curso acelerado de sexología. Me imaginaba el dolor de aquella cosa erguida y dura que no me atrevía a nombrar desgarrándome entera, y de nuevo la sangre inundándolo todo. Y mientras hacían muecas con la boca y sacaban la lengua, se chupaban los dedos de las manos unas a otras y se tocaban las tetas. Me reía y entraba en pánico, me dolía. Sus cuerpos se me aparecían inmensos, expandidos, el mío: retraído. Fue entonces cuando tomé otra gran decisión: nadie me tocaría las tetas. No sería yo una de esas mujeres frescas, ni llevaría ropa apretada ni los sujetadores con copa que usaban las de la pandilla. No quería saber nada más acerca del amor, el sexo, el matrimonio ni los hijos. Me metería monja; dejaría de ser una guarra y una meona.  Esa fue mi gran decisión. Porque las monjas no eran ninguna de las dos cosas —así lo entendía mi padre—, no tenían ni idea de lo que significaba ser mujer; ni guarras ni meonas. También dejé de pensar que quería estudiar medicina, y no hice caso ni a mi padre ni a las monjas que me llevaban por los caminos del magisterio, porque era lo que tenía que estudiar una joven como yo. No sería ni doctora ni enfermera ni maestra ni farmacéutica. No estudiaría derecho; nunca me gustó hablar en público. Tampoco económicas ni periodismo. Así que pensando en mi futuro como monja y en mi pasión por los libros decidí estudiar filosofía y letras y ser una religiosa dedicada al estudio y a la contemplación. Cultivar el silencio sería lo mío. Nunca me gustó hablar mucho ni que me preguntasen mi opinión sobre cualquier cosa; ni siquiera por cómo había pasado el día. Nunca fui ligera en las relaciones sociales; el mundo contra mí. Prefería callar para no discutir. Odiaba discutir o presenciar cualquier discusión. Y no soportaba los gritos.

            Hace un par de años me encontré por casualidad con Maite. Después de terminar el colegio nunca más las volví a ver, ni a ella ni a las otras de la pandilla.

            —Pero bueno, como estás de estupenda —me dijo sorprendida. Lo último que supe de ti es que eras profesora en el colegio.

            —Uy, sí. Hace tiempo de eso. Me echaron. Les parecí demasiado subversiva —le contesté sonriendo mientras se atusaba el pelo grasiento y se sacudía las migas del chaquetón—. Tres años estuve enseñando dibujo técnico.

            También le conté que mi mundo, muy a pesar mío, había estado rodeado de hombres; estudié una carrera de hombres en una escuela que no tenía aseo para mujeres. Trabajé construyendo edificios rodeada de hombres; albañiles, electricistas, arquitectos, gruistas, ferrallas, jefes. Mis tetas y mi culo observados por miles de ojos de hombre. Aprendí palabras para poder dirigirme a ellos: coño, joder, huevos e idos a tomar por culo. Me puse gorda, me puse flaca. Almorzaba con ellos bocadillos de chorizo que me preparaban en un bidón de brasas, y eructaba con el sorbito de anís.

            Y nunca me tocaron las tetas.

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