
Imagen de la Galería Alina Louka
De tu cadera dormida rezuman verbos prohibidos, por cauces de piel blanca bajan como un río a la lava de mis manos. La tarde gris entra empujando la tela y la habitación huele a tierra mojada, todo es humedad. No vuelvo a ver el sol más que en tus ojos, y un arco iris parece el cabecero de la cama. Entre cuatro paredes dos cuerpos amainan la tormenta, nos dormimos enredados en sudor y telas, nada existe hasta mañana.
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