Nunca sabemos cuándo sentiremos que se trunca la vida y nos hundiremos en el légamo pegajoso de la desdicha. Un aldabonazo imprevisto, que nos noquea así, es un punto de inflexión del que pueden emerger una diversidad de arterias más o menos sangrantes. En esos momentos es crucial disponer de alguien que nos ayude a sofocar esa hemorragia emocional. Solos, es una tarea ingente paliar la exudación y surcar por las vías menos dolorosas.
¡Qué nadie menosprecie estos jirones vitales! Ese punto de inflexión es un antes y un después para quien lo padece; el tiempo disminuirá la intensidad de la pena, pero la cicatriz será la presencia imborrable que nos recordará (re-cordará)[1] cada solsticio y equinoccio, la luz que nos alumbra o nos deja en penumbra.
El tiempo no lo cura todo porque existe lo incurable; y es una aceptación ardua de lo acontecido lo único que nos cabe. Quien acompaña a alguien en este proceso crítico puede llegar a sentir, en algún grado, el escozor de las llagas; y es esa com-pasión -hoy se prefiere empatía- la que permite entender la insoportable sensación de no poder recomponerse y delinear un trazo zigzagueante.
Todos experimentamos golpes de ese calibre -unos con más dureza, otros más livianos-, y quien no los reconozca en su periplo vital, tal vez no haya vivido por miedo o fragilidad.
[1] Traer nuevamente al corazón.
IMAGEN: Hom Nguyen
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