sábado, abril 4 2026

LA HISTORIA DE LA HUMANIDAD ES LA HISTORIA DE LA LUCHA DE CLASES by Jesús Marchante Collado

La poesía es un arma cargada de futuro, escribía Gabriel Celaya allá por el año 1955. Mucho antes, en 1932, Vicente Aleixandre (dentro de su libro: “Espadas como labios”), escribía: En las dulces mañanas del mundo cabeza abajo cuando es fácil sonreir porque la lluvia es blanda. Aún antes, en 1930, dentro de “Poeta en Nueva York”, Federico García Lorca, escribía: Asesinado por el cielo, entre las formas que van hacia la sierpe y las formas que buscan el cristal, dejaré crecer mis cabellos. Y sólo un poco después, en 1936, en el borde del abismo, Luis Cernuda escribía: Si el amor fuera un ala.

La poesía, como sustancia que deshace las tinieblas. Lo sé muy bien, porque yo mismo empecé a escribir poesía en el inasumible mes de agosto pasado.

Sin embargo, hete aquí, que no sé por qué (o tal vez, sí lo sé), me viene a la cabeza, escuchando una conferencia en la Fundación Ortega-Marañón, en la que una desconocida para mí (de manera directa, aunque su nombre resonaba en mi cabeza) Máriam Martínez-Bascuñán, presentando su libro: El fin del mundo común, se me aparece como una rara alma gemela, cuando después de plantear yo una pregunta sobre si el problema en las sociedades actuales no seguiría siendo el de la vieja proclama del Manifiesto Comunista, esto es, la “lucha de clases”, tras escuchar cómo uno de los intervinientes, que la acompañan en esa presentación, trata de echar tierra sobre lo que yo acababa de decir, reivindica la vigencia del análisis marxista y las enseñanzas del sabio judío alemán.

Cuando abandono el magnifico edifico de la fundación que he citado anteriormente, que fue sede de la “Residencia de señoritas”, en los modernos y rugientes años de la Segunda República española (que había sido diseñado por Carlos Arniches Moltó en 1932-1933), una extraña idea se va abriendo paso en mi cabeza. De pronto, mientras camino por debajo del Paseo de Eduardo Dato, donde me doy de bruces con la magnifica escultura de Eduardo Chillida: La sirena varada, que cuelga del puente de ese paseo por el que en diciembre de 1973 logró escapar en coche el comando de E.T.A. (Euskadi Ta Askatasuna), que acababa de hacer volar por los aires al presidente del gobierno español, el almirante Luis Carrero Blanco, me doy cuenta que la proclama del Manifiesto Comunista: “La historia de todas las sociedades hasta ahora existentes es la historia de la lucha de clases”, o como reza el título de este texto: “ La historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases”, es poesía absoluta: poesía rotunda y, al mismo tiempo, delicada y deliciosa. Al igual que  las poesías que he extractado al inicio de este escrito.

Márian Martínez se da perfecta cuenta cuando le reprocha al que está cargando las tintas sobre mí, que qué otra cosa significa, si no eso (lo de la lucha de clases) lo que hacen: Elon Musk, Mark Zuckerberg, o Jeff Bezos, que llega incluso a comprarse una ciudad entera (Venezia) durante unas horas, para su enlace matrimonial.

Por eso decía que me encuentro con un alma gemela. No obstante, volvamos a la poesía que transmite Marx en esa frase, porque ni miles de páginas que se hayan escrito, y que seguirán escribiéndose, podrán dar tan perfecta cuenta de qué va todo esto, como la poesía de Celaya, Aleixandre, Federico, o Cernuda, y tantos otros poetas que hablan de lo que es. Por eso Marx, al final, hace también poesía.

Voy a extractar algunos pequeños párrafos de su “Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte”, para poder demostrar hasta qué punto ese viejo texto de 1851-1852, de Marx, habla del mundo actual y, sobre todo, de un “tipejo” llamado Donald Trump.

Hegel dice en alguna parte que todos los grande hechos y personajes de la historia universal se producen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y otra vez como farsa. El sobrino por el tío.

Pero sobre todo las últimas líneas de ese brillante texto: Acosado por las exigencias contradictorias de su situación y al mismo tiempo obligado como un predigistador a atraer hacia sí, mediante sorpresas constantes, las miradas del público, como hacía el sustituto de Napoleón, y por tanto a ejecutar todos los días un golpe de Estado en miniatura, Bonaparte lleva el caos a toda la economía burguesa, atenta contra todo a lo que la revolución de 1848 había parecido intangible, hace a unos pacientes para la revolución y a otros ansiosos de ella, y engendra una verdadera anarquía en nombre del orden, despojando al mismo tiempo a toda la máquina del Estado del halo de santidad, profanándola, haciéndola a la par asquerosa y ridícula…

Poesía absoluta, poesía cegadora, poesía a raudales. Marx no es menos poeta que los que todos consideramos que lo son.


 

La imagen que encabeza el texto es una fotografía de Karl Marx (tal vez la última vez que fue fotografiado antes de fallecer). En ella “El Moro”, aparece ya muy envejecido, a pesar de que sólo tiene sesenta y cinco años, que alguien pensará que para la época son muchos. Sin embargo, no lo son. En cualquier caso, su mirada sigue siendo jovial y penetrante. Como sin los forúnculos, los cólicos renales y los padecimientos pulmonares no acabasen de demudar esa mirada, más allá de la vida.


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