Fue el sociólogo francés Pierre Bourdieu quien tuvo valor de presumir que “la sociología es un deporte de combate”. “Ni deporte, ni, mucho menos, de combate”, le respondo a la distancia.
Mientras imagino un diálogo con el intelectual ya fallecido me obligo a comprender que, quizá, Bourdieu expresó tal sentencia con la intención de asombrar, vía la metáfora, a sus espectadores. Tal vez, esclavo de los sentimientos que le provocaba su oficio de analista cultural, Bourdieu decidió definir la disciplina de pensamiento humanista desde las entrañas y no desde el criterio. Misterio total.
Equiparar la actividad física y psicológica de un deportista con la de un investigador de la cultura es un derroche de energía, un despliegue de ignorancia arrogante. En todo caso, considero equiparable el perfeccionamiento de un conjunto de técnicas encaminadas a un fin determinado; vencer al oponente, en el terreno deportivo, y diseñar programas integrales de asistencia social, en el campo sociológico.
¿En verdad son incompatibles las actividades físicas y las mentales? ¿Puedo pensar en comer una manzana y abandonar dicho pensamiento al primer mordisco? La teoría platónica de las ideas daría por hecho que el acto de comerse la manzana es una acción subordinada al deseo inicial de pensar en la manzana. Es decir que, en palabras de Descartes, el pensar precedería al hacer. “¿Para qué hacer si con pensar ya he cumplido aquello que no realizaré?”, resumirían los optimistas.
No hay enigma. A pesar de la dualidad insalvable entre cuerpo y mente contenida en ambos planteamientos filosóficos, hoy sabemos que las ideas y las acciones son complementarias. Dentro del catálogo de actividades corporales en la historia de la humanidad ubico tres ejemplos que hacen referencia a las ideas en movimiento; los anacoretas, los vagabundos y los deportistas. Comenzaré por los últimos.
Tom King es un boxeador en decadencia, un deportista a quien “le faltaba la comida y le sobraban preocupaciones”, escribe Jack London en su furioso cuento Por un bistec (1909). En el ocaso de su carrera King se enfrenta a una promesa del boxeo australiano. La pelea, una cátedra de rapidez y fortaleza, expone el choque de dos mundos; experiencia contra juventud.
Round tras round King soporta la ráfaga de golpes de su adversario. El boxeador veterano planea agotar las fuerzas intempestivas del novato saltarín que, sorpresivamente, gana la batalla. Si bien las ideas de King fueron más veloces que sus movimientos estas no bastaron en la recta final de la contienda. Así, derrotado, hambriento y con lágrimas en las mejillas, King camina tres kilómetros de vuelta a casa. Lamentable desenlace.
Soapy es un vagabundo condenado a la libertad del duro invierno en Nueva York. Ajeno a no humillar su espíritu con ayudas filantrópicas opta por tres meses de vacaciones en la cárcel. Ahí, piensa, tendría cama, pensión y compañía. Motivado por su instinto de supervivencia realiza todo tipo de perturbaciones al orden público; apedrea el escaparate de un supermercado, come sin pagar en un restaurante de lujo e intenta seducir a una desconocida que (para su desgracia) termina por aceptar sus propuestas amorosas.
Sumido en la tristeza, al no encontrar relación entre su desobediencia y su necesidad de refugio, vuelve al banco de un parque público. Resignado de frío, se dispone a descansar. “El instinto de volver al hogar subsiste, incluso cuando el hogar es un banco de parque”, se lee en La policía y el himno (1904), un cuento breve y contundente del escritor O. Henry. ¿Cómo termina la tragedia de Soapy? Es detenido por un par de policías al encontrar su cuerpo en reposo. Lo dicho, el no movimiento genera sospecha.
Admiro a los anacoretas por domiciliarse en lo absoluto. Ellos, devotos de la reclusión y del silencio, reconocen tres estadios recurrentes del cuerpo y la mente; éxtasis, reposo y hastío. Asentados en el desierto, huyendo del sobresalto y el fastidio, acceden a la existencia única mediante el retiro.
Diariamente renuevan el ejercicio de lograr la coincidencia entre actos y pensamientos. Huyen de la idolatría por la eficacia y la entrega al movimiento errático. A su manera, han encontrado en el exilio interior una fuente inagotable de pasividad en movimiento. La misma que siento en experiencias vitales como la lectura, la escritura, una buena conversación o una mañana nublada.
Con sus enseñanzas los Padres del desierto, como también se conoce a los anacoretas, y los vagabundos señalan la desconfianza moderna que producen los cuerpos en reposo y actitud contemplativa. Por su parte, los deportistas reducen la severidad catastrofista de que el movimiento es el principio del malestar.
La profesión de la escritura tiene mucho de deporte, de vagabundeo, de soledad. Mantener una buena condición literaria implica contar lo visto y lo imaginado. Por esta razón cierto tipo de escritores desarrollamos la capacidad de mucho andar y, a la vez, permanecer inmóviles a la espera de algún acontecimiento relevante. Algo que contar, antes de que vuelva el tedio.
No exagero si enfatizo el rechazo social a la inmovilidad, al mantenerse quieto en medio del museo de muecas y arrebatos que es la convivencia urbana. Tampoco al mencionar que si el deporte es competencia el juego no lo es. Jugar sin ánimos de victoria, sostengo con conocimiento de causa, es la actitud más genuina con uno y con el gran Otro. Jugar desinteresadamente evita defender victorias acumuladas. Jugar, inclinando la frente al suelo, nos entrena en la derrota cotidiana. Jugar por jugar. Qué más da perder, una vez más.
Enviaseló a tus amigos:
- Compartir en Threads (Se abre en una ventana nueva) Threads
- Compartir en Mastodon (Se abre en una ventana nueva) Mastodon
- Compartir en Bluesky (Se abre en una ventana nueva) Bluesky
- Más
- Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn
- Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X
- Haz clic en Pinterest (Se abre en una ventana nueva) Pinterest
- Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram
- Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp
- Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook
- Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico
Descubre más desde Masticadores
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.