sábado, abril 4 2026

Valentí Gómez i Oliver: Siete colinas, siete plazas: por las calles y barrios de Roma

Roma es una ciudad que desde la más remota antigüedad siempre ha incitado al paseo. Incluso en los momentos más desgraciados de su historia hay numerosos testimonios de infatigables paseantes, fascinados por la magnitud de sus bellezas. No por nada Roma es considerada la “città eterna”– por albergar la sede del catolicismo, pero también la “città aperta” –del título del famoso film neorrealista de Rossellini, en la que tiene cabida todos los viajeros que a ella acuden con la intención de dejarse seducir por sus fabulosas maravillas. Artistas, escritores, científicos,religiosos, cualquier persona con un mínimo de inquietud, debe acercarse alguna vez en su vida a la que ya en 1786 en su primer viaje a ella, el gran Goethe definió como “la capital del mundo”. O lo que es lo mismo : Roma, caput mundi.

Nuestro paseo por Roma nos va a llevar, exclusivamente, por una serie de plazas, calles y barrios, que están en la ciudad “intramuros” ( nos referimos a la ciudad delimitada por las murallas aurelianas, del emperador Aureliano, quien para paliar el grave problema de las invasiones de los bárbaros, inició en el 272 d.C. un nuevo trazado de murallas que fueron acabadas siete años más tarde, con una circunferencia aproximada de unos diecinueve kilómetros).

Para culminar nuestro breve paseo romano hemos elegido sólo(¡!) siete plazas, en afinidad con las siete colinas sobre las que nació la ciudad primigenia. Pero antes de ponernos en marcha, una breve consideración sobre la ciudad: Roma es un conglomerado tan impresionante de edificios, monumentos, obras de arte, luces, colores, atmósferas y ambientes singulares que el paseante, a la hora de contemplarla – ¡y disfrutarla!- lo deberá hacer siempre mirándola “de frente,” pero contemplándola de “reojo”. El viajero debe estar siempre preparado para dejarse sorprender por lo inesperado, por aquel rincón, o fuente o estatua o fachada que de repente surge ante nuestra atónita mirada.

Empezamos, siguiendo el fundamento histórico, por la Plaza del Campidoglio. Proyectada inicialmente por Miguel Angel, para recibir al emperador Carlos V en 1536, es una de las plazas  con más historia del mundo. Aquí hubo templos (Júpiter, Juno y Minerva), edificios antiguos ( el Tabularium, I a.C, donde se conservaba el archivo de las leyes y los tratados del estado Romano). Toda la plaza, en la que hoy reside el Municipio de la ciudad ( Palazzo senatoriale) rezuma antigüedad, historia, belleza: el Museo Capitolino, el Palazzo dei Conservatori ( la única obra completa del genial Miguel Angel). Todos estos edificios se yerguen hoy en tranquila convivencia con la cercana iglesia de Santa Maria d’Aracoeli . Y esta será una de las grandes lecciones de nuestro paseo. Roma es una ciudad en la que han ejercido el poder diversos príncipes o pontífices del mundo antiguo, del Renacimiento, de la Iglesia ( dejó de tener un Papa-Rey, sólo hacia el final del siglo XIX).Y si bien a lo largo de la historia ha resuelto con mayor o menor fortuna la preponderancia de una u otra de las mentalidades que se combatían, a veces con furia, en la actualidad podemos disfrutar de sus respectivas huellas en una especie de “hermandad” bastante evidente y elocuente.

En la Plaza Navona –el estadio de Domiciano en el siglo I d.C.- se celebraban antiguamente unos juegos (los agones) que se han perdido en el baúl de la historia. A partir del siglo XVI se recuperaron y se celebraban en la plaza carreras de caballos, fiestas de carnaval, ferias y algo muy espectacular: “el lago de plaza Navona”. Cada agosto se obturaban los desagües de la plaza y de las tres fuentes ( la de los Ríos fue proyectada por Bernini), surgía el agua que la inundaba totalmente. ¡Cómo se divertían los nobles romanos, los prelados de la Curia y el “popolino romano”, que se lanzaba entre las aguas tumultuosas para recoger las monedas que les lanzaban los nobles desde las carrozas! Estos lances recordaban las antiguas batallas navales o naumaquias, que antaño se disputaban en estos escenarios y prefiguraban lo que se hace en la actualidad en la Plaza de Trevi ( la celebérrima Fontana de Trevi).

Paradigma actual de lo  que es un escenario cotidiano romano – vida, música, comercio, humanidad, picaresca- Plaza Navona es un lugar que dificilmente puede uno olvidar.

Siempre en el centro histórico hay dos plazas muy emblemáticas que viven a muy poca distancia  una de la otra. Son Campo dei Fiori y Plaza Farnese. Bajo la atenta mirada de Giordano Bruno, que recuerda todavía la hoguera y el fuego que le propició la Inquisición , la plaza de Campo dei Fiori se “inventa” cada día un espectacular mercado de frutas, verduras y un largo etcétera  que no hace más que embellecer las coloreadas casas de exte extraordinario “Corral del Teatro Humano”, que tanto agradaba al poeta Rafael Alberti. El Palazzo Farnese ( dado di Farnese ), espléndido palacio del renacimiento romano, ensalzado por la mano de Miguel Angel, pone el broche a esta homónima plaza sobria y al mismo tiempo fabulosa. Alrededor de estas dos plazas hay un sinfín de trattorie en las que podemos degustar la típica y tan injustamente denostada cocina romana.Y oir, tal vez, los versos, en romanesco, de algún soneto del Belli.

Roma es la ciudad no egipcia que dispone del mayor número de obeliscos. Uno de ellos, el más grande, se halla en la espectacular  plaza de San Giovanni in Laterano ( San Juan de Letrán), cuya basílica puede considerarse la catedral de Roma. Vemos, de nuevo, como conviven culturas y épocas muy distintas y lejanas en el tiempo en esta especie de tarta arqueológica de extraordinario valor que es Roma.

No menos espectacular es el obelisco de la Plaza de San Pedro- una vez hayamos llegado a la orilla derecha del río Tíber, en la ribera etrusca de la ciudad- donde se halla la basílica más grande del mundo, con la extraordinaria Capilla Sixtina y donde empieza el estado de la Ciudad del Vaticano. En la Edad Media se pensaba que en la cima del obelisco se conservaban las cenizas del gran Julio César en una urna de oro. Dicha leyenda, como tantas otras, se esfumó al mandar erigir el obelisco en su actual posición el papa Sixto V. Desde entonces este “rayo de sol petrificado”- que es como denominaban los antiguos egipcios a los obeliscos- está muy atento a las palabras de todos los Santos Padres que se van sucediendo, como un ejemplo más de la necesaria convivencia que se da en Roma.

El espacio se acaba. No puedo dejar de mencionar a una de mis plazas favoritas, la Plaza della Rotonda ( Plaza del Pantheón), edificio reconstruido por el emperador Adriano. Es difícil no sucumbir ante los encantos de esta plaza, en cualquier época del año, haga frío o calor. Es un poco el ejemplo de las maravillas que contiene Roma, con sus calles, edificios, sus Museos, pues tal como decía Josep Pla, “Roma es una ciudad para pasear y civilizarse”. Ya termino. Pero no podría dormir tranquilo sin comentar que de  las “casi infinitas” plazas de las que no nos podemos “olvidar”, he de enumerar – sólo como evocación mágica de su nombre para el recuerdo del futuro paseante, hoy lector de este artículo- una serie de ellas. Entre las “grandes”: la di Spagna, Quirinale, Esquilino, Barberini, del Popolo, Santa Maria in Trastevere, del Colosseo. Entre las “pequeñas”, tan hermosas cuando se nos “aparecen”: las de las Tortugas (Mattei), la degli Zingari, la de Madonna dei Monti, la dei Cavallieri di Malta ( con vista secreta del “cupolone”) o la del Pulcin de la Minerva, al lado del Pantheón. ¡Feliz paseo!


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