lunes, septiembre 7 2026

Una esperanza al alba— By Norma Duarte

Amanece.
El pregón de los diarieros despierta la ciudad con la edición nueva de noticias viejas.
Hambre, guerras, traiciones, mentiras, falsas promesas. Miserias humanas repetidas hasta el cansancio.
A esa hora, regresa María.
Regresa de manos torpes, de cuerpos sudorosos, de palabras soeces, de gemidos y babas.
Regresa de las náuseas disimuladas detrás de una sonrisa demasiado amplia, demasiado roja.
Regresa del infierno.
María consulta su reloj y acelera el paso. Sube de dos en dos los escalones de la entrada. ¡Falta poco!
A las seis y cinco pasará él, frente a su ventana, como todos los días.
Él tiene las manos limpias, la mirada franca. Vestido con sencillas ropas de trabajo, camina con paso firme, con la cabeza erguida, sin vergüenzas que ocultar.
María lo ve pasar y deja volar su imaginación hacia una ilusión vana. ¡Él podría salvarla! Si la amara, su vida cambiaría.

Él no puede amarla, porque no la conoce, jamás la ha visto. María nunca se asoma por la ventana.
No lo hace porque tiene miedo.

Tiene miedo de que él la mire y pueda ver la suciedad que la rodea. Tiene miedo de que él la toque y descubra su piel macerada en camas de hoteles baratos. Tiene miedo de que él la bese y sienta el amargo sabor del asco, adherido a sus labios para siempre.
Prefiere verlo pasar desde atrás de las cortinas cerradas. Verlo pasar y soñar con una loca esperanza.
Esa esperanza que, a veces, cuando siente manos torpes hurgando en los rincones secretos de su cuerpo. Cuando se desnuda frente a ojos lascivos, enturbiados por el deseo. Cuando reprime las ganas de vomitar y echar a correr lejos de allí. Cuando finge una pasión que hace rato dejó de sentir, cuando responde al manoseo disfrazado de caricia, con un gesto acostumbrado.
Es esa esperanza, la de verlo pasar cada mañana, la que aleja el fantasma del suicidio, que la ronda desde hace tiempo.


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