Edadismo: La edad no limita, el prejuicio sí.
La OMS señala que una de cada dos personas en el mundo mantiene actitudes edadistas hacia las personas mayores. En Europa, una de cada tres personas de más de 65 años afirma haber sufrido edadismo.
No hace mucho, una amiga me comentaba que había acudido a unos grandes almacenes con su hija para comprar un ventilador. El modelo que a ella le interesaba estaba agotado y el joven dependiente que le atendía la recomendó que lo pidiera por internet desde la web de la marca; sería mucho más rápido. Comenzó a explicarle cómo lo tenía que hacer, cuando de pronto, se detuvo y dirigiéndose a la hija de mi amiga, dijo: «Mejor te lo explico a ti». Mi amiga se quedó estupefacta y le interpeló: «Muchacho, manejaba y trabajaba con ordenadores antes de que tú nacieras, así que continúa contándomelo a mí, que es la que lo va a comprar.
Detrás de las risas que puede provocar la anécdota, no deja de ser un suceso preocupante. Si esto le ha ocurrido a mi amiga que recién camina por la década de los sesenta, podemos imaginar qué les ocurre a los hombres y mujeres con más años.
Sucede con frecuencia que cuando una persona llega a una determinada edad, se la deja de apreciar como alguien activo y capaz, como si de pronto sus facultades y aptitudes hubiesen disminuido, percibiéndolas incapacitadas para realizar cosas que, hasta ese momento, las habían llevado a cabo sin la menor dificultad.
No ocurre el día de la jubilación, ni cuando en el gimnasio acuden a clases de Pilates para mayores de sesenta. No, llega mucho antes y con sigilo, en el instante en que alguien deja de ver a la persona como realmente es y comienza a apreciarla solo en función de su edad, tratándola únicamente como a «alguien mayor». A partir de entonces comienzan a suceder pequeñas cosas que, en principio, no se dan demasiada importancia pero que, sin embargo, la tienen.
El rostro más doloroso del edadismo suele producirse en el entorno más cercano: familia y amigos. No hay ninguna intención de herir ni de molestar, todo lo contrario, desean proteger, ser amables y considerados. Sin embargo, casi sin darse cuenta, en una conversación se les habla más despacio o más alto, interrumpen o restan valor a su opinión por considerar que ya no entienden cómo funciona el mundo, en los planes familiares se decide por ellos por creer saber lo que más le conviene, se ofrecen a realizar gestiones en su lugar pensando que ya no sabrán desenvolverse… Nadie pretende hacer daño, pero el mensaje que se recibe es doloroso ya que se traduce en que los demás piensan que sus capacidades han disminuido y que su voz y opinión han perdido peso.
Con el tiempo, esos pequeños gestos pasan factura porque la persona, sin darse cuenta, comienza a replegarse. Deja de opinar al percibir que lo que ella dice o piensa no tiene ningún interés para los demás, renuncia a descubrir o a experimentar cosas nuevas porque cree que ya no tiene edad y puede resultar ridículo. Poco a poco su mundo se le va haciendo más pequeño.
Carmen, de 79 años, quería aprender a utilizar el whassap para hablar con sus nietos y mandar y recibir fotografías. Cada vez que preguntaba cómo hacerlo algunos de sus hijos, en lugar de enseñarle, acababa diciéndole: «Deja, ya lo hago yo». Carmen acabó convencida de que, en verdad, aquello no era para ella. Nadie quiso excluirla, ni hacerla sentirse mal, sin embargo, terminó sintiéndose incapaz.
German de 62 años llevaba muchos años trabajando en una empresa de automoción y conocía perfectamente su profesión. Cuando a pocos meses de su jubilación se comenzó a diseñar un nuevo prototipo, aportó buenas ideas fruto de su experiencia y conocimiento en el sector. Sus propuestas, a pesar de ser acertadas, fueron desestimadas y prevalecieron las presentadas por compañeros más jóvenes. Esto también es edadismo. Nadie cuestionó su capacidad, pero él percibió que sus planteamientos habían sido descartados por su edad.
Uno de los efectos más silenciosos del edadismo es la renuncia.
Renunciar a conducir porque todos insisten en que a su edad puede ser peligroso, aunque se sienta seguro y conserve plenamente sus facultades. Renunciar a apuntarse a clases de pintura, de baile, de idiomas por temor a ser la persona mayor del grupo y sentirse fuera de lugar. Renunciar a iniciar una relación sentimental por temor a que los demás la consideren ridícula. Renunciar, incluso, a expresar emociones: tristeza, miedo, soledad, para no convertirse en una carga y preocupación para la familia. Renunciar a pedir ayuda para no mostrar que se ha perdido autonomía. Y lo más doloroso, dejar de tomar decisiones sobre la propia vida porque se acaba aceptando la visión que tienen los demás sobre si misma.
Se habla con frecuencia de la soledad de las personas mayores como si fuera una consecuencia inevitable de la edad. Sin embargo, muchas veces no es esa la razón. Con frecuencia esa soledad no nace del hecho de vivir solo. Hay personas rodeadas de hijos, nietos y amigos que sienten que hace tiempo dejaron de ser escuchadas, que se las quieren, sí, pero ya no cuentan con ellas. Que su presencia se aprecia, aunque su opinión apenas se solicita.
Y sentirse invisible, te aboca a la soledad más dolorosa.
Duele cuando una persona descubre que hablan de ella como si no estuviera delante. Duele cuando sus decisiones necesitan siempre la aprobación de otro. Duelen cuando empieza a preguntarse si todavía es útil para los demás o si únicamente ocupa un espacio.
La psicología conoce bien este proceso. Cuando una persona interioriza los estereotipos negativos sobre el envejecimiento, aumenta el riesgo de sufrir ansiedad, depresión, aislamiento social e incluso de un deterioro más rápido de su bienestar físico. No porque la edad lo provoque, sino porque el convencimiento de «ya no puedo, ya no sirvo» acaba modificando su manera de vivir.
Sin embargo, basta observar la realidad para desmontar ese prejuicio.
Hay personas que descubren su vocación artística a los setenta años. Otras empiezan a estudiar un idioma o a aprender a tocar un instrumento después de jubilarse. Muchas encuentran tiempo para viajar, escribir, cuidar un huerto o hacer voluntariado. Algunas se enamoran de nuevo cuando pensaban que esa etapa había terminado.Ninguna de esos casos resulta extraordinario. Lo que sí es significativo es que todavía nos sorprendan.
Quizá el mayor daño del edadismo no sea que roba únicamente oportunidades, sino algo más difícil de recuperar: la sensación de seguir formando parte de este mundo.
Todos necesitamos sentir que alguien espera nuestra opinión, que nuestra experiencia sigue teniendo valor, que aún podemos aprender, equivocarnos, enamorarnos, empezar de nuevo o cambiar de idea, porque envejecer no significa desaparecer. Y, sin embargo, muchas personas cuando hablan de edadismo lo describen así: no como el hecho de hacerse mayores, sino como la dolorosa experiencia la de dejar de ser vistas.
La edad suma años, son los prejuicios los que restan posibilidades, y esa es una herida mucho más profunda.
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