sábado, junio 13 2026

EL MIEDO A LAS PALABRAS by Esther Bajo

Nunca ha tenido un sentido fácil de definir desde que los romanos nos dieron la palabra “libertas” para expresar la condición del hombre que es libre, es decir, que no es esclavo. Previamente, Sócrates se atrevió a desafiar el fatalismo que dominaba el pensamiento anterior y asegurar que no son los hados quienes deciden nuestro destino sino el propio ser humano que, a través de la sabiduría, puede poner los medios para alcanzar el bien. Sócrates recomendaba conocerse a uno mismo para liberarse de las trabas que pudieran coartar sus decisiones. El pensamiento cristiano medieval le dio una dimensión moral a la palabra, la filosofía moderna la relacionó con la idea de necesidad y a partir del marxismo la mayor parte de los Estados asumieron la libertad como derecho. Este brevísimo resumen sólo pretende reflejar la dificultad para definir este concepto y, por ende, su capacidad de cambio y manipulación; tanta, que la filosofía parece haber desistido de indagar en su esencia hasta quedar en manos de los políticos, quienes la han vaciado por completo de contenido. Paradójicamente, han sido y son los políticos liberales (cuya denominación viene de la palabra libertad) los que la han despojado de significado. Hannah Arendt lo explicó muy bien cuando señaló que la libertad tiene que ver con la pluralidad del mundo en el que nacemos; es una realidad auténticamente humana y no una capacidad para realizar la propia voluntad, como interpreta la política liberal, cuyas consecuencias son, precisamente, gobiernos ocupados casi exclusivamente del mantenimiento y salvaguardia de los intereses particulares o, dicho de otro modo, gobiernos despóticos.

Pero al margen de qué sea la libertad y de cuál sea su alcance -dados los condicionamientos que imponen el medio ambiente, la genética, el marco sociológico o cultural-, en lo que todos estaremos de acuerdo es en que las libertades reales que poseemos son, todas y cada una de ellas, el resultado de conquistas humanas colectivas y que esas conquistas, traducidas en derechos, definen la Modernidad.

La libertad de expresión –por ir concretando- está reconocida como un derecho humano desde la Declaración Universal de los Derechos Humanos (atículo 19) y las únicas limitaciones admisibles por parte de los Estados sólo están en el daño y el delito. Pero de nuevo chocamos con conceptos que se pueden estirar como si fueran un chicle. Lo auténticamente peligroso es que lo hagan instituciones públicas y privadas de regímenes democráticos, puesto que es la libertad de expresión, precisamente, la que se considera base y fundamento de la democracia. A todos nos resulta escandaloso que el poderoso régimen censor iraní amenace de muerte, desde hace más de treinta años, al escritor Salman Rushdie, pero igualmente inquietante es que un colegio de Carolina del Sur haya prohibido la autobiografía de Ta-Nehisi Coats porque un estudiante denunció que le hacía sentir vergüenza de ser caucásico o que otro de Tennessee haya prohibido la novela gráfica de Art Spiegelman, “Maus”, porque hay una viñeta en la que una mujer que se suicida en una bañera está desnuda, considerando ese hecho como “material sexualmente explícito”. Cuando nos parecía ridículo que la dictadura franquista hubiera censurado, por ejemplo, “La ciudad y los perros”, de Mario Vargas Llosa, porque le parecía inaceptable que un militar tuviera “vientre de ballena”, sesenta años después –y también como ejemplo- ¡qué pensar de que el Ayuntamiento de Jaén prohiba la representación del espectáculo “Romo y Julieta despiertan” o el de Valdemorillo la de “Orlando”, de Virginia Woolf, ya censurada por el franquismo hace ochenta años!

Pero, personalmente, no tan inquietante, pero sí más sorprendente, me parecen las trabas a la libertad de expresión que se hacen desde el progresismo, en nombre de lo que comúnmente se conoce como lo políticamente correcto. Me sorprende e irrita especialmente porque se producen, sobre todo, en el ámbito de la literatura que, por definición, es un campo de creatividad y ésta no puede tener límites; pero además porque se censura, precisamente, a iconos del progresismo. Ciertamente, puede pensarse que son microcensuras –por decirlo de algún modo-, pero ninguna censura literaria creo que debiera considerarse de corto alcance.

Es bien conocido el caso de los cuentos de Roald Dahl, el escritor más divertido y original de la literatura infantil, en los que, por ejemplo, el ciempiés de “James y el melocotón gigante” cantaba “la tía Sponge era terriblemente gorda y a la vez terriblemente fea” y ahora canta “la tía Sponge era una malvada vieja bruja, que merecía ser aplastada por la fruta”. Por cierto y ya puestos, ¿eso no nos ofende a las viejas?, ¿y qué me dicen de las brujas? Y, pensándolo bien, también la gente malvada tiene derecho a serlo sin ser aplastada por un melocotón. ¿De qué va la cosa: los malos tienen que ser guapos para no ofender a los feos o no debe haber malos? Roald Dahl pasó su infancia en un internado en el que se azotaba a los niños casi a diario y éstos eran presa de algunos profesores auténticamente sádicos y, aunque ese tipo de instituciones haya cambiado, sigue habiendo millones de niños que sufren malos tratos dentro o fuera de casa y cuyas vidas no se parecen en nada a esos cuentos y dibujos animados en los que la madre, dulce y comprensiva, se pasa la vida haciendo galletas y pasteles; el padre es sereno, cariñoso y siempre está jugando con sus hijos o cortando el césped del jardín, y los niños son criaturas encantadoras que muestran pequeños defectos de comportamiento que son rápidamente corregidos por adultos razonables y amistosos. Como Roal Dahl decía, “la inocencia infantil es tan falsa como la armonía de la vida en los pueblos”.

Pero no hace falta estar de acuerdo con Dahl para reprochar que se censuren sus expresiones, como no hace falta que te gusten Agatha Christie o Ian Fleming para reprobar que se hayan cambiado muchas de sus expresiones y hasta escenas que se consideran ofensivas, porque la cuestión sigue siendo: ¿ofensivas para quién?, ¿acaso no puede cualquiera sentirse ofendido por cualquier cosa? Y, ¿se combaten las actitudes ofensivas eliminando las palabras?

No obstante, alzo mi voz porque el último caso que he conocido de esta adulteración literaria hacia lo eufemístico se ha producido en quien ha sido siempre uno de mis personajes literarios favoritos, heroína de mi infancia y de la de mis hijas: Pippi Langstrumpf o, como aquí la llamamos, Pippi Calzaslargas. Esa niña pelirroja que entra en el pueblo silbando, a lomos de un caballo moteado y con un monito en el hombro, independiente, ingobernable y la niña más fuerte del mundo; esa niña rebelde que pasa de la escuela y hacer “plumificaciones”, “superhéroe de género fluido” –como la define la profesora Elina Druker- que se ríe de los roles, las normas sociales y la autoridad; a la que no acomplejan sus pecas y a la que los policías le gustan menos que la compota agria con mostaza, ha tenido que cambiar algunas de sus bromas. Así, la televisión pública sueca ha cortado la escena en la que Pippi grita: “¡Mi padre es el Rey Negro!” o se estira los ojos para cantar una canción con acento asiático. Si lo que preocupa a los padres es que sus hijos se hagan racistas por esas escenas, ¿no sería mejor que les enseñen a tener un poco de sentido del humor o que les expliquen que cuando Pippi cuenta que en Egipto la gente duerme con los pies en la almohada y miente todo el día, que en los colegios de Argentina los niños comen caramelos hasta que se les caen los dientes o que en el Congo son caníbales, les aclaren que todo eso son puras fantasías suyas? ¿No bastaría con eso? Lo cierto es que tengo entre mis pocas virtudes una mentalidad totalmente multicultural y un sentido crítico que traspasa cualquier frontera o raza, y la propia autora, Astrud Lindgren –en sí misma un personaje fascinante- fue una gran activista por los derechos humanos, infantiles y animales.

Tampoco veo el menor asomo de racismo en otra de sus grandes admiradoras –y a la que también admiro fervientemente-, la artista suiza Pipilotti Rist, cuyo nombre artístico rinde culto a Pippi y cuya obra, que pudimos disfrutar en el Musac, ilustra este artículo. Nunca olvidaré la experiencia de pasear entre sus bosques de luz y toda su obra desprende la energía de su personaje favorito. También la propia artista –figura fundamental del arte contemporáneo, honoraria de la Royal Academy- desprende su provocativa alegría, su inconformismo y su espíritu poético y soñador en el que no hay límites entre la alta y la baja cultura. “El surrealismo no morirá nunca porque la vida lo es –declara en una entrevista en La Vanguardia-. Cada vez que cerramos los ojos podemos soñar y el arte da forma a esos sueños, que no son razonables, que escapan a la lógica, que abraza sin límites la imaginación, y la lleva a otra dimensión, más seria”.

La definición sirve también para la literatura, en la que la realidad se hace ficción y ésta se hace real; en la que no hay límites ni para los sueños ni para el pensamiento y en la que, en suma, no hay cabida para la censura de las palabras porque las palabras -¡todas!- son su esencia. Lo surrealista es el miedo a las palabras. Alex Grijelmo hacía recientemente un análisis en El País del cambio introducido en la Constitución Española para sustituir el término “disminuido” por “discapacitado” y nos recuerda que las asociaciones de familiares de niños con Síndrome de Down deben sus nombre a la denominación de estos enfermos como “subnormales”, palabra que terminó por considerarse ofensiva y fue sustituirda, sucesivamente, por deficientes mentales, retrasados, insuficientes mentales, disminuidos, Down… hasta llegar a este “discapacitados” que, apenas estrenado, ya es cuestionado en favor de “personas con discapacidad”, “personas con capacidades diferentes” o “personas con diversidad funcional”, de modo que, con el tiempo, terminarán resultando ofensivos los términos “discapacitado”, “diferente”, “diverso” y “disfuncional”, como ha sucedido con la serie viejos-ancianos-tercera edad-mayores o con la serie países pobres-subdesarrollados-tercermundistas-en vías de desarrollo-emergentes.

Cuando Pablo IV inventó el Índice de Libros Prohibidos –que incluía, por ejemplo, el “Lazarillo de Tormes” y el “Quijote”- pretendía borrar de la conciencia de los católicos todo lo ajeno a su doctrina, pero lo que consiguió fue el miedo y el silencio. Ese es el fin de cualquier tipo de censura.

Esther Bajo


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