Hace unos meses, la joven poeta Juana Dolores clamaba en la televisión pública catalana contra el ganador de las Elecciones Municipales de Barcelona, Xavier Trías, llamándole “puto viejo”. Concretamente, dijo: “¡Ojalá caiga un meteorito en la librería Ona y lo reviente todo y otro encima del puto viejo de Trías, para que deje de decir paridas”. El insulto concierne a lo que se ha dado en llamar (aunque el término se acuñó ya en los años 60) edadismo –la discriminación por razón de edad-, pero también a la poesía, porque seguimos teniendo el falso concepto de que decir poeta/poetisa es sinónimo de alguien de especial sensibilidad; de hecho, la ciencia ha demostrado que la poesía potencia la parte frontal de nuestro cerebro donde radica, por ejemplo, la empatía.
La Historia nos ha enseñado, no obstante, que ética y estética no siempre van de la mano y, así, por ejemplo, algunos de los peores dictadores, los más sangrientos, han sido poetas, desde Nerón hasta el genocida Karadcic. También es cierto que éste tiene poemas más que dudosos, como esos versos de: “Su mundo dio un vuelco / y a través de su memoria como un panal / una bala / una esbelta bala, majestuosa bala”. Lo mismo le pasaba a Hitler: “Los hombres se congregan en la diáfana casa. / Beben vino y cerveza. / Comen y se embriagan como reyes / y salen a cuatro patas. / Luego ascienden las altas montañas / trotando con el orgullo en sus caras / para luego caer dando tumbos / incapaces de mantener el equilibrio. / Regresan a casa entristecidos / habiendo olvidado las horas pasadas. / Entonces aparece la esposa del pobre hombre / y le cura las heridas de una paliza”. No eran mejores los versos de Mussolini quien, además, tocaba el violín y amaba el cine, ni los del dictador portugués Salazar, que componía himnos a la Virgen, a Dios y a la bandera, y no conozco los del bárbaro Stalin ni los de Ceaucescu, Papá Doc, el ayatolá Jomeini o Idi Amín Dadá (ése que, entre versos, se comía a la gente), pero reconozco que, en mi adolescencia, simpaticé con el sanguinario Mao Tse Tung (del que, obviamente, desconocía los millones de muertos, torturados, encarcelados y exiliados que causó su política) cuando leí versos -en un libro con prólogo nada menos que de Alberto Moravia- como: “Nubes de invierno cargadas de nieve, copos de algodón que vuelan; / son muy pocas las flores que no caen todavía. / En lo alto del cielo ruedan olas de aire helado, / pero la tierra exhala un suave aliento tibio” y tengo muy subrayado el de “las flores del ciruelo aman la nieve que gira”. Tampoco sabía que, mientras Mao escribía esos poemas, su enemigo, al otro lado del Mar de China, el emperador Hiro Hito, también escribía poemas llenos de delicadeza.
Claro que con Juana Dolores encuentro más similitudes en Marinetti, en cuyo Manifiesto Futurista (tan importante en el arte del siglo XX), decía que “¡cuando tengamos cuarenta años, que otros más jóvenes y más videntes nos arrojen al desván como manuscritos inútiles!”. Sí, ¡cuarenta años! Hoy, con la prolongación de la esperanza de vida, serían 50, la edad a la que se ha trasladado la crisis de la mediana edad que, por cierto, he leído que, según un informe científico publicado en PNAS (http://www.pnas.org/cgi/doi/10.1073/pnas.1212592109) no es un mero fenómeno psicológico que pueda combatirse con la publicidad de cosméticos que pretende convencernos de que a esa edad se está mejor que nunca, sino un fenómeno puramente físico que se ha comprobado también en los monos.
El joven poeta fascista italiano condenaba al pasado a “los moribundos, los inválidos y los prisioneros”, pero –clamaba-, “¡nosotros no lo queremos, nosotros los jóvenes, los fuertes y los vivientes futuristas!”. El caso es que su sueño se cumplió en 1944, cuando el Tercer Reich empezó a administrar las “inyecciones de la Ascensión” a discapacitados y a ancianos; y para entonces Marinetti ya era viejo e inválido.
No estoy llamando fascista a la joven Juana Dolores y entiendo que la poesía ha de ser provocadora, pero sí quiero recordarle que, como Marinetti, también ella será vieja. Puede que para entonces ya se pueda vivir hasta los 500 años, como el tiburón de Groenlandia, cuando fructifiquen las actuales investigaciones con rapamicina, metformina y células madre, aunque es poco probable que, si sigue siendo poeta, tenga suficiente dinero para prolongar su juventud y su vida, pues seguramente esas terapias sólo sean asequibles para los más ricos. De hecho, algunos de ellos ya lo han medio-conseguido, como Bryan Johnson, dueño de la empresa Blueprint, que con dieta estricta, ejercicio, transfusiones de plasma de su hijo y 111 pastillas diarias, ha conseguido tener, con 46 años, la piel de su hijo de 17. Le cuesta dos millones de dólares al año. Tampoco es que me dé envidia imaginar una sociedad llena de ancianos de más de cien años –por muy buen aspecto que tengan, no creo que quieran seguir trabajando- con tanta población que el planeta difícilmente podrá soportarlo. Van a tener que provocar muchas guerras para quitarse de encima a la población más pobre y poder seguir consumiendo alegremente. Obviamente, a los millonarios sólo les importa la piel que habitan –como en la película de Almodóvar-, no el mundo en el que habitan.
Cuando, en una reciente entrevista publicada en El País, el periodista pregunta a Stefan Klein cómo lidiar con el envejecimiento, con esa espantosa sensación de que el tiempo se nos acaba, de que la vida es una cuenta atrás, el escritor responde: “Acabo de regresar de una larga carrera por el río y, sobre el río, iba saliendo la luna. Era hermoso”. Sí, eso sí que es, para mí, poesía. Al fin y al cabo, ya lo dice un verso de Caballero Bonald: “Somos el tiempo que nos queda”. Ése es el que cuenta, sea poco o mucho.
Poéticas son también las imágenes de la fotógrafa Meritxell Perinyà Masip en su exposición “Perimenopausa”, que ella describe como “un viaje introspectivo sobre un proceso de cambio y aceptación del cuerpo en la madurez. Este trabajo –continúa diciendo, en plena crisis de sus 50- me ha empoderado y ha roto un silencio impuesto por una sociedad patriarcal llena de prejuicios sobre la menopausia. Una sociedad que se menosprecia a sí misma cuando relaciona el envejecimiento con la ausencia de plenitud y belleza”.
Por último, igualmente poética es la reflexión del periodista Plàcid García-Planas en La Vanguardia, a propósito de las declaraciones de Juana Dolores: “Es algo que no alcanzan a imaginar los jóvenes poetas de piel tersa. Que su poema más hermoso y provocador no lo escribirán ellos. Se lo escribirá el tiempo en su piel, y será imposible huir de tanta belleza”.
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