Sin duda eran otros tiempos. No existían los móviles, los ordenadores y por no existir no existía ¡la tele!. No queridos niños no existía nada de eso y los chicos (sí, también las chicas estaban incluidas en el genérico) llevábamos a clase libros de papel y no tabletas. Con ello, y aunque no éramos conscientes, parece que nos estábamos cargando el planeta.
Sin embargo, y quitando la tecnología que todo lo inunda, éramos los mismos niños con nuestras necesidades diarias y nuestros sueños.
Por si nos preguntan ¿Y entonces como os divertíais sin tele, ni consolas de videojuegos, ni nada…?. ¡Pues con imaginación! sería la respuesta correcta y nos hacíamos nuestros propios juguetes con cajas de cartón y palos de escoba. Los afortunados tenían peonzas o puntas aplanadas por el paso del ferrocarril que clavábamos en la tierra húmeda para ganar terreno al contrario.
Sí, también estaba el balón de futbol y de baloncesto y en mi cole el de balonmano que creó tanta escuela que aún perdura como equipo de primera división, el ADEMAR.
Bueno ¿y a que viene tanta disquisición? pues a que éramos niños y teníamos nuestras rencillas y hacíamos nuestras maldades. Las hacíamos y las soportábamos, hoy se diría que hacíamos o sufríamos acoso en el cole, entonces no se conocía esto, aunque en esencia era lo mismo. Uno, por razón del apellido, era víctima frecuente de chascarrillos y bromas, además en esa época se hizo popular una canción que repetía una y otra vez “Ay pena, penita, pena…” así que hasta a los profesores se les escapaba de vez en cuando para reforzar cualquier advertencia o castigo.
No digamos nada si de lo que se trataba era de reírse de algún defecto, todo era bueno para la burla.
Los trabalenguas eran particularmente propicios para los que tenían algún tipo de dificultad en el lenguaje y se les hacía repetir aquello de “tres tristes tigres…” o “el cielo está enladrillado….”. Si coincidía algún compañero en clase que sufriera rotacismo, dificultad para pronunciar la erre, buscábamos todo tipo de palabras que contuvieran el fonema y se lo hacíamos repetir para regocijo del grupo. El preferido era “El perro de San Roque no tiene rabo porque Ramón Ramírez se lo ha cortado”. Allí estaba el pobre repitiendo la frase con todo esfuerzo y los demás atentos al primer fallo acompañado con sonora carcajada.
Aconteció que en los tiempos en que aún existía “la mili” (Servicio Militar Obligatorio) acudíamos un grupo de candidatos a las milicias universitarias en la aún nonata universidad de León.
Después de pasar las pruebas físicas venían las médicas y al margen de la comprobación testicular en la que debíamos demostrar, con un sonoro tosido, que un buen caballero aspirante a oficial o suboficial debía tenerlos bien puestos, incluía otra de agudeza visual.
Estábamos en el Gobierno Militar, alineados en un largo pasillo en el que había una puerta abierta. Debíamos avanzar hasta enfrentarnos a dicha apertura girarnos y decir en voz alta la letra que al fondo de la estancia señalara en una pantalla un oficial médico.
En aquella columna estaba un compañero con la mencionada dislalia que asumía con toda naturalidad. El colega era muy gracioso y en voz baja iba recitando como una letanía “que no me toque la egue, que no me toque la egue”. Los demás entre risas y bromas tratábamos de tranquilizarle. Al llegar el orante a la altura de aquella entrada la luz de la sala lo iluminó como si estuviera en un escenario al tiempo que se oyó alto y claro: ¡la egue!.
(abril de 1973)
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