Sentado frente a la ventana contemplaba absorto como se escapaba la tarde con una copa de brandy entre las manos. Su preferido era el brandy de Jerez que le recordaba el lento paso del tiempo y sobre todo a ella, con quien compartió tantos momentos.
Cargado de añoranza, también esta tarde acercó a su nariz la copa para captar todos sus aromas. Al alzarla hacia su rostro la luz del ocaso se reflejó en el licor arrancándole un color de cobre viejo y el reflejo de su imagen sobre ella. Creyéndola un sueño cerró sus ojos un momento hasta que el inconfundible perfume de su cuerpo se derramó sobre él calentándole el alma. Ella estaba allí, con su propia copa de brandy entre las manos y su sonrisa inconfundible.
Se sentó a su lado, brindaron juntos, y como si nada les hubiera ocurrido, unidas las manos, volvieron a disfrutar juntos del ocaso.
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